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lunes, 2 de febrero de 2009

Durmiendo con él



(bodegón. Botero)

No me atrevía a abrir los ojos.
La noche acababa y la manta oscura que me ocultaba se iba levantando, dando claridad a todo lo que me rodeaba. No era algo que yo pudiera evitar, y sin embargo, mis ojos se aferraban a esa oscuridad. Percibía la luz que entraba por las rendijas de la persiana; parecía que me estaba tocando la frente con dulzura y calor, avisando que era ya la hora.
Notaba su presencia acurrucado encima de mí. Se aferraba a un sueño tranquilo, después de una noche que empezó por la mañana del día anterior.
Teníamos un día con su noche para estar juntos; nuestras vidas se solaparon durante el transcurso de un instante, y no queríamos que ese momento dejara un hueco por vivir.
Quiero estar siempre contigo, le dije. Aunque siempre tiene un final, que puede variar, y que depende de nosotros
Sabía que terminaría pronto nuestro para siempre. Él se quedaría lejos de mi vida, y mi vida volvía a ser un camino lleno de espinas sin él, aunque sé que habría aprovechado cada instante a su lado.
Me tengo que ir, susurré… No sé si volveremos a vernos. El silencio se espesó. Sólo puedo decirte que mi vida está más llena de sentido ahora.

Desde el otro lado de la puerta de la habitación del hotel me confirmaron el fin con una voz grave, como de ultratumba; “Las siete y media, señor”.
Abrí los ojos; Allí estaba tumbado sobre mí:
“Amor en tiempos de Cólera”, Gabriel García Márquez.
Cerré de nuevo los ojos; durante unas horas fue la mejor compañía que había podido tener. En realidad, pensé, estaremos ya siempre juntos, aunque una biblioteca de palabras nos separe.

viernes, 23 de enero de 2009

Despedida


(Claude Monet- Regatas en Argenteuil)

Estaba de nuevo solo.
La humareda del bar y el murmullo incesante resultaba una especie de campana, una cortina, que me aislaba del resto. Mi mesa, con dos sillas por ocupar, pero con una vacante por instalarse.
Sabía que no iba a volver.
Quedamos a la hora en la que los niños todavía estaban en el colegio; salimos temprano para que el atasco no llegara antes que nosotros y nos citamos en un bar que hacia esquina con un parque, en ese momento casi vacío.
Café sólo con hielo, por favor. Serán dos.
El olor a café nos inundaba. Alguna persona diseminada en las mesas daba el ambiente adecuado al bar.
Nos miramos en silencio. Nuestras miradas siempre tenían silencios prolongados. Me gustaba quedarme con el recuerdo de sus gestos, del perfil de su barbilla.
Me voy, me dijo. Lo sé.
Parecía que estaba todo dicho, y todo por decir. Me da miedo preguntar por qué, por la respuesta. Y sin embargo, las preguntas eran muchas, aunque de algunas de ellas, ya tenía la respuesta.
Te echaré de menos; aunque espero que estemos en contacto. No sé, me dijo. Tengo que saber qué hacer con mi vida; quiero volar libre, sin ataduras, sabiendo que la vida tiene que sentirse con intensidad. Que cada momento en la vida sea como una ola que viene a ti y tienes que afrontarla, y avanzar.
El café ya estaba frío, y mi sonrisa triste se empezaba a contagiar de la melancolía de su despedida.
Si vuelvo te buscaré. Por favor. Claro.
Se levanto decidida, se acercó a mi, y mientras me acariciaba la barba con su mano, me beso con ternura. Se incorporó y se fue.
Nunca mira hacia atrás, ni en las despedidas, así que la seguí con la mirada, hasta que la esquina la convirtió, de nuevo, en recuerdo.
El bar empezó a llenarse de feligreses mientras yo mantenía mi mirada en el fondo del vaso de hielos que el tiempo había transformado en agua.
También la vida se compone de adioses, de despedidas; y estas, también, hay que vivirlas intensamente.

(Hasta cuando quieras…)

viernes, 16 de enero de 2009

Para tí

Intentaba beber de aquel río con las manos. Era una posición un tanto forzada. Ponía la mano derecha encima de la izquierda; juntaba las muñecas, cerraba los dedos y sumergía completamente las dos manos juntas para coger el poco agua que entraba en ese pequeño hueco que creaba con las manos. Iba muy despacio, pero siempre se caía la mayoría de agua. Apenas podía beber una pocas gotas. Al tener esta posición forzada con las manos, terminaba por abrir los dedos y el agua se escurría entre ellos, buscando con rapidez el suelo y el río para dejar de ser agua y convertirse de nuevo en río.

Daba la sensación de que el poco agua que recogía tenía la inercia de continuar siendo un río, y apenas subía las manos a la boca, su inercia me dejada sin agua que beber.

Me sentía impotente... no sabía que hacer para que una pequeña parte de ese río se convirtiera en agua y saciara mi sed.

Nada podría lograr que ese río parara; seguiría su camino, y yo sólo podía contemplarlo...
No había nada que hacer; quizá quitarme la ropa y entrar en el río. No podría ser nunca como agua, pero igual la corriente me ayudaría, metiendo también la cabeza, a saciar mi sed.

Sé que ella seguía su camino, que no pararía cuando la llamara... me quedé parado en la orilla. Sabía que nunca mis manos o mis palabras pararían su corriente. Nada saciaría su pérdida…

Para tí...

imaging


(Disculpad este atrevimiento. Hoy ha sido un día con hechos inesperados; y me han traido palabras y sonidos que creía olvidados. Repongo mi primer relato en este blog, que ha sido la primera piedra que movío estar aquí hoy.)

martes, 18 de noviembre de 2008

Mal día


(Van Gogh. La siesta)

Nuestra vida es un infierno. Así no podemos seguir.
Mascullaba mientras el taxi avanzaba con una lentitud increíble en el atasco.
Llevaba ya, a ver, hora y veinte minutos. Un infierno. Perdía el tren avión seguro. Pero la discusión me llevó a salir a las tantas. Y en el metro no podía llegar; la única posibilidad de llegar al aeropuerto era en taxi. Pero claro, no era mi día. El taxista se adentró en la maravillosa telaraña que rodea a la ciudad en hora punta.
Y si perdía el avión, perdía la oportunidad de llegar a tiempo a la reunión.
Si es que mi vida es un infierno. Así no puedo seguir.
La reunión, si salía como tenía planeado, me llevaría a garantizar un contrato con una empresa fundamental para quien trabajaba. Y un ingreso extra para mí.
Por fin… Terminal 2… igual tengo suerte. Cómo no tengo que facturar; igual me da tiempo…Señorita, el avión a Palma, por favor… Salió. No, Usted no me entiende. Le entiendo, salió.
Ahora si que mi vida es un infierno. No puedo seguir.
Menudo fracaso. Ella me echó de casa, no cojo el avión… mi reunión… mi jefe. Mi trabajo.
Las cinco de la tarde, en el aeropuerto, sin avión.
Perdone, señor, me dijo… (Cómo odio que me llamen señor, tengo 40 años, joder… mal llevados, pero solo 40 años. Señor era mi padre) ¿iba a coger el avión de Palma de Mallorca? Sí. Era el que iba a coger hasta que se fue sin despedirse de mí.
Es que ha tenido que volver por una avería; y van a cambiar de avión. Quizá pueda volver a intentar.
Mi cara ya no era un poema, era el rostro de quien había vuelto a encontrar sentido a su vida. Gracias, señorita; de nada, Señor (Dios, ¿por qué Señor?).
Ya en el avión, sentado con un zumo de naranja asqueroso en la mano, y con un señor sudoroso a mi lado, me preguntaba porqué la vida tenía estos giros.
Mi vida va a cambiar. Este viaje me cambiará. No podía seguir así.
Cuando llegué a Palma, cogí otro taxi. La reunión empezaba en 20 minutos. El tiempo justo. La señorita Paloma, por favor, le dije a la secretaria. Un momento, Señor.
Ella salió con decisión de su despacho y me tendió la mano con fuerza. El Señor García, supongo, llámeme Enrique. Pasé dentro. La reunión parece que se reducía a dos personas. Ella y yo. Qué buena perspectiva.
Señor García, perdón, Enrique. Su sonrisa me decía que esa reunión iba a ir muy bien…
Señor García, señor García, escuchaba de fondo… ¡Oiga!, ¡despierte! La potente voz de la señora de la limpieza me despertó de la siesta que cometía en la mesa del despacho del director.
¡Dios, las ocho de la tarde! Me ha dicho el director, decía, que no hace falta que vuelva mañana cuando se despierte de la siesta. Que mejor se la duerme en su casa; para siempre.
Mi casa. Mi pareja me había mandado con mi madre, al saber que le había mentido estos años, con mi vida y con su vida.
Salí a la calle, el aire frío de noviembre me despejó…
Qué infierno de vida.

lunes, 27 de octubre de 2008

Por el barrio


(Fernando Botero- Naturaleza muerta con libros)
Paseo por el barrio como si fuera nuevo.
Hace años que dejó de ser mi barrio, para convertirse en olvido.
Desde que mis padres lo abandonaron a su suerte, yo no había vuelto a pasearlo. Igual, en algún momento, me colaba por sus calles para engañar al tráfico. Pero pasó, de un día para otro, de mi barrio, a otro barrio de la ciudad. Cuando leía alguna noticia de sus calles, me paraba para intentar recordar si, en la calle del suceso que anunciaban, había estado en algún momento. Después continuaba mi lectura de titulares y me olvidaba de su nombre.
Pero una muerte me obligó a volver. Laurentino, el vecino amigo de mis padres, decidió dejar también el barrio, pero sin vuelta. Porque le conocía, porque no quería que mis padres fueran solos al funeral, les acompañé. Triste; como todos los funerales, y muy silencioso. Cada vez más frecuento funerales, y cada vez más me impresiona el silencio de las palabras.
Mis padres se fueron a su barrio, y yo, con tarde libre por delante, dejé que mis piernas me pasearan.
La mayoría de las tiendas que recuerdo no tenían ni el mismo tendero, ni las mismas ocupaciones; la ferretería era un todo a cero sesenta. Panadería nueva, pero menos personal. Mira, la churrería seguía tan antigua y aceitosa como siempre.
No olía igual el barrio. Ni su aspecto tenía el mismo color. Supongo que ver las cosas de más pequeño, te da una perspectiva diferente. Ciertas cosas las tenía al mismo nivel que mis ojos, ahora. Antes, la pastelería tenía pasteles que, desde abajo, parecían más grandes. La perspectiva, que no era la misma.
La que se mantenía intacta era la librería. Mis piernas se detuvieron delante de su escaparate. Siempre tan grande. Y no recuerdo que lo rompieran nunca. Supongo que los libros no son tan suculentos como para robarlos y ponerlos en la manta de la Gran Vía. El tiempo, supongo, obligó a la dueña a que fuera también papelería. Cuando apenas tenía doce años, entraba con la excusa de ir a buscar un libro que me pedían en el colegio, y la dueña, a la que supongo caí en gracia, me decía, pasa, y mira, rebusca, por si encuentras alguno que quieras leer. Pasaba horas, me tenía que mandar llamar a su ayudante, porque me perdía en la inmensidad de aquella librería, llena de sueños, que tenía delante de mí. Paraba y leía poesía, o un relato corto, o las aventuras de ese naufrago. Igual me iba con un libro, que con las manos vacías, pero ella, siempre con una sonrisa, me invitaba a entrar.
Después me fui del barrio, y la librería desapareció de mi historia.
Todavía no habían cerrado, y no evité entrar. Un chico, como de mi edad, atendía a una señora que, con su hijo, pedía un libro de tapas azules. Buenas tardes, dije. Hola. Respondió con una sonrisa. Empecé a pasear por los libros sin prisa y sin rumbo.
La emoción de vivir lo vivido de niño me anudaba la garganta. Sus palabras, mientras repasaba un libro de Isaac Asimov, me removieron el alma.
Cuanto tiempo, niño, me sonrió. ¿Qué tal si pasas, miras, rebuscas, por si encuentras algún libro que quieras leer?

viernes, 24 de octubre de 2008

Ich liebe dich


(Tamara de Lempicka)

Ich liebe dich…
Me dijo.
De idiomas, los pocos que conocía, era de lejos. Así que su beso y sus palabras me dejaron mudo; sin una respuesta adecuada. Tampoco me dio oportunidad de balbucearle nada; la carrera que le llevó al tren, que ya en marcha, se alejaba, me dejó como un espantapájaros en medio del andén de la vía 3. Dirección… lejos de mí.
No hubo apenas palabras en nuestro encuentro. Signos, garabatos en las servilletas de los bares; aprendiz de profesor de palabras típicas…”caña, vino de rioja, servicios” Las tres palabras que yo sabía de inglés, y la buena intención de ella, consiguió el milagro de conocernos… Se llamaba Sylvia, y sus palabras ininteligibles, salían de una boca sensual, con los labios carnosos, y con la letra marcada.
Me pidió que fuera su guía, su acompañante; la enseñé todo lo que de Madrid me atraía. Algún museo, un paseo por el Retiro, un cuarteto de cuerda en la plaza Mayor; las cañas y el ambiente del Madrid nocturno, que le obligaba a mantener la sonrisa puesta, y el “ole” en los sitios más inadecuados.
Me obligó a bailar todo lo que no sé. Y lo que sé también. Hubo momentos en la noche que pasamos en vela, que ni me acuerdo de dónde me encontraba. Después, mucho tiempo después, sereno, localizaría lugares ocultos que mi mente borracha borró.
El paseo por la noche de Madrid, cogidos de la mano, hablando borrachos, sin entendernos, pero contentos, nos llevó hasta la puerta del sol; y de Sol a la calle Arenal. Quizá eran las cuatro de la mañana, porque Ginés estaba abierto ya, y completamos la noche con churros y chocolate.
Me dibujó la palabra hotel y un tren mientras yo pedía una ración calentita de churros.
Miré la servilleta… ¿no te irás?... una hora...las 8:00. Pero si nos acabamos de conocer; ella encogía los hombros…
La llevé al hotel, cogió la maleta y nos fuimos andando hasta la estación de Chamartín. No separaba mi mirada de su rostro redondo y con la piel blanca y suave.
Ya en el andén me dio aquel beso largo y sincero… y me dijo ich liebe dich.
Intenté localizarla. Pregunté en el hotel por su dirección, que resultó ser un parque en medio de Berlín. Quería ir allí, encontrarla. ¿Estás loco? Me decía mi padre. Con quince años no vas a ningún sitio… Pero es que es la mujer de mi vida, le dije.
Me apunté poco después a un curso de idiomas para principiantes. Lo primero que pregunté fue lo que significaban aquellas palabras que Sylvia me dijo al despedirse.
Pasaron años; tantos que yo mismo fui el padre de mi hijo de 15. A pesar de eso, de vez en cuando, daba un paseo de madrugada por Madrid, me tomaba un chocolate con churros, y pensaba qué largos son los recuerdos, sobretodo los que sólo duran una noche.

martes, 21 de octubre de 2008

No lo creerás


(Van Gogh. tristeza Gabita)

No lo creerás, pero no siento nada.
Quizá el pequeño dolor de una muela,
que quiere dejar de ser yo para ser ella sola.
O el martilleo constante en mis sienes.
Pero no siento el calor; no siento las caricias.
Me causan indiferencia los besos.
Miro en tus ojos y veo su color, su grandeza.
No veo en ellos su transferencia en cariño,
mi aumento de pulsaciones en el corazón.
Antaño la vida se aceleraba con tu sola presencia.
Mi corazón estallaba y vivía intranquilo si estabas cerca
Ahora siento no sentir.
Mi ingratitud al no devolver la intensidad de tus caricias,
me convierte en un monstruo.
Quiero sentir tu calor, mi excitación por tu respirar.
Pero no siento nada.


(Escrito hace ya unos años. Vocación de poeta, perdida)

lunes, 20 de octubre de 2008

Dudas


(Claude Monet- Puesta de sol en los acantilados cerca de Dieppe)


(Foto de LA TIERRA)

El acantilado no era muy alto; apenas unos metros de distancia me separaban de la mar. Llegué allí esperando respuestas a mis dudas. La soledad suele tener muchas cosas que decirme. Y con la compañía de la mar, juntas, seguro que me aclararían la manía que tengo de preguntarme sobre mi propia vida.
La más de las veces prefiero no hacerme preguntas; me limito a ir pasando el día a día sin esperar que encuentre las respuestas a lo que está pasando.
Wittgenstein ya decía “De lo que no se puede hablar, mejor es callarse “; o algo parecido. Y si él no podía dar respuesta a las preguntas fundamentales de la vida, quien era yo para siquiera escribirlas.
Eso era la teoría. Pero siempre había un momento del día que me asaltaban las preguntas, en minúsculas, de mi propia vida. Un día decidí que me iba a visitar a mis olvidadas amigas. La soledad venía a verme a menudo a casa, pero la mar, esa era más terca, y, o bien la visitaba, o bien la mandaba cartas en una botella. Pero sólo contestaba cuando iba a verla. Cogí mi casi abandonado coche, lleno de polvo y cansancio, y me lancé a verlas a un pueblecito de Santander.
Me prometieron alojamiento tranquilo, con el paseo cerca. Hacia frío en ese abril destemplado, pero ayudaba a alejar del paseo a los que vivían de fin de semana en ese lugar. La iglesia al final del paseo, del pequeño puerto, se mantenía mirando segura de si misma, a pesar del oleaje bravo con el que me saludo.
Ya sé que he tardado en venir, pero aquí estoy; no te enfades conmigo; además te traigo a la soledad para que charlemos los tres.
Aunque me temo que eso no la calmó demasiado. Tras un paseo de casi una hora, llegué al punto de encuentro. Un pequeño acantilado entre playas, que, si bajas lo suficiente, casi no se ven las casas.
El ensordecedor sonido de las olas, casi impedía que le hiciera las preguntas. Estuvimos un rato los tres allí; la mar se calló un poco, a pesar del su soniquete nervioso y constante.
Necesitaba veros; necesitaba saber que pensáis.
Estuvimos hablando varias horas. Hasta que sentí que las articulaciones necesitaban salvarse de la humedad.
La mar se había calmado. Y la soledad me acompañó hasta un pequeño restaurante cercano al paseo, para tomar algo caliente y entrar en calor.
¿Qué quiere? Preguntó el camarero…
Me quedé callado… un momento… Ante la falta de respuesta, el camarero fue de visita a otra mesa para preguntar lo mismo.
Es curioso, Estaba buscando respuestas a mis preguntas. Pero lo que realmente necesitaba era una pregunta a mis dudas.


viernes, 17 de octubre de 2008

Despertar- me


(Tamara de Lempicka. La Dormeuse)

Después de las primeras palabras, de las miradas intensas, de esa sonrisa magnética, que me impedía desviar la mirada más allá de sus labios, me tenía conquistado.
En la improvisada pista de baile, tan pegados bailábamos que era imposible no sentir sus senos, sin ataduras, pegados a mi camisa. No sé quien estaba más excitado, pero su piel, sudorosa después de tantos bailes, me parecía lo más erótico que mis dedos habían acariciado.
No sé el tiempo que pasó, pero no veía nada, ni oía nada de esa plaza mayor, llena de gente y de petardos. Sólo su rostro, empapado de deseo, y sus labios, que me tenía que comer a bocados.
Nos vamos, preguntó… claro. Dónde… a mi casa.
Los matices de su piel descubrí uno a uno, mientras sorbía cada uno de sus poros. Sudor único de dos cuerpos con ganas de amor. No había límites a sus deseos. Los míos los descubría sin preguntar. El masaje de cosquillas, cuando su pelo recorría mi espalda, mi lengua recorriendo su cuello, hasta quedarme seco.
Amanecía en su cama, en una habitación que convertía su dos por dos en una cama de juguete. El desastre de las ropas arrancadas de los cuerpos con rabia llevaban un claro camino, como las piedras del cuento, que llevan siempre al hogar, cálido.
Me levanté para asomarme por la ventana. La luz del sol se descubría por entre las casas, iluminando las calles sucias de fiesta.
Empecé a pensar en lo casual del destino; si el coche esa tarde no se hubiera empeñado en griparse; si hubiera llegado a mi casa, a mi cubículo, habría compartido con el gato las sobras de la cena anterior, delante de los anuncios de detergente. Ahora estaba en esa casa, junto a la cama de un amor de fiesta, feliz, respirando placer.
¿Qué piensas? Me susurró desde el centro de la cama… Lo bonito que está el pueblo, las sorpresas del des…decía mientras me giraba. Ella, incorporando la cabeza con su mano, me sonreía con esa sonrisa que me hipnotizaba… Qué decías…Que quiero mis mañanas con tu sabor.

jueves, 16 de octubre de 2008

Despertar


(Van Gogh- Habitación hospital Arles)

Me desperté. Estaba en la cama de un hospital. ¡Qué raro! No recordaba cómo había llegado hasta allí. Ni desde cuando. Mire a mí alrededor. Por la ventana entraba una luz intensa. Puede que fuera medio día. Y hacía calor. Mucho calor.
Mi hijo pequeño estaba dormitando en el sofá del hospital. Llevaba chándal. Miré con interés la habitación. Era para mí solo. En las sábanas ponía el nombre del Hospital, Hospital Clínico. Sí, es mi hospital. Tenía sed, pero no tenía la sensación de que las piernas me respondieran.
Juan… le avisé, ¡Juan! Se despertó dando un salto en el sofá. Quiero agua, le dije. No te entiendo, Papá, ¿Qué quieres? Quiero agua. Mi hijo me miraba como no entendiéndome. Agua joder, quiero agua. Ah. Agua, vale Papá, ahora te traigo.
No entiendo qué le pasa. No es tan difícil lo que estoy pidiéndole. Me sucede algo extraño; veo moverse todo como en cámara lenta. Se lo digo a mi hijo que viene con un vaso de agua desde el baño. Tengo la sensación de que las cosas van muy lentas, le digo mientras muevo las manos para darle a entender la lentitud de los movimientos.
Sí, Papá, ya te llevo el agua. Pero ¿Estás tonto, o qué?... que algo me pasa. No me da tiempo a seguir hablando porque Juan me pone en los labios el vaso de agua y me hace beber. El agua se me escurre por la barbilla. No entiendo porque no puedo coger el vaso con la mano. Mi hijo no me deja. Que se te va a caer todo, Papá.
No entiendo nada. Mi hijo me está hablando, y cuando le contesto, no me entiende. A ver si Lola viene, y me echa una mano. Y tu madre, le pregunto; esta vez me entiende a la primera. Mamá se ha ido a dormir, que ha estado toda la noche aquí, contigo. ¿Conmigo?
Toda la noche conmigo. No puede ser. Mi hijo continúa hablando; estas semanas se está pegando una paliza y ya sabes que los fines de semana nos alternamos nosotros. ¿Semanas? Pero qué me está pasando. No te entiendo Papá.
Empiezo a moverme con furia; necesito saber qué me está pasando, y mi hijo no se entera. Debo de estar haciendo mucho ruido, porque la enfermera que acaba de entrar, me está poniendo una inyección… pero ¡Se puede saber qué me pasa!... no es posible que esté… me duermo… No, quiero respuestas…. Hijo, pero…
Me desperté. Estaba en la cama de un hospital. ¡Qué raro! No recordaba cómo había llegado hasta allí.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Cuadro nuevo


(Tamara de Lempicka. La túnica rosa)

Es un cuadro nuevo.
Cada vez que abro la ventana de la habitación de un Hotel, siempre tengo la sensación de abrir un cuadro nuevo, en movimiento. Nunca me paro el tiempo suficiente como para saber apreciar los pequeños detalles que me ofrece ese cuadro.
Hoy lo abro con la noche cerrada dibujada. Es una noche extrañamente calurosa para el otoño de la mancha. Pero ya no me preocupa pensar si es el cambio climático. Quizá lo sea. O no. No creo que lo sepa nunca.
El Hotel, según lo que veo en el cuadro, tiene vistas a los tejados del pueblo. Pueblo antiguo. Las pocas luces que se intuyen por la estrecha calle que sube al hotel, parpadean sin cesar. La calma es total. Apenas un ronco ruido de un camión de fondo como eco de lo que la autopista que no se alcanza a ver, vomita.
Al cerrar la ventana, descubro el reflejo de la cama en el espejo de cristal, que se encuentra a mi derecha, y que se olvida de mi propio reflejo, tapado con la cortina.
Miro el nuevo cuadro que se me presenta. La cama con las sábanas revueltas, y entre ellas, asoman sus piernas. No son largas, más bien de mujer menuda. Las piernas estratégicamente colocadas para sentirse medio tapadas por las sábanas, y apenas ocultando ese culo que parece dormir medio en pompa.
Su pelo recorre todo el almohadón. Negro, muy negro, da la sensación de encontrarse rodeada de hileras de mechones que salen de lugares imposibles.
No recuerdo como el encuentro casual, el vino compartido, las risas cómplices, nos llevaron a tener este nuevo cuadro en ese hotel, pero ahora, mirando el cuadro, comprendo porque la belleza es femenina.
Me giro en dirección al cuadro, para poder quitar el marco. Creo que me incorporaré al cuadro, quizá descubra matices a este tapiz.

jueves, 9 de octubre de 2008

Si bebo


(foto prestada del blog de mencía)

Si bebo, no conduzco.
Si bebo, las rectas se convierten en curvas.
Si bebo, las curvas son piruetas de una montaña rusa.
Ayer, cuando entré en casa, no había bebido.
Pero recuerdo las curvas del vaso, con mi vino preferido encima de la mesa. Compré las botellas en aquella vinoteca dónde paraba cada vez que tenía que pasar por aquella ciudad. Recuerdo lo bien que me atendía la mujer que la regentaba. Siempre me ayudaba a descubrir los vinos, las uvas; los sabores. Syrah, merlot, Macabeo, Gewürstraminer, pinot noir, Mencía…
Me detallaba los olores que descubriría con aquellas uvas, las sensaciones en el paladar. El tipo de copa, para deleitarme más aún de sus matices.
Pasaba más de una hora aprendiendo, cada vez que pasaba por allí. Y allí descubrí ese vino… un ribera, que no soy de ribera decía. Pruébalo, es del noventa y cuatro me decía. No sé. Un poco caro, pensaba también. Finalmente me lo llevé. Una botella, y una copa que compré en el Carrefour cercano.
Abrí con parsimonia el vino en el Hotel, junto con una bandeja de jamón de la zona, que parecía que acompañaba a la perfección.
A la mañana siguiente cargué el coche con dos docenas de aquel vino.
Lo abría en ocasiones especiales. Lo escondía cuando alguno de mis voraces amigos tenía la tentación de beberse mi escasa bodega en una sola noche.
A alguna mujer que se atrevió a conocer mi cocina, mi casa, mi habitación, se lo daba a probar; prefiero la coca cola Light me dijo alguna también.
Cuando abría alguna de aquellas botellas, me transformaba. Era una amante a la que quería mimar, acariciar. Cada sorbo de ese vino, me inducía a cerrar los ojos, a mantenerlo en la boca, a saborear sus matices. Soñaba que era mujer con matices frutales.
Tan enfrascado estaba en mi mundo de vinos, que me subscribí a una revista que me ayudó a apuntarme a un curso de cata, fuera de mi ciudad, en un pueblecito. Allí pasé el fin de semana que descubrí el Cariñena, el somontano, a ti. Los ojos, la mirada, la forma de beber y saborear el vino. Nos enfrentamos a una cata en la que el vino nos produjo los mismos matices, las mismas sonrisas, y nos acompaño a la cama para descubrir que el vino era el complemento perfecto.
No recuerdo el tiempo que tardaste en visitar mi casa, en alojarte, en ser parte de mi vida. Pero creo que todavía tenía el sabor de tus besos, en aquel hotel rural, cuando tus vestidos ocupaban mi armario.
Pasamos unas semanas cruzándonos posturas y besos; descubriendo matices en el cuerpo de los dos.
Aún así, no saque mi vino, mi amante. No quería pensar que el vino y ella no se llevaran bien, que no llegarán a intimar, y tuviera que beber en solitario, de nuevo.
El vaso tenía dueño; todavía se notaba las marcas que deja el vino en la copa, cuando se ha bebido… NO, lo ha probado… y lo ha probado sin mí.
Las cartas que había recogido en el buzón minutos antes, me temblaban en las manos…
Hola, me dijo desde la cocina, ahora salgo… porqué no te pones una copa de vino mientras, me pregunto, dando por hecho que lo haría. Me desplomé en el sofá, pensando qué haría ahora que se conocían. Bebí de su copa, saboreando como nunca ese pequeño sorbo que mojaba mis labios.
Ella apareció al cabo de unos minutos. He descubierto este vino. Lo tenías escondido. Sí. Esperaba el momento especial para presentártelo. Pero no sabía si te iba a gustar.
Es mi vino preferido. Ya… me dijo con una larga pausa.
Sabes, creo que sé como sacarle partido a tu vino, para que no me olvides…
Me cogió de la mano, obligándome a levantarme… con la mano que le quedaba libre, cogió la botella a medio beber, y me arrastró hasta los pies de la cama…
¿Has probado alguna vez el vino, decantado por un cuerpo?
Si bebo, no conduzco.
Si bebo, solo veo las curvas de ella.
Y sus curvas tienen los matices frutales que nunca pude imaginar que tenía su cuerpo.

miércoles, 8 de octubre de 2008

La puerta


(Renoir. Springtime)

Cerré la puerta intentando hacer el menor ruido posible; apenas el clic del pestillo, y el quejido de la bisagra de arriba que sujetaba a la puerta de entrada a mi casa. Nunca sirvió de mucho el tres en uno que le ponía de año en año. Ahora ya no lo pondría más.
Tras esa puerta quedaban veinte años de mi historia. En mi maleta, el presente con alguna camisa ya arrugada, unos zapatos de repuesto, y poco más.
Los calores del amor, del cariño, fueron compensándose con el ritmo de los enfados, de los sinsentidos hablados a gritos. Iban compensando los abrazos con los brazos cruzados.
Nada servía. Cada vez que, uno u otro, intentaba sacar sus mejores yoes, aparecía el reverso del otro. Ya no recuerdo cómo nos conocimos. Ni porqué estaba compartiendo cama y silencios. Cuando rebuscaba en la historia de nuestros mundos, reconocía a dos novatos en el amor, en la amistad. Nos adorábamos, es lo que recuerdo; sus ausencias me ahogaban. Nuestros encuentros, en los que descubrimos nuestros cuerpos, eran interminables, intensos. Nunca el tiempo se había detenido de esa manera cuando estábamos juntos. Ahora el tiempo era eterno, y no acababan nunca los reproches mutuos.
Ni los niños, ni el amor pasado, ni la familia, ni el futuro, ni ella, ni yo… Nada queríamos salvo alejarnos de nuestra vida.
Creíamos que separarnos no era la solución; pero no había solución con nuestras vidas conjuntas.
Era una huida de nuestros recuerdos. Al cerrar la puerta, dejaba todo lo que teníamos importante, y, a la vez, todo lo que no podíamos tener juntos.
Bajé en el ascensor hasta el portal que daba a la calle. Era una noche fría. Fría y húmeda. La niebla asomaba por el final del parque, acechando a los que nos atrevíamos a salir del calor del hogar.
Y, sin embargo, un calor intenso me salía del cuerpo. Me encerré en el abrigo, mientras lloraba en silencio mi nueva vida.

martes, 7 de octubre de 2008

La mirada


(Veermer- la muchacha con turbante)


Calor. Mucho calor. Sobretodo en mis manos.
El metro estaba atestado a esa hora. Ni un espacio entre los cuerpos. El aire acondicionado seguro que funcionaba, pero éramos muchos, y poco frío para repartir entre tantos.
Mis manos, sudorosas por sujetarme de una manera antinatural, haciendo equilibrios para no caer sobre aquel señor que se empeñaba en leer el 20 minutos totalmente desplegado. Pensaría que era el momento. Y eso que las noticias daban ganas de cerrarlo y pintar encima.
Esa sensación de sudor frío que recorría mi espalda, esa sensación de que la ducha que me había despertado 30 minutos antes, era una pérdida de agua inútil, añadía al viaje un desagradable olor a requemado.
Llevaba los cascos puestos. MP3 de primera generación… 10 canciones que se repetían machaconamente. Próxima estación, Atocha, amenazaba la locución grabada.
Los ojos de la gente miraban a lugares lejanos, con tal de no tropezarse de manera accidental con otras miradas y con otros ojos.
Por eso, quizá, los vi. Me miraban fijamente. O miraban a un vacío que yo crucé. El caso es que, al esquivar la mirada del señor con cara de eterno reproche, me encontré con su mirada perdida.
Estaba lejos, a dos puertas de distancia. Y con tal cantidad de personas entre medias, era imposible acercarme a verlos con más detalle. No se apartaban de mi mirada. Era una mirada seria. Acompañaba a un rostro redondo de mujer. A un rostro blanquecino, supongo que por el calor, que me miraba casi sin emitir movimientos, gesto alguno.
La miré con cierto atrevimiento. Esperaba que me mirara, que viera mi mirada y que los ojos se hablaran.
Pasó Atocha hasta que me quiso ver.
Al mirarme, su rostro sonrió. Una sonrisa acompañó a su mirada.
Yo sonreí al contacto con su mirada, con su sonrisa.
Era el primer gesto amable que me encontraba en el tren en mi vida. Giré la cabeza sin dejar de mirarla, y ella acompañó el gesto.
Los ojos de esa mirada eran azules.
Dejé de pensar en los sudores, en el calor, y en el aire acondicionado. El del periódico se fue, pero la mirada se mantenía.
Jugaba con su cara, y con sus ojos, me miraba y sonreía, se escondía entre la cabeza de alguien que estaba en el medio, para aparecer por un lado o por otro de esa cabeza.
Pasaron los cinco minutos como segundos. No quería perder esos ojos. Me habían enamorado. Próxima estación, Sol… su mirada se desvió, dejó de sonreír y apareció una mano que me decía adiós… ¡NO! Grité, y el murmullo callado de los que estaban allí se transformó en un silencio absoluto. No te vayas, por favor. Sonrió, bajó la cabeza, y salió del tren.
Viajo todos los días pensando en encontrarme con esa mirada. A todas horas; alguna me reprocha el descaro, el atrevimiento de mi mirada. Perdí la mirada, y gané la desesperación de no encontrarla.

lunes, 6 de octubre de 2008

Sueño en blanco y negro



(Escher)

Yo también sueño en blanco y negro.
No sé dónde, o a quien leí, o escuché decir, que sus sueños no eran en tecnicolor; que eran en blanco y negro. A mí también me pasa. Unos, que otros vienen en colores vivos y con música pregrabada incluso.
Pero de él sólo tengo sueños en blanco y negro. Creo incluso que mis encuentros con él eran en ese bicolor. Después, mucho después, al visitar aquella casa vacía que dejó él y la tía, reconocí que había color; que si se levantaban aquellas persianas venecianas que daban a la calle empedrada, se veía pasar el mundo, y la luz iluminaba el salón. Era como una foto que se pudiera tocar. El salón no se movió de ese lugar y de esas formas en años. La mesa y las sillas llevaban toda la vida allí, y de esa manera colocadas. Las fotos que ellos tenían de recuerdo me traían imágenes de personas ya olvidadas. Incluso esa que estaba en brazos de él, mi hermana, que tampoco estaba ya, aunque seguía viva en cada uno de mis momentos.
No recuerdo de él que tuviera la piel dura, ni el color del pelo distinto del blanco, ni si su tacto era frío al contacto conmigo. Le recuerdo sentado en la silla de mimbre, mirando la puerta de entrada al salón que tenía a su izquierda y con la voz ronca, como de ultratumba.
Todo se llenaba de solemnidad a su lado. Estirado delante de su mesa, parecía que el mundo del salón era de su propiedad, y que nada de lo que allí sucedía era ajeno a su voluntad.
No sé nada de él. Era mi tío, o eso creo, aunque no sé si era de esos tíos a los que llamamos tíos, pero no lo son en realidad. O son tíos segundos, o primos hermanos; o alguien, que finalmente, cuando muere, te enteras que llevaba años en casa, pero que nadie sabía de parte de quien podría venir. Pero la costumbre le tenía allí.
Pero de él sé sus historias. Era guardia civil. En la época negra de nuestra historia. La guerra civil le vino, como a todos los de la época, en un bando. Supongo que él siguió en ese bando, porque también le interesaba; aunque no hablé de política; o de si unos eran buenos o malos. Creo que ese recuerdo le dolía. Vivir en pueblos de Ávila, dónde todos eran familiares, amigos, hermanos, y tenías que tomar posición, no era sino dolor lo que notaba en las arrugas de su frente al recordar.
Pero él no me hablaba de eso. Me hablaba de la aventura de vivir. De cómo visitaba a su novia cuando era mozo, como se le cruzaban los lobos, que había, y muchos, en la zona.
De cómo jugaba a cosas que ya no existían, y ya no recuerdo. Que el balón era de tela, que la vida se movía despacio.
Al recordar sus historias en blanco y negro, siempre me imaginé que su vida tuvo que ser apasionante; llena de aventuras y de recuerdos que la edad los añoraba.
No sé nada más de su vida. Murió, creo que en la misma silla desde la que nos saludaba los domingos por la mañana, cuando íbamos a visitar a la familia.
Soñé meses antes con su muerte. Sabía que la vida se le apagaba antes siquiera de que él lo supiera. El último día que le vi, le di el abrazo más grande que recuerdo que di con diez años. Lloraba ante la sorpresa de todos.
Él no me dijo nada. Sonrió, creo que por primera vez, y me contó una historia, de amigos perdidos.

jueves, 25 de septiembre de 2008

Canalla


(Paul Gauguin. O taiti (nunca más))

Canalla.
Eso es lo que era. No me imaginaba que en este mundo, o en los pasados, o en los siguientes, tuviera que toparme con un ser de esa calaña. Nadie me previno de gente como esta, ni me dijo cómo me tendría que comportar.
Sólo sé que no esperaba que ese día, mientras la mañana se desplazaba lentamente en la ventana de la oficina, apareciera. Y lo hizo; mi primer impulso fue el de sorpresa. Traje impecable en un cuerpo sin arrugas. Los ojos oscuros negros como azabache, y la sonrisa de hechizar, me llevaron a un segundo impulso de saltarle a los labios, que retuve.
Era la visita del jefe. La visita que esperaba desde no sé el tiempo. Claro que balbuceo frente a alguien así; balbuceo, y mucho. Le costó entenderme y a mi explicarme.
Era él, el hombre que esperaba y que no me paré a esperar más tiempo, cuando a los 28 me casé con el que cumplía con los estereotipos… pero a los 28 no me casé enamorada… Y seguía sin estarlo. Los hombres se confunden con facilidad. Confunden lujuria, pensamiento único, con amor… y se creen que les vamos a tratar como les tratan las madres.
Pero nosotras sí lo sabemos. Sabemos quien es la persona que nos va a robar el alma, quien nos va a tratar como una mujer.
Y él, el cabrón canalla, era el elegido para mí. Me daba igual el anillo, las promesas, el sofá nuevo, y la cita de los sábados con mis amigas. Era él, y tenía que saberlo, por si no se había dado cuenta.
Así que, según salió del despacho del jefe, le acompañé al ascensor. Y encima argentino. Joder, que tendrán los argentinos, que todos tienen labia, humor, me ponen la lívido en alerta máxima.
Tengo que quedar contigo, eres el hombre de mi vida… estoy segura. Necesito que lo sepas, y que lo sientas… necesito que nos veamos, ¡¡¡¡ya!!!!
La cama con él, esas dos semanas, fue inolvidable, salvaje, doloroso, diferente. Fue lo que no era con el que me casé.
No se podía ir. Me voy. NO. Imposible. Te tienes que quedar, he dejado casa, marido, sofá, sábados con amigas, trabajo… NO te puedes ir. ¿Y mis acrobacias en la cama?
Lo siento amor. Esto es solo un sueño. No me puedo quedar. Cuando te despiertes, ya no estaré aquí.
Me desperté. Y fui la primera en entrar en el baño para llorar. ¿Qué te pasa, preguntó? Nada, cosas de mujeres, dije, y le pareció suficiente.
Esa mañana, que era como las demás, apareció él. El de mis sueños. Era él, sin duda; supongo que le vería en alguna foto de trabajo. Le miré impresionada… de nuevo mis balbuceos salieron de mi boca. Esta vez era real. Y sí, era el hombre de mi vida.
Seguro.
Después de la reunión, sucedió tal y como imaginé en mis sueños… Le acompañé hasta el ascensor, pero no le dije nada, le tendí la mano. Adiós, le dijé.
Adiós… se quedó parado. Me miró a los ojos.
¿Sabe? He soñado con usted. ¿Conmigo? Sí. Era la mujer de mi vida.
Ya, temblé, pero era un sueño.
Sí, se dijo, bajando la cabeza, lo era. La puerta del ascensor se cerró.
Era un villano. Un canalla.

miércoles, 24 de septiembre de 2008

Stanley Kubrick (Senderos de Gloria)



Hay muchas películas de guerra, con distintas ideas que mostrar. Los malos y los buenos tienen claras diferencias. En este caso, la línea es siempre más delgada. El horror, la sensación de impotencia, la hipocresia, el miedo, son situaciones que están siempre presentes en momentos que, por suerte, no he vivido, y espero que nadie viva. Aunque fuera de nuestra burbuja, fuera, las cosas son tan desoladoras como relata está impresionante película.
Creo que Kubrick ha sido uno de los directores que más me ha impresionado. Es parte de mi archivo de imágenes.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Autorretrato


(Vincent Van Gogh)

Hoy me duelen los buenos deseos.
No puedo con ellos. Hoy me pesan demasiado.
Hoy, los buenos deseos me están destrozando la sonrisa.
Quizá es demasiada responsabilidad.
Cuando se viven caminos paralelos, separados. Cuando la
vida de los que queremos se mueve entre otros sentimientos
que no me son ajenos, pero que no nos unen.
Hoy me duele pensar que sus mundos,
los que llevan en las entrañas
de su corazón, son otros.
Hoy me puede el egoísmo de los míos.
Hoy quiero ser el protagonista de los buenos deseos.
Quiero que mis deseos se cumplan; y no el de los demás.
Sé que me sentiré mal siendo egoísta;
que, al minuto, no podré mirarme al espejo,
y desearé buenos deseos, con el corazón.
Después. Ahora no.

Reflexiones de nada en particular


(Claude Monet. Otoño)

Reflexiones de nada en particular, y de hace tiempo (quizá del 2002/2003).
Hoy me encuentro un tanto... espeso, y mis reflexiones de aquella época, igual también lo eran un poco...

"Amaneció un soleado día de septiembre, fresco, con la promesa de dar ese calor de final del verano, y con el olor que se mete dentro de las sienes, el olor característico de que terminan las vacaciones.

Nunca he sabido muy bien si ese olor era un cúmulo de sensaciones que estaban dentro de mí y que se unían a los olores típicos de la época, o es que realmente todos olemos el olor a final de verano.

Esta duda cada vez la tengo más a menudo. Antes, de adolescente, estaba convencido de que existían ciertos temas, ciertos asuntos, que veía con tal claridad, que me parecía imposible que alguien no entendiese un hecho objetivo de manera subjetiva (de distinta manera a como yo lo veía). Era increíble que personas que estaban a mí alrededor estuvieran planteando las cosas de manera radicalmente distinta a como yo lo veía. Incluso no entendía como era posible que no estuvieran de acuerdo conmigo (persona que me consideraba de un sentido común envidiable –iluso yo-).

Tenía la necesidad de tener algo claro, que fuera común para todos, y me metí en una torre de Babel que daba lugar a múltiples opiniones sobre el mismo asunto. Al menos existían personajes ilustres, filósofos, que me encauzaron al ver que, si bien las opiniones son tan variadas como absurdas, al menos existe la posibilidad de llevar un método, para que, si todos lo usáramos, fuera posible llegar a la misma conclusión.

Terrible. Se llegaba a discutir si el método a emplear era el correcto, si te llevaba a la conclusión correcta, o si, como empecé a creer, no llevaba a ninguna conclusión. Empecé a ser un radical nihilista. Pero también el concepto de nihilismo se ponía a debate.

Esto me ocurría en el estado de la opinión (de mí opinión). En el estado de los juicios de valor. En el estado de mi identidad ante la sociedad. En esencia, en todos los valores. Uno de los que más me preocupaba era si tenía claro mis propios valores éticos...y no. No los tenía en absoluto. Intentaba mantener (creo que sigo con este mismo planteamiento) el criterio de Aristóteles de la virtud. Tengo que buscar siempre el punto medio; tengo la necesidad de buscar el punto equidistante entre los extremos, para buscar el punto que, al menos aparentemente, más se acerca a mi forma de pensar. Pero que no sé si es el correcto. Quizá es la manera de equivocarme lo menos posible.

Naturalmente, no es el criterio que utilizan el resto de las personas que están a mi alrededor. O Sí. Pero después tienen que añadirse gotas que van modificando la conclusión última. Gotas de prejuicios; gotas de vivencias anteriores; gotas de educación mal entendida; gotas.... De tal manera que nunca mis conclusiones se asemejaban a la de los demás. Y cuando coincidían, era bastante probable que partieran de bases diferentes (esto era esperanzador, porque significaba que existían procedimientos válidos para llegar a conclusiones, que yo entendía razonables).

Tampoco me parece ahora tan necesario que exista el pensamiento único, pero sí establecer que si las cosas se razonan de la misma manera, deberíamos tener conclusiones semejantes (¿porqué no?).

Pero no quería hablar de esto (al menos de momento)........


Amanecía, pues, un soleado día de septiembre, con olor a final de verano...el comienzo de la época más triste del año, cuando el frescor de las cosas se apaga, y vuelve a imperar el color amarillento, el rojo plomizo, el marrón. Los días tan repentinamente cortos, la sensación de que todo vuelve al sitio original de antes del verano, pero con todo por rehacer de nuevo. Es, aunque parezca un contrasentido, mi época del año favorita. Me encanta pasear por el campo, pisando esas hojas marrones recién caídas del árbol, que crujen al pasar, y llenan el bosque de una sensación de sobrecogimiento... Pasear las tardes, a punto de anochecer, cuando cae la noche y el frío, y se huele el humo de una chimenea lejana,... Uff; hace mucho que no tengo esa sensación. Incluso la sensación de miedo... sí, miedo, cuando paseas y solo escuchas tus propias pisadas, o el viento moviendo las hojas.

O en la ciudad, el olor (¿Porqué siempre el olor?) a castañas asadas, o ese ambiente de la calle céntrica, en la que se ve la expectación por entrar al cine, o entrar en una cafetería (como la que existe todavía en la plaza de Bilbao) con las mesas de mármol, el café de toda la tarde, mientras se habla con los amigos, o se habla de amor con la persona a la que tú quieres, o pretendes querer. O...

Pero no quería hablar de esto…o quizá sí."

viernes, 19 de septiembre de 2008

Sueños de sofá


(Salvador Dalí-Sueño causado por el vuelo de una abeja alrededor de una granada un segundo antes del despertar)

Me senté en el sofá, me acomodé para que mi cuerpo se moviera lo menos posible. Esperaba que me acogiera y no me soltara hasta quedarme dormido, ayudado por alguna soporífera serie, algún documental de la dos, o porque el sueño de toda la semana pesaba en mis párpados, ojos, cabeza.
Al cabo de unos pocos minutos, el efecto del capítulo de la migración de los ñu, una vez pasado el momento en el que los cocodrilos, (que yo creo que son los mismos desde que por ver primera vi un documental parecido, ya con seis ó siete años y me dejara marcado) empezara a cumplir con su impagable cometido.
El calor que entraba en forma luz solar por los ventanales del salón, ayudaban a la imagen idílica del que duerme una siesta placentera… Sería un perfecto anuncio. El sueño entraba en mi cuerpo que empezaba a caer de manera caprichosa en los tentadores brazos del sofá…
Creo que era un sueño, porque todo empezaba perfecto. Sin duda era ella. No le veía la cara, no reconocía el pelo, ni esos andares sensuales que tenía al moverse; pero era ella, porque en los sueños todo se mueve añadiendo imágenes que uno tiene en el subconsciente, y que le resulta agradables. Y como era mi sueño, tenía un pelo de color cobrizo con ondulaciones que le bajaban hasta casi la cintura; su movimiento sensual obligaba a bajar los ojos a su cintura para apreciar como se movía; su ritmo, ese ritmo que tienen las mujeres y que nos encandilan, lo tenía ella en superlativo.
Se alejaba de mi sofá, así que estiré mi mano, y la miré con deseo. Y ella, que debió escuchar esa mirada, paró su contoneante movimiento, se giró, y sonrió. Vaya sonrisa. El salón luminoso parecía que estaba en penumbra cuando ella deslumbró el espacio con su sonrisa.
Empezó a acercarse, con ese movimiento que la alejaba segundos antes, y que me tenía hipnotizado. Su vestido, como un velo, apenas marcaba su pecho, que parecía desnudo, sin ataduras. Me miraba a los ojos, con ojos pardos, grandes. Las manos de ellas me indicaban que venía a por mí.
Este sueño me estaba encantando. Tenía que seguir con él, o recordarlo al despertarme.
El caso es que tardaba en llegar; no recordaba que fuera tan largo el recorrido desde la puerta hasta el sofá. Pero el espectáculo era impresionante. Ahora parecía que sus manos llevaban guantes, y se los quitaba de manera sensual mientras se acercaba; tengo que volver a ver Gilda, para recordar mejor ese desnudo de manos…
Ahora se parecía más a la Jolie, pero no; seguía siendo ella… y ya estaba cerca del sofá.
En mi sueño me iba a seducir con palabras al oído, con palabras lascivas, con la lengua en mi cuello… Me encanta mi sueño…
Se acercó, tal y como soñaba, a mi oído…¡Eh!, que se le está saliendo la baba y me está manchando el sofá, que luego me cuesta limpiarlo, hombre
Quién dijo que los sueños son para cumplirse... Mentía…