(G. Klimt)
Cocinar los dos, en silencio, jugueteando con el roce de nuestros cuerpos en la estrecha cocina.
Mirar de manera furtiva tu entrada, siempre tan sensual, de tu cuerpo desnudo en la ducha.
Ver, a través de las mamparas, como se intuye tu perfil.
El fugaz destape de tu hombro con tu vestido favorito.
La mirada fugaz a tu sonrisa.
El sonido de tu respiración acompasada en el silencio de la cama.
El paseo de tus dedos en mi espalda dormida.
El tono de tu voz en la madrugada.
Ese andar que sabe que tiene mis ojos en tus caderas.
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jueves, 5 de mayo de 2011
lunes, 24 de enero de 2011
Copenhague
Me cuesta iniciar un relato.
Cuando la oficina está vacía, miro el ordenador que lleva conmigo todo el día, expectante, abro una página virgen y me quedo mirando al infinito hasta poner la primera palabra, quizá la primera frase.
La borro tan rápido como la escribo... Siempre pienso en los críticos que dicen lo importante que es la frase que inicia todo:
"Yo tenía una granja en África."
Siempre recuerdo esta frase cuando mis dedos simulan escribir mientras mi cabeza piensa qué transmitirles.
A veces es una imagen, una foto, un comentario en la radio... esa música que he escuchado en no sé qué lugar; claro, Ana siempre me dice que le plagio. Que me cuenta una idea para su propio blog y que luego voy yo y escribo sobre ese tema... Quien sabe.
Hoy mis divagaciones corrían paralelas a la palabra Copenhague, no como ciudad; más bien como canción.
Es la canción de presentación de ella. Cuando la reconocí era la canción que ella tenía en la cabeza. Era la canción que me regaló, que se incrustó en mi mente y se quedó grabada junto a su nombre para siempre. Era el principio de una lista de cosas que me relacionaban con ella.
La música me llevaba a ella; la ciudad me llevaba a la canción que me llevaba a su nombre. Y así iba creciendo la interrelación entre su imagen, con una serie de seres, músicas, imágenes que siempre relaciono con su nombre.
A veces me la imagino como un collage sin rostro ni nombre. Es Copenhague, es un concierto en Barcelona, es Monasterio de Arlanza, sin solución de continuidad, formando un mosaico de ideas, de palabras que, por partes son su esencia, y en conjunto es su nombre, que a la vez es la representación nominativa de la persona que tiene un rostro que, en al final, junto con su voz, es la realidad de su ser.
No sé cómo iniciar un relato.
Pienso en Copenhague. En viaje, en mar. Recuerdo un amanecer en la costa norte, el frío de la mañana, la luz de un amanecer de brumas rodeándome.
En realidad me estoy engañando... En realidad no pienso en eso, en realidad, siempre estoy pensando en ella.
Quizá mi siguiente relato debería empezar, no sé, quizá:
"Todos mis recuerdos tienen el mismo fin. Todos tienen el nombre de una mujer."
Cuando la oficina está vacía, miro el ordenador que lleva conmigo todo el día, expectante, abro una página virgen y me quedo mirando al infinito hasta poner la primera palabra, quizá la primera frase.
La borro tan rápido como la escribo... Siempre pienso en los críticos que dicen lo importante que es la frase que inicia todo:
"Yo tenía una granja en África."
Siempre recuerdo esta frase cuando mis dedos simulan escribir mientras mi cabeza piensa qué transmitirles.
A veces es una imagen, una foto, un comentario en la radio... esa música que he escuchado en no sé qué lugar; claro, Ana siempre me dice que le plagio. Que me cuenta una idea para su propio blog y que luego voy yo y escribo sobre ese tema... Quien sabe.
Hoy mis divagaciones corrían paralelas a la palabra Copenhague, no como ciudad; más bien como canción.
Es la canción de presentación de ella. Cuando la reconocí era la canción que ella tenía en la cabeza. Era la canción que me regaló, que se incrustó en mi mente y se quedó grabada junto a su nombre para siempre. Era el principio de una lista de cosas que me relacionaban con ella.
La música me llevaba a ella; la ciudad me llevaba a la canción que me llevaba a su nombre. Y así iba creciendo la interrelación entre su imagen, con una serie de seres, músicas, imágenes que siempre relaciono con su nombre.
A veces me la imagino como un collage sin rostro ni nombre. Es Copenhague, es un concierto en Barcelona, es Monasterio de Arlanza, sin solución de continuidad, formando un mosaico de ideas, de palabras que, por partes son su esencia, y en conjunto es su nombre, que a la vez es la representación nominativa de la persona que tiene un rostro que, en al final, junto con su voz, es la realidad de su ser.
No sé cómo iniciar un relato.
Pienso en Copenhague. En viaje, en mar. Recuerdo un amanecer en la costa norte, el frío de la mañana, la luz de un amanecer de brumas rodeándome.
En realidad me estoy engañando... En realidad no pienso en eso, en realidad, siempre estoy pensando en ella.
Quizá mi siguiente relato debería empezar, no sé, quizá:
"Todos mis recuerdos tienen el mismo fin. Todos tienen el nombre de una mujer."
lunes, 31 de mayo de 2010
El Rosetón

El Rosetón de la Catedral parecía cargado de oscuridad. Traducía los nubarrones que en el exterior clamaban lluvia.
Sentado en los primeros bancos, no dejaba de ver la hermosura de sus trazos, la delicadeza de sus imágenes. Todo se intuía bello, pero oscuro. No había luz que desde el exterior le diera vida a ese rosetón.
La catedral en silencio, no ayudaba a sentirme seguro. Temía tener que salir de allí invadido por ese callar majestuoso, y por los grises que inundaban hasta mi corazón.
Las nubes, quizá en un arrebato de arrepentimiento, quizá por la idea de que la oscuridad que transportaban no era más que la necesidad de limpiar las calles de almas sucias pero que las almas limpias no se merecían ese gris amanecer, se ablandaron y dejaron asomar unos rayos de luz.
Y en un instante, como la sonrisa poderosa del niño, la luz entró a través del Rosetón… Tardó un instante en reflejar su belleza; quizá sujetó unos instantes esos rayos de luz para poder concentrarse e iluminarse más aún.
Y se iluminó la Catedral.
Y el Rosetón cambió. Su luz me dijo que la belleza la conservaba. Y parecía prometer que ninguna nube negra le quitaría de nuevo su grandeza.
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