sábado 14 de noviembre de 2009
viernes 13 de noviembre de 2009
Un poco de "El principito"

"Este es para mí el paisaje más hermoso y el más triste del mundo. Es el mismo paisaje de la página anterior que he dibujado una vez más para que lo vean bien. Fue aquí donde el principito apareció sobre la Tierra, desapareciendo luego.
Examínenlo atentamente para que sepan reconocerlo, si algún día, viajando por África cruzan el desierto. Si por casualidad pasan por allí, no se apresuren, se los ruego, y deténganse un poco, precisamente bajo la estrella. Si un niño llega hasta ustedes, si este niño ríe y tiene cabellos de oro y nunca responde a sus preguntas, adivinarán en seguida quién es. ¡Sean amables con él!
Y comuníquenme rápidamente que ha regresado. ¡No me dejen tan triste!"
(Final de "El Principito" Antoine de Saint- Exupèry)
lunes 19 de octubre de 2009
Nada

Gustave Caillebotte (The Yerres,Rain)
Definición de nada.
(Del lat. [res] nata, [cosa] nacida).
1. f. No ser, o carencia absoluta de todo ser. Era u. menos c. m.
2. f. Cosa mínima o de muy escasa entidad.
3. pron. indef. Ninguna cosa, negación absoluta de las cosas, a distinción de la de las personas.
4. pron. indef. Poco o muy poco en cualquier línea. Pasó por aquí hace nada.
5. adv. neg. De ninguna manera, de ningún modo.
No pensaba. Mi mente no me llevaba a ningún lugar, a ningún sitio conocido. Después de un par de horas de caminata agotadora, me encontraba en aquella piedra desde la que, sentado y mirando al norte, veía con claridad la ciudad que me ocultaba del resto del mundo. La ciudad que me convertía en ser anónimo, y me permitía perderme entre la gente, y no tener contacto con ninguno de mis especimenes.
Miraba la ciudad sin fijarme en los detalles. No me fijaba en los tejados, ni en los edificios singulares que sobresalían en altura al resto.
Ni miraba ni pensaba.
No sé el tiempo que pasé sentado en esa piedra; quizá el dolor de las piernas dormidas por la posición en la que me encontraba, me ayudó a volver a la realidad.
Acostumbro a pasear solo por el campo, así no tengo que hablar, ni comunicarme. Es como estar en mi ciudad, con la única diferencia que aquí, en el campo, al cruzarme con un caminante como yo, o con un ciclista, nos damos los buenos días. Bueno, no todos. Las mujeres que han decidido tener un día de campo organizado por la asociación de mujeres charlatanas del barrio, no tienen tiempo de escuchar el sonido del silencio, y sí el de sus propias voces, por lo que no atienden a un buenos días protocolario. O los que van encadenados a sus cascos, y da igual el sonido de la naturaleza si tienes en ese momento a Manu Chao en el mp3.
La realidad se mantenía bastante silenciosa; los días fríos en el campo, ahuyentan a los caminantes destemplados; y es el mejor momento para andar solo.
No pensaba; si lo hiciera, me daría cuenta que, tanto en la ciudad como en el campo, mi única compañía era la soledad. Pero no me sentía triste; ni alegre. No sentía. Creo que, durante mucho tiempo, tenía que estar alegre o triste; reirme o llorar por alguna razón.
Ya no. Ahora no lo necesitaba. Mi pasos me llevaban a mantenerme en el sendero correcto que me llevaba al interior del bosque, porque sí; no por que me gustara, o me disgustara. No porque era la manera de ponerme en forma y disfrutar de la naturaleza. Simplemente lo hacía. No había nada más. Ninguna razón que me tuviera allí y no en otro lugar.
Quizá en un principio eso fue así. Tuve una razón para salir al campo la primera vez. Y era una razón poderosa. Ahora, después de tanto tiempo, no había razones. Tenía razones para salir a las ocho de la mañana del domingo, como todos los domingos, de mi casa, y lanzarme al campo cercano a realizar la caminata que se volvió costumbre.
Ahora no.
Ahora era consciente de dónde estaba cuando me torcía un tobillo, o empezaba a llover y tenía que salir corriendo a refugiarme de la lluvia. O cuando, de vez en vez, en ese anonimato al que accedí voluntariamente, me aparecía un ser que reconocía mi nombre, que no sólo me saludaba con un buenos días, sino que me obligaba a parar y a mantener una conversación (qué termine rápido, por favor, rogaba) a la que respondía con monosílabos, por lo general de no más de dos letras.
Lo terrible era cuando llevaba tu misma dirección, y te preguntaba si me importaba que fuéramos juntos; y andábamos a la par, y hablaba, y hablaba, mientras se iban disipando las palabras en mi mente.
Entraba en la ciudad, después de estar toda la mañana en el campo, con el cansancio de las piernas que pesaban cada vez más. Cruzaba las calles por los mismos lugares, y saludaba con la mano y una sonrisa perfecta, acostumbrada a salir incluso en los momentos más tristes de mi vida, al camarero del bar que siempre me sirve un café por las mañanas, de lunes a sábado.
Me paro en la tienda de electrodomésticos que está cerca de mi casa. Y miro mi imagen recogida por las cámaras que tienen en la tienda, y me veo en la televisión como único protagonista. Me veo y me reconozco, pero sé que no soy yo. Miro mi imagen. Sé que soy yo, pero la imagen no me transmite lo que tengo en el interior. Sonrío con la sonrisa perfecta; buenos días, me digo a mi imagen. Me devuelve simultáneamente el buenos días. Quizá ahora que me veo frente a mi, me podría decir algo. Pero no, no tengo nada que preguntarme, nada que decirme. Veo un ser, que soy yo en realidad, y no se me ocurre qué puedo preguntarle, qué puedo decirle. Supongo que ya sé que no tiene nada que contestarme. Dejo de sonreír. Buenos días, nos contestamos; hasta el próximo domingo.
miércoles 9 de septiembre de 2009
Hace 14 años

(Salvador Dalí)
Desde hace ya algún tiempo, este día es distinto al resto. La fecha marca un momento en mi memoria histórica que intento olvidar, pero que no olvido, porque no quiero, porque no puedo.
Recuerdo que su enfermedad rompió con la racha de alegrías y bienvenidas familiares; una operación banal descubrió una metástasis que se había infiltrado a través de sus órganos, y que, tras años de lucha, un 9 de septiembre de hace 14 años, pudo con su vida.
Antes de su muerte, y con la llegada de la enfermedad, ya se había transformado la familia; las visitas a los hospitales, a los curanderos; la búsqueda de milagros con alimentos casi desconocidos, con personas que creían que con su mente podría salvar su vida.
Pero era inútil. El avance de la enfermedad era lento y seguro; nos estaba afectando a todos en la familia. Menos a mi hermana. Su fuerza y su tenacidad, llevaba sus seis meses de esperanza a cuatro años de voluntad inquebrantable de seguir adelante, de ver crecer a sus hijos.
Todos tenemos el privilegio de poder mantener vivo el recuerdo de las personas que queremos, y los que sobrevivimos, a mantener vivas las ganas de seguir adelante con la vida, aún sabiendo que ya no estamos completos. Porque ya nada es igual, aunque intentemos pensar que nada cambia en realidad
miércoles 29 de julio de 2009
Universo

(Matisse. Dance)
Intuía su cuerpo desnudo con las yemas de mis dedos.
Recorría con lentitud su perfil, intentando crear
una imagen en mi mente sólo con los movimientos
que mis dedos describían sobre su cuerpo.
Notaba cómo su cuerpo se estremecía;
cómo despertaba de un sueño agitado
por la calurosa noche de un Madrid de julio.
Nuestra respiración se acompasaba,
manteniendo una conversación que iba
al son de mis dedos en su piel.
Mis labios besaban su cuello con suavidad,
casi sin tocar su piel;
apenas un susurro debajo de su oreja.
En ese momento sabía que no existía otro universo;
el universo que formaban nuestros dos cuerpos.
martes 28 de julio de 2009
Paseando

(John Singer Sargent, Hombre leyendo)
Paseaba mi mirada por la estantería de casa, sin decidirme por ninguno de los libros que se encontraban siempre dispuestos a ser adoptados por unos días, quizá semanas.
Mi pequeña despensa de libros estaba colocada de manera caótica; se entremezclaban los ya leídos, con los olvidados; los incuestionables, con los sólo mordisqueados en sus primeras hojas; los releídos y los que esperan en el banquillo de la estantería, pacientes, y esperanzados, sabiendo que en un momento de mi vida, me acompañarán en el metro, en la mesilla de la cama, y yo iré consumiendo a sorbos sus palabras.
Por alguna razón que desconozco, o no, mis libros se mantienen en cada estantería, colocados de mayor a menor, de izquierda a derecha, y, por lo general, por editoriales.
No obstante, siempre me encuentro con la estantería rebelde, que suele ser la de los libros recientemente comprados, alquilados, prestados, que dejo en una estantería concreta. Son los nuevos fichajes y creen que serán los primeros en salir de su estado inmóvil.
Pero leo sin solución de pensamientos; sin saber qué libro empezaré cuando termine el que está en mis manos. Mal síntoma si ya pienso en el libro que leeré cuando el elegido está siendo sustituido antes incluso de terminarlo.
Mis ojos se mueven de arriba abajo en la sucesión de libros; giro la cabeza para leer sus nombres; aunque con algunos, viejos amigos de facultad, no necesito hacerlo; sólo la pasta y el color me dice de quien se trata.
Siempre falta alguno, dejado a un amigo que olvida lo sagrado que es que se devuelvan los libros. Los discos y la novia no se prestan. Pero los libros, que uno piensa que ya no hacen otra cosa salvo ocupar espacio, pasado un tiempo sin ellos, sabes que necesitas tenerlo en el hueco, en ese hueco que has dejado, con su nombre escrito en el espacio.
Quizá debiera poner una marca, con una esquela; “Aquí vivió El señor Conrad, y su Corazón de las tinieblas; editorial Alianza, edición 1987. Fuimos felices mientras estuvimos juntos; estará siempre vivo en mi memoria.”
No encuentro el título que me sugiera su lectura; algunos muy pedantes; otros sabes que deberías leerlos, pero no, ese día, no.
Por fin paro. Aquí está; ni muy grueso ni muy ligero; 314 páginas; cómodo de llevar en el metro.
Mi amante de paseos. Mi guardián de soledades; mi crecimiento mental. Mi nuevo amigo para lo bueno y para lo malo.
Me siento en el sofá con el libro en mis manos. Miro de nuevo la portada; quizá tenga alguna relación con su interior, o no, pero me quedo un rato memorizando su nombre, su autor; sexta edición de 2.001 y traducido del alemán por…
Miro por la ventana, como recogiendo luz en mis ojos, cojo aire, y leo:
“Capítulo primero”.
miércoles 22 de julio de 2009
Viaje de vuelta

(claustro del Monasterio. Fotografía sacada de MCU)
Viajé durante toda la noche. Noche de verano que ayudaba a mantener las ventanillas bajadas para que el aire caliente mantuviera despiertas mis ganas de conducir. Música de Ravel, repetitiva hasta el agotamiento, que yo reproducía sin dar aliento a mi cabeza.
Una parada, en medio de la nada, para repostar carburante y agua; en un brindis que sólo con el coche, me atreví a pronunciar en alto, mientras la dependienta de la enrejada estación de servicio me miraba pensando, quizá, qué gente más rara viaja por las noches.
Paseo a la luz de la gasolinera para estirar piernas y escuchar el sonido de la calma de la mancha.
Era un viaje extraño, que inicié sin meta, por puro azar; porque mis pensamientos fluían y no quería que pararan. Por costumbre, me precipité a la nacional cinco, vacía cuando iniciaba el viaje. Mi coche, lleno de recuerdos y de kilómetros compartidos, en silencio, o con algarabía, me acompañaba. Aunque con achaques, tampoco él quería perderse el espectáculo de un viaje solitario.
En un punto, sin pensar, giré y me encaminé a una carretera secundaria, de doble sentido, aunque igualmente vacía de acompañantes, de coches. Sólo los dos y Ravel. Iba despacio, correr sin rumbo fijo me parecía que no me llevaba a ninguna parte. La tenue luz que se aparecía tras los riscos, me anunciaba que no quedaba mucho para iluminar el camino con el amanecer. Paré, al amparo de la luz sin fuerzas, en el arcén de la carretera. Quité la llave, callé los timbales finales de la sinfonía, y me bajé del coche a mear.
Las ranas del arroyo cercano, que intuían la luz del amanecer, ya croaban con un ritmo que parecía que habían ensayado a la espera de nuestro encuentro nocturno.
Mientras meaba, miré al cielo.
Ese negro, que tornaba azul, el ritmo del campo, me dejó un momento de paz interior que reconocí como íntimo. La sensación de estar en el momento adecuado; en el sitio dónde quería estar.
Luces de coche al fondo, rompieron ese momento mágico. Pasó raudo, quizá sabiendo que, aunque temprano, para el conductor de aquel automóvil, ya iba tarde.
Emprendí la marcha; ya conocía el lugar, el sitio dónde me llevaban mis pensamientos que creía sin destino. La carretera de la Vera era la senda; llena de curvas que recorría en silencio. La falta de prisas me permitía ver el estado de las vacas, la curvatura de los troncos de los árboles, castaños quizá, que el tiempo y el aire libre les convertía en orgullosos acompañantes del camino.
En un pueblo, quizá Aldeanueva, quizá no, paré en un bar que tocaba a maitines, y me bebí dos cafés con leche, y un antiguo donut, que sabía a añejo. A los dos kilómetros, el café y el donuts decidieron quedarse en la comarca, y yo les enterré cerca de una gasolinera, al salir del pueblo; de Aldeanueva; o quizá no.
El sol empezaba a crecer en tamaño, y la luz, ya intensa, traía los olores de la mañana. La Vera se desperezaba, y yo con ella.
Al llegar a Jaraiz, decidí que Ravel iba a tener su momento de paz; necesitaba algo más relajado… quizá las cuatro estaciones. Sí, venga, un poco de primavera para este verano que quiere dejar de serlo. Mientras cambiaba la cinta, escuché el crotorear de las cigüeñas, y lo increíble que me resultaba despertar en esas ciudades donde las cigüeñas eran las protagonistas de los amaneceres.
Mi destino estaba cerca. Tanto que el olor de los eucaliptos empezaba a entrar sin control por mis sentidos. Giré a la derecha, las sombras de los castaños y de los eucaliptos dejaban frescor y sensaciones de llegar al destino.
El Monasterio de Yuste. Rodeado de naturaleza, de paz. Dejé el coche aparcado junto a un enorme eucalipto que nos prometió sombra.
La ligera brisa dotaba de sinfonía de hojas en movimiento a todo el lugar.
Me senté en una piedra que parecía colocada al efecto. Respiré hondo. Todo estaba en perfecta armonía.
He vuelto, susurré.

