jueves, 24 de diciembre de 2009

Felices Fiestas


(Sakamoto Ryuichi - Merry Christmas Mr. Lawrence)

Para los que tienen estas fiestas como algo especial y entrañable... y para los que quieren que pasen sin causar dolor.
Para los que os acercais a mis pequeñas ventanas y os quedais un instante.
Gracias por la compañía. Gracias por estar.
Miguel

lunes, 21 de diciembre de 2009

Escalofrío


Joven en su ventana (Gustave Caillebotte)



En mi sueño, me zarandeaban como si fuera un muñeco de trapo. Alguien enorme me tenía sujeto del hombro, y su voz como lejana me advertía furioso de las consecuencias que mis actos iban a tener.
Al poco, esa voz lejana y ronca se fue transformando y percibía la voz de un niño que me advertía; aunque de una manera más perseverante y repetitiva, la voz me resultaba agradable y familiar. Lo que tienen los sueños… pensé.
Mi hija no dejaba de zarandearme mientras yo sonreía idiota al sueño que iba dejando atrás. “Papá, levanta, que ha nevado”
Por fin, cuando mi subconsciente novela terminó, me di cuenta de la realidad de aquellos zarandeos y de la voz de mi hija, ya cercana a la desesperación, reclamando atención y no dejándose asustar por mi estado.
“Ha nevado, Papá”. Qué bien, pensé, otro día de atasco... Me dejé llevar cansino con mi mano derecha cogida a su zurda, al mirador del salón.
El espectáculo, como siempre que nieva en una ciudad tan seca como mi Madrid, pegaba mi nariz a la ventana y me hacía poner la misma cara que mi hija, la misma que ponía siempre cuando la nieve mojaba Madrid.
“Es genial, ¿verdad? Lo es.
Nos quedamos un rato mirando caer copos, comentando su tamaño, y la fuerza con la que caían. Comentábamos con aire de eruditos, si terminaría por cuajar, y nos tendríamos que quedar en casa aislados durante días, o tendríamos que ir al cole y al trabajo.
Tras un rato mirando la nieve en silencio, miré a mi hija. Miraba con la conciencia blanca, sin manchas, como caía la nieve. Su mente se relajaba ante la grandeza del momento. No sé si fue el frío, la nieve, o esa mirada, pero resbaló por mi espalda un escalofrío que, ahora, con la nieve convertida en historia y agua, todavía siento.

viernes, 27 de noviembre de 2009

Buscando un beso a medianoche



Hace tiempo que la vi. En marzo creo recordar. Era el último día, o la última semana que la ponían en los Golem. Quizá ahora se encuentre en algún videoclub.
A veces, y últimamente me pasa a menudo, entro en los cines y veo películas que no están en el circuito habitual. No entro por lo que la publicidad me dice, me insinua; necesito que me descubran historias diferentes... o quizá son las mismas historias, contadas de una manera original.
Un encuentro desesperado para no estar solo en nochevieja. Fotos de zapatos solos y abandonados; sin su pareja, sin su compañero.
Me la recordaron. No es la mejor película que he visto desde entonces, pero sí una buena película para recordar, y para ver con buena compañía. Y como ya no está en los cines, también para verla con una copa de vino...
Buen fin de semana.
Creo que, a pocos, pero estoy de vuelta...

sábado, 14 de noviembre de 2009

viernes, 13 de noviembre de 2009

Un poco de "El principito"



"Este es para mí el paisaje más hermoso y el más triste del mundo. Es el mismo paisaje de la página anterior que he dibujado una vez más para que lo vean bien. Fue aquí donde el principito apareció sobre la Tierra, desapareciendo luego.
Examínenlo atentamente para que sepan reconocerlo, si algún día, viajando por África cruzan el desierto. Si por casualidad pasan por allí, no se apresuren, se los ruego, y deténganse un poco, precisamente bajo la estrella. Si un niño llega hasta ustedes, si este niño ríe y tiene cabellos de oro y nunca responde a sus preguntas, adivinarán en seguida quién es. ¡Sean amables con él!
Y comuníquenme rápidamente que ha regresado. ¡No me dejen tan triste!"
(Final de "El Principito" Antoine de Saint- Exupèry)

lunes, 19 de octubre de 2009

Nada


Gustave Caillebotte (The Yerres,Rain)


Definición de nada.
(Del lat. [res] nata, [cosa] nacida).
1. f. No ser, o carencia absoluta de todo ser. Era u. menos c. m.
2. f. Cosa mínima o de muy escasa entidad.
3. pron. indef. Ninguna cosa, negación absoluta de las cosas, a distinción de la de las personas.
4. pron. indef. Poco o muy poco en cualquier línea. Pasó por aquí hace nada.
5. adv. neg. De ninguna manera, de ningún modo.

No pensaba. Mi mente no me llevaba a ningún lugar, a ningún sitio conocido. Después de un par de horas de caminata agotadora, me encontraba en aquella piedra desde la que, sentado y mirando al norte, veía con claridad la ciudad que me ocultaba del resto del mundo. La ciudad que me convertía en ser anónimo, y me permitía perderme entre la gente, y no tener contacto con ninguno de mis especimenes.
Miraba la ciudad sin fijarme en los detalles. No me fijaba en los tejados, ni en los edificios singulares que sobresalían en altura al resto.
Ni miraba ni pensaba.
No sé el tiempo que pasé sentado en esa piedra; quizá el dolor de las piernas dormidas por la posición en la que me encontraba, me ayudó a volver a la realidad.
Acostumbro a pasear solo por el campo, así no tengo que hablar, ni comunicarme. Es como estar en mi ciudad, con la única diferencia que aquí, en el campo, al cruzarme con un caminante como yo, o con un ciclista, nos damos los buenos días. Bueno, no todos. Las mujeres que han decidido tener un día de campo organizado por la asociación de mujeres charlatanas del barrio, no tienen tiempo de escuchar el sonido del silencio, y sí el de sus propias voces, por lo que no atienden a un buenos días protocolario. O los que van encadenados a sus cascos, y da igual el sonido de la naturaleza si tienes en ese momento a Manu Chao en el mp3.
La realidad se mantenía bastante silenciosa; los días fríos en el campo, ahuyentan a los caminantes destemplados; y es el mejor momento para andar solo.
No pensaba; si lo hiciera, me daría cuenta que, tanto en la ciudad como en el campo, mi única compañía era la soledad. Pero no me sentía triste; ni alegre. No sentía. Creo que, durante mucho tiempo, tenía que estar alegre o triste; reirme o llorar por alguna razón.
Ya no. Ahora no lo necesitaba. Mi pasos me llevaban a mantenerme en el sendero correcto que me llevaba al interior del bosque, porque sí; no por que me gustara, o me disgustara. No porque era la manera de ponerme en forma y disfrutar de la naturaleza. Simplemente lo hacía. No había nada más. Ninguna razón que me tuviera allí y no en otro lugar.
Quizá en un principio eso fue así. Tuve una razón para salir al campo la primera vez. Y era una razón poderosa. Ahora, después de tanto tiempo, no había razones. Tenía razones para salir a las ocho de la mañana del domingo, como todos los domingos, de mi casa, y lanzarme al campo cercano a realizar la caminata que se volvió costumbre.
Ahora no.
Ahora era consciente de dónde estaba cuando me torcía un tobillo, o empezaba a llover y tenía que salir corriendo a refugiarme de la lluvia. O cuando, de vez en vez, en ese anonimato al que accedí voluntariamente, me aparecía un ser que reconocía mi nombre, que no sólo me saludaba con un buenos días, sino que me obligaba a parar y a mantener una conversación (qué termine rápido, por favor, rogaba) a la que respondía con monosílabos, por lo general de no más de dos letras.
Lo terrible era cuando llevaba tu misma dirección, y te preguntaba si me importaba que fuéramos juntos; y andábamos a la par, y hablaba, y hablaba, mientras se iban disipando las palabras en mi mente.
Entraba en la ciudad, después de estar toda la mañana en el campo, con el cansancio de las piernas que pesaban cada vez más. Cruzaba las calles por los mismos lugares, y saludaba con la mano y una sonrisa perfecta, acostumbrada a salir incluso en los momentos más tristes de mi vida, al camarero del bar que siempre me sirve un café por las mañanas, de lunes a sábado.
Me paro en la tienda de electrodomésticos que está cerca de mi casa. Y miro mi imagen recogida por las cámaras que tienen en la tienda, y me veo en la televisión como único protagonista. Me veo y me reconozco, pero sé que no soy yo. Miro mi imagen. Sé que soy yo, pero la imagen no me transmite lo que tengo en el interior. Sonrío con la sonrisa perfecta; buenos días, me digo a mi imagen. Me devuelve simultáneamente el buenos días. Quizá ahora que me veo frente a mi, me podría decir algo. Pero no, no tengo nada que preguntarme, nada que decirme. Veo un ser, que soy yo en realidad, y no se me ocurre qué puedo preguntarle, qué puedo decirle. Supongo que ya sé que no tiene nada que contestarme. Dejo de sonreír. Buenos días, nos contestamos; hasta el próximo domingo.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Hace 14 años



(Salvador Dalí)

Desde hace ya algún tiempo, este día es distinto al resto. La fecha marca un momento en mi memoria histórica que intento olvidar, pero que no olvido, porque no quiero, porque no puedo.
Recuerdo que su enfermedad rompió con la racha de alegrías y bienvenidas familiares; una operación banal descubrió una metástasis que se había infiltrado a través de sus órganos, y que, tras años de lucha, un 9 de septiembre de hace 14 años, pudo con su vida.
Antes de su muerte, y con la llegada de la enfermedad, ya se había transformado la familia; las visitas a los hospitales, a los curanderos; la búsqueda de milagros con alimentos casi desconocidos, con personas que creían que con su mente podría salvar su vida.
Pero era inútil. El avance de la enfermedad era lento y seguro; nos estaba afectando a todos en la familia. Menos a mi hermana. Su fuerza y su tenacidad, llevaba sus seis meses de esperanza a cuatro años de voluntad inquebrantable de seguir adelante, de ver crecer a sus hijos.
Todos tenemos el privilegio de poder mantener vivo el recuerdo de las personas que queremos, y los que sobrevivimos, a mantener vivas las ganas de seguir adelante con la vida, aún sabiendo que ya no estamos completos. Porque ya nada es igual, aunque intentemos pensar que nada cambia en realidad

miércoles, 29 de julio de 2009

Universo



(Matisse. Dance)

Intuía su cuerpo desnudo con las yemas de mis dedos.
Recorría con lentitud su perfil, intentando crear
una imagen en mi mente sólo con los movimientos
que mis dedos describían sobre su cuerpo.
Notaba cómo su cuerpo se estremecía;
cómo despertaba de un sueño agitado
por la calurosa noche de un Madrid de julio.
Nuestra respiración se acompasaba,
manteniendo una conversación que iba
al son de mis dedos en su piel.
Mis labios besaban su cuello con suavidad,
casi sin tocar su piel;
apenas un susurro debajo de su oreja.
En ese momento sabía que no existía otro universo;
el universo que formaban nuestros dos cuerpos.

martes, 28 de julio de 2009

Paseando


(John Singer Sargent, Hombre leyendo)

Paseaba mi mirada por la estantería de casa, sin decidirme por ninguno de los libros que se encontraban siempre dispuestos a ser adoptados por unos días, quizá semanas.
Mi pequeña despensa de libros estaba colocada de manera caótica; se entremezclaban los ya leídos, con los olvidados; los incuestionables, con los sólo mordisqueados en sus primeras hojas; los releídos y los que esperan en el banquillo de la estantería, pacientes, y esperanzados, sabiendo que en un momento de mi vida, me acompañarán en el metro, en la mesilla de la cama, y yo iré consumiendo a sorbos sus palabras.
Por alguna razón que desconozco, o no, mis libros se mantienen en cada estantería, colocados de mayor a menor, de izquierda a derecha, y, por lo general, por editoriales.
No obstante, siempre me encuentro con la estantería rebelde, que suele ser la de los libros recientemente comprados, alquilados, prestados, que dejo en una estantería concreta. Son los nuevos fichajes y creen que serán los primeros en salir de su estado inmóvil.
Pero leo sin solución de pensamientos; sin saber qué libro empezaré cuando termine el que está en mis manos. Mal síntoma si ya pienso en el libro que leeré cuando el elegido está siendo sustituido antes incluso de terminarlo.
Mis ojos se mueven de arriba abajo en la sucesión de libros; giro la cabeza para leer sus nombres; aunque con algunos, viejos amigos de facultad, no necesito hacerlo; sólo la pasta y el color me dice de quien se trata.
Siempre falta alguno, dejado a un amigo que olvida lo sagrado que es que se devuelvan los libros. Los discos y la novia no se prestan. Pero los libros, que uno piensa que ya no hacen otra cosa salvo ocupar espacio, pasado un tiempo sin ellos, sabes que necesitas tenerlo en el hueco, en ese hueco que has dejado, con su nombre escrito en el espacio.
Quizá debiera poner una marca, con una esquela; “Aquí vivió El señor Conrad, y su Corazón de las tinieblas; editorial Alianza, edición 1987. Fuimos felices mientras estuvimos juntos; estará siempre vivo en mi memoria.”
No encuentro el título que me sugiera su lectura; algunos muy pedantes; otros sabes que deberías leerlos, pero no, ese día, no.
Por fin paro. Aquí está; ni muy grueso ni muy ligero; 314 páginas; cómodo de llevar en el metro.
Mi amante de paseos. Mi guardián de soledades; mi crecimiento mental. Mi nuevo amigo para lo bueno y para lo malo.
Me siento en el sofá con el libro en mis manos. Miro de nuevo la portada; quizá tenga alguna relación con su interior, o no, pero me quedo un rato memorizando su nombre, su autor; sexta edición de 2.001 y traducido del alemán por…
Miro por la ventana, como recogiendo luz en mis ojos, cojo aire, y leo:
“Capítulo primero”.

miércoles, 22 de julio de 2009

Viaje de vuelta


(claustro del Monasterio. Fotografía sacada de MCU)


Viajé durante toda la noche. Noche de verano que ayudaba a mantener las ventanillas bajadas para que el aire caliente mantuviera despiertas mis ganas de conducir. Música de Ravel, repetitiva hasta el agotamiento, que yo reproducía sin dar aliento a mi cabeza.
Una parada, en medio de la nada, para repostar carburante y agua; en un brindis que sólo con el coche, me atreví a pronunciar en alto, mientras la dependienta de la enrejada estación de servicio me miraba pensando, quizá, qué gente más rara viaja por las noches.
Paseo a la luz de la gasolinera para estirar piernas y escuchar el sonido de la calma de la mancha.
Era un viaje extraño, que inicié sin meta, por puro azar; porque mis pensamientos fluían y no quería que pararan. Por costumbre, me precipité a la nacional cinco, vacía cuando iniciaba el viaje. Mi coche, lleno de recuerdos y de kilómetros compartidos, en silencio, o con algarabía, me acompañaba. Aunque con achaques, tampoco él quería perderse el espectáculo de un viaje solitario.
En un punto, sin pensar, giré y me encaminé a una carretera secundaria, de doble sentido, aunque igualmente vacía de acompañantes, de coches. Sólo los dos y Ravel. Iba despacio, correr sin rumbo fijo me parecía que no me llevaba a ninguna parte. La tenue luz que se aparecía tras los riscos, me anunciaba que no quedaba mucho para iluminar el camino con el amanecer. Paré, al amparo de la luz sin fuerzas, en el arcén de la carretera. Quité la llave, callé los timbales finales de la sinfonía, y me bajé del coche a mear.
Las ranas del arroyo cercano, que intuían la luz del amanecer, ya croaban con un ritmo que parecía que habían ensayado a la espera de nuestro encuentro nocturno.
Mientras meaba, miré al cielo.
Ese negro, que tornaba azul, el ritmo del campo, me dejó un momento de paz interior que reconocí como íntimo. La sensación de estar en el momento adecuado; en el sitio dónde quería estar.
Luces de coche al fondo, rompieron ese momento mágico. Pasó raudo, quizá sabiendo que, aunque temprano, para el conductor de aquel automóvil, ya iba tarde.
Emprendí la marcha; ya conocía el lugar, el sitio dónde me llevaban mis pensamientos que creía sin destino. La carretera de la Vera era la senda; llena de curvas que recorría en silencio. La falta de prisas me permitía ver el estado de las vacas, la curvatura de los troncos de los árboles, castaños quizá, que el tiempo y el aire libre les convertía en orgullosos acompañantes del camino.
En un pueblo, quizá Aldeanueva, quizá no, paré en un bar que tocaba a maitines, y me bebí dos cafés con leche, y un antiguo donut, que sabía a añejo. A los dos kilómetros, el café y el donuts decidieron quedarse en la comarca, y yo les enterré cerca de una gasolinera, al salir del pueblo; de Aldeanueva; o quizá no.
El sol empezaba a crecer en tamaño, y la luz, ya intensa, traía los olores de la mañana. La Vera se desperezaba, y yo con ella.
Al llegar a Jaraiz, decidí que Ravel iba a tener su momento de paz; necesitaba algo más relajado… quizá las cuatro estaciones. Sí, venga, un poco de primavera para este verano que quiere dejar de serlo. Mientras cambiaba la cinta, escuché el crotorear de las cigüeñas, y lo increíble que me resultaba despertar en esas ciudades donde las cigüeñas eran las protagonistas de los amaneceres.
Mi destino estaba cerca. Tanto que el olor de los eucaliptos empezaba a entrar sin control por mis sentidos. Giré a la derecha, las sombras de los castaños y de los eucaliptos dejaban frescor y sensaciones de llegar al destino.
El Monasterio de Yuste. Rodeado de naturaleza, de paz. Dejé el coche aparcado junto a un enorme eucalipto que nos prometió sombra.
La ligera brisa dotaba de sinfonía de hojas en movimiento a todo el lugar.
Me senté en una piedra que parecía colocada al efecto. Respiré hondo. Todo estaba en perfecta armonía.

He vuelto, susurré.

jueves, 14 de mayo de 2009

El espejo

" La venús del espejo- Velázquez"


En la entrada anterior, titulada "El reflejo", un/a lector/a me dejó este escrito, que quiero compartir, si "desde el tercer volcán" me lo permite.
Gracias.


"Iba de paso, cuando me detuve a disfrutar de estas líneas.
Entretenida, salté de una entrada a otra, leyéndoos a todos y sorprendida del nuevo mundo que se abría ante mi; pero sobre todo agradecida por el rato que vuestros textos me estaban haciendo pasar.

Fue entonces cuando ví algo que captó mi atención.

Creí haberme equivocado por la amplia y compleja dimensión que tenía delante, pero me detuve a observar... y entonces dí con el responsable de tan inquietante misterio.

Le ví moverse justo enfrente.

Había pasado por mi lado unas cuantas veces, pero siempre intercambiábamos una mirada rápida y esquiva, de reojo. Iba y venia, desaparecía y se transformaba, por ello las veces que nos cruzábamos acababa dudando de si era quien yo creía ver…

No se porque razón pero entonces, justo en ese instante en que me detenía a pensar en todo ello, se detuvo aquí mismo, giró la cabeza y se acercó lentamente con la mirada fija en el suelo y actitud derrotada;
cuando llegó a mi altura se quitó la mascara que en ese momento llevaba puesta y parecía pesarle horrores y se lavó la cara, al principio con desgana y después con esmero.

Ese mismo día, en ese preciso instante, levantó la vista y pude ver sus ojos mirando de frente por vez primera. Allí estaban y allí se cruzaron con los míos.

Mirándonos el uno al otro nos vimos y por primera vez recordé quien era. Pese a todo, le reconocí.

Pude enlazar palabras y mirada, en un conjunto profundo y sincero,
quizá por ser ello el espejo de un alma. Y es que esta vez su mirada era limpia, directa y lo más sorprendente: confiada.

Lloraba delante de mí, perdido, desconcertado, vacío.
Parecia sentirse tan desprotegida como una rosa sin espinas...

Y entre lágrimas me preguntaba quien era hoy y quien sería mañana,

y yo en silencio reflejaba a quien por primera vez tenía delante.

Suerte."
Autor: Desde el tercer volcán


lunes, 4 de mayo de 2009

El reflejo



Hacia ya tiempo que me vestía a oscuras. Percibía si estaba engordando en función del agujero del cinturón que me sujeta el pantalón. No necesitaba peinarme, y, cuando la barba se volvía impracticable y tendía a rascarme compulsivamente, pasaba por el barbero del barrio para que me la atusara.
Llevaba un tiempo notando reproches en mi mirada; reproches del que un día fue y ya no es; ni seguramente volverá a ser jamás. Demasiado tiempo. Quizá la mirada de reproche sabía que tendría que seguir fijándose, hasta que yo tuviera el valor de devolverle el reflejo.
De refilón la intuía; no era seguro que se diera cuenta, pero un temblor en mi ojo derecho, indicaba que también me investigaba.
Hundido en los pensamientos de lo que debía hacer, más que en lo que quería, me fui refugiando en mis silencios y perfeccionando el estilo de vestirme sin mirarme, de hablar sin decir nada. De creer que lo que hacía era lo que quería.
Pero siempre tenía aquella mirada que pretendía olvidar.
Coincidió, el momento en el que me di cuenta que no me reconocía ni siquiera en las fotos de los seres que me acompañaban, cuando apareció una mirada ajena a mí. Me miró a los ojos, miró lo que decían, y descubrió que había algo más dentro, pero que no se atrevía a recordar.
Sus palabras, sin embargo, me trajeron reminiscencias de lo que fui, de lo que quise ser, y que ya no era. Su mirada entraba por mis oídos dormidos, hicieron eco y me trajeron ilusiones perdidas.
Y me miré al espejo; y lloré. Porque no era quien decía que era en realidad. Ni siquiera mi sombra reflejada en la cueva reflejaba lo que un día fui. Nadie me reconocía. Ni siquiera me reconocía yo.
Hoy, en un espejo desconocido, me intento reconocer. Me miro con frialdad devuelta con el frío del espejo. Ahora el exterior es quien era. Pero mi reflejo, el reflejo de mi mirada, dice que tengo mucho que recuperar. Esos ojos no se mirarán todavía con respeto; después de tanto tiempo, necesitan confiar en mí. Pero el camino para saber quien soy se inicia ahora.

martes, 24 de marzo de 2009

Cerrado



Creo que no puedo seguir...
No de momento...
Hoy he visto un video; la verdad: ese video leía mis pensamientos, que decía con palabras en una canción lo que mi corazón comunicaba a mi razón...
Pero no era para mí.
¿Qué tal mi despedida con un verso de Neruda? Ya lo conoceis, ya lo tengo en una entrada (18 de febrero de 2008)
Antes de irme, porque necesito tiempo para recomponerme, para decirme lo que siento, necesito que sepáis que ha sido un placer; y que sin el blog, no habría crecido, no habría reencontrado; tampoco me habría reencontrado. Y que los blogs que tengo enlazados, merecen la pena ser leidos, no os los perdais.
Os dejo con Neruda.
Mil besos, de corazón...


"POEMA 20
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche esta estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo."

Pablo Neruda
Veinte poemas de amor
y una canción desesperada"

lunes, 23 de marzo de 2009

Zapato solitario



(Imagen tomada desde mi móvil en una mañana de domingo en algún lugar de Madrid; siento la mala calidad de la foto)

Nunca he sentido demasiada empatía con las cosas; bueno, quizá sí; algunas cosas que relaciono con momentos de mi vida, que son efectos determinantes para recordar situaciones, hechos en mi vida que han significado algo.
Aquel coche dónde hice el amor la primera vez, y que tuve que abandonar en el desguace, después de denunciarme por abuso de kilómetros; aquel tocadiscos dónde escuché la canción.
Pero no suelo pensar en las cosas como algo animado que me mira, que me hace ver algo que me está pasando.
El pasado domingo, paseando, andando, vi un zapato. Sí, el de la foto. Recordé una película que había visto hacía apenas unos días, en la que la protagonista hacia fotos al calzado abandonado; y qué curioso, siempre era uno; nunca se abandonaba la pareja de zapatos, de botas. Sólo quedaba uno.
Sonreí; me resultó gracioso pensar en la película, delante de aquel zapato, y le hice una foto. Mi primera foto de un zapato.
Mientras me sonreía pensando en esa foto, en ese momento, me quedé mirando aquel zapato, abandonado al pie de una acera, tumbado, inmóvil.
Y fue en ese instante en el que tuve esa sensación; en realidad ese zapato estaba allí esperándome; se me quedó mirando a los ojos; me miró con tristeza infinita, y sonrió con tristeza.
Yo no estoy más solo que tú, me dijo.
Y volvió a cerrar los ojos.

(La película: "buscando un beso a Medianoche")

domingo, 22 de marzo de 2009

Contigo


(Dali)


La vida se mueve, transita, sin detenerse ante la perspectiva de quien necesite un tiempo para coger aire.
Los abrazos no tienen acomodo cuando no tienen persona a quien acoger.
Los besos, como la canción, no sabemos dónde van cuando no se dan.
Los pensamientos que no forman palabras que se ponen en el aire,
se quedan arañando el curso interior de las entrañas,
Los silencios, cuando hablan con las miradas, se transforman en palabras
que desean ser escuchadas.
Contigo, la vida se mueve a ritmo diferente, y te permite recorrerla con calma.
Contigo, los abrazos no se despegan de tu cuerpo, dónde se sienten seguros.
Contigo, los besos llegan al fin por el que fueron creados.
Contigo, los pensamientos hablan de lo que siempre buscaron, para ser libres.
Contigo, las miradas son palabras de amor, que renancen y cambian a cada momento
su significado, aumentando su grandeza.
Por ti, la vida tiene sentido.


Para ti

viernes, 20 de marzo de 2009

La casa (1ª parte)


(Cabezuela del Valle, Cáceres) La foto me la ha regalado Alamut. Gracias por compartirla conmigo.

(Os pido disculpas. Soy más de cerrar historias, pero es que me está apeteciendo extenderme en esta, aunque ahora no puedo continuar; espero no demorarme mucho en el siguiente paso. Gracias)

Estaba allí sentado, asomado en el puente del pueblo. Mis piernas se balanceaban en el vacío. Miraba el curso del río hasta que se perdía en el meandro rodeado de álamos que vivían en su orilla.
Era curioso, el valle, al cogerlo, lo bajaba, y el río, como llevando la contraria, parecía escalarlo.
El sol atardecía a mi espalda; el silencio, roto por la constante comunicación del río con el valle, y por los gritos de los niños, quizá recién salidos del colegio, me trasmitía tranquilidad en el alma.
La última vez que estuve en aquel valle, el ritmo de mi vida transcurría entre pueblo y pueblo, entre alcalde y terrateniente, y no podía pensar en parar mi tiempo en ese puente. Mi forma de vida no me permitía mantener mi mente en paz ni siquiera el momento justo que sirviera para apreciar lo realmente importante.
Y ahora, allí estaba. Sentado en el puente que atravesaba sin mirar, sin saber lo que se encontraba en la orilla; sin ver lo que había de importante.
Los cerezos no habían florecido, a pesar de las fechas. El calor de esas semanas pasadas, no había sido suficiente. Las terrazas que, en forma de escalera gigantesca, trepaba por las laderas del valle, mantenían un teatro natural en ese valle, y el escenario parecía el puente dónde yo me encontraba.
El miedo escénico me ayudo a coger las ganas suficientes para levantarme del puente. Ya era hora de retomar mi camino, pensé.
Inicié mi recorrido, por una senda peatonal que me llevaba al coche, a unos cientos de metros apenas, y mi mirada recorría la orilla contraria, cuando la vi.
La casa estaba apenas con la estructura de vigas de madera. Parecía una casa dejada a su vejez en soledad. Me paré frente a ella. La casa parecía estar colgada en la orilla, como empujada por el resto de las casas del pueblo, y a punto de dejarse caer.
Dos ventanas como ojos, cerradas con ladrillos; la imposibilidad de que sus ojos ciegos no pudieran ver el paso del río, y la inmensa belleza que le rodeaba, me llenó los míos de lágrimas.
Volví sobre mis pasos, mirando de vez en cuando la casa, por miedo a perderla de vista y que, en un momento, tomara la decisión de suicidarse.
Tardé en encontrar su lado opuesto; la entrada de la casa se encontraba en una calle estrecha, y su tejado apenas se separaba unos centímetros de su oponente, claramente más aseada.
Su fachada no tenía mejor aspecto, aunque, al menos, tenía las ventanas sin ladrillos, y un teléfono en la fachada. Se vende, se atrevía a decir, junto con un número de teléfono.
Llamé.
Sonaba insistente, Casi con un timbre desagradable.
No contestó nadie. Nervioso, volví a marcar… seis, siete llamadas…
¿Diga? ¿Diga, quien es?
Pensaba que la voz sería de un señor mayor, con la voz temblorosa, y con el oído duro, o de una señora con la voz marcada por el dolor de las ausencias.
Pero la voz era de mujer joven, quizá de mi edad.
¿Hola? Sí, perdón, soy Javier.
¿Qué Javier?
Estaba sin saber qué decir, no había reparado en qué iba a decir, ni qué quería contar.
He visto la casa, la que está en la orilla del río, me atreví a contarle.
Ya, es la casa de mis abuelos; no la puedo mantener, y tengo que venderla ¿Le interesa?
Bueno, no sé; es que me ha dado pena verla en ese estado, y he llamado sin querer.
Me gustaría verte, quiero decir, ver la casa.
Claro… estaré en un rato allí.

lunes, 16 de marzo de 2009

Mirarte


(retrato mujer. Diego Rivera)

Los agradecimientos al final de la larga, casi interminable, lista de actores, actrices, dirección técnica, y las luces cegadoras, me decían que mi momento de cine había terminado.
Me gustaba más la sesión continua. Saber que tras la primera película, aunque las luces se encendieran, volveríamos a nuestras butacas, después de una rápida visita al servicio, y a reponer líquidos, y disfrutaríamos de una segunda, incluso de una tercera película.
Pero ya no.
Era el momento de salir y que las butacas se llenaran de nuevos espectadores, con nuevas palomitas, y con la bebida a rebosar.
Tras el aire viciado de la sala seis del cine, el aire perfumado de humos y de ruidos, me hacia volver a la realidad de dónde estaba. Las ocho. Y tenía un rato por delante para disfrutar de mi soledad, de mi libertad condicionada. La plaza dónde vomitaba a los espectadores el cine estaba llena de paseantes, de coches cruzados, de mercadillo financiado por el ayuntamientos. Qué tiempos en los que el mercadillo era libre de colocarse en el hueco libre de la plaza de Santa Ana, y podías caminar, entre caña y caña, en el mundo apasionante de los que querían hacer las cosas de manera distinta.
Ahora, al igual que la sesión continua, el mercadillo de la Plaza de Santa Ana, había desaparecido.
Pensé en tomarme una cerveza. A la salud de mis amores perdidos, de mis amores encontrados, de los desencuentros; a mi salud.
El café de mis reencuentros estaba, como está siempre, abarrotado. Pero la barra me reservaba un lugar de honor. La cerveza me la sirvió la camarera del piercing en el labio; me conocía… no sabía de qué, pero me conocía. Quizá de esa primera cerveza que me sirvió cuando no estaba solo. Cuando ya no iba a estar solo nunca más.
El rastreo de mi mirada por el bar me dejó miradas vacías, mucho turista y algún eco de conversaciones banales hablando de la banalidad del amor.
Tras un rato de charla con mi memoria, decidí visitar mundo. El mundo que uno abandona cuando deja paso a la realidad, y deja los sueños abandonados por las aceras de las calles que recuerdas, pero que ya no visitas.
Lavapíes era una de esas zonas. Bajé por la calle que le da nombre al barrio. Despacio; los olores cambiaban y, aunque tenía la sensación de que todo seguía igual, en realidad lo que se parecía eran los cambios. Cambios constantes de una ciudad que se mantiene igual con sus cambios. Por eso quizá es tan especial.
Seguía buscando miradas. A veces el cuerpo se transforma en cosas que no quieres ser, pero la mirada, que también se transforma, a veces mantiene la luz que ilumina a ciertas personas.
Pero reconozco que nunca me había pasado. No había vuelto a reencontrarme con miradas. La plaza estaba llena de discusiones y de idiomas distintos. Los olores a curry, a especias, daban el toque distintivo del barrio. No paraba de sonreír. Era mi noche. Encuentros con mis recuerdos; con esas cañas que rendían homenaje al Guernica, que se presentaba a los ojos de todos en el museo Reina Sofía.
Entre por Argumosa. La noche de invierno llena de primavera y de terrazas. Miraba como un turista de otro país, los bares, sus nombres, sus olores. Miraba las mesas de las terrazas repletas de miradas que no reconocía.
En medio de una vereda de terrazas, sin embargo, me encontré con mi sueño. Los sueños que no cumples porque no pueden existir. Pero mi sueño tenía ojos. La mirada que buscaba y que nunca encontré se deslizaba con un rostro y el pelo oscuro que ella manejaba con soltura. No me atreví a parar. Era ella. Era su mirada. La mirada que hace años pasó a ser recuerdo, a ser dolor, la había encontrado.
Cómo en las películas en las que el protagonista corría a la siguiente esquina para hacerse el encontradizo con la persona amada, crucé la acera, desande lo andado. Y recorrí, con la meta ya fijada, el recorrido una vez más.
Y la mirada seguía allí. El escalofrío que notaba iba en aumento según pasaba de nuevo por la calle. Hasta cuatro veces pasé por ese camino, visitando esa mirada, y emocionándome, al notar que esa mirada seguía siendo la misma que años atrás me dejó para visitar nuevos mundos, mientras el mío elegía la senda del olvido.
La quinta búsqueda dejó el vacío. Se había ido. Me paré frente a la mesa ocupada de nuevo, mirando sin mirar a los nuevos clientes, que me miraban entre sorprendidos e incómodos.
Cerré los ojos. Fue real. Durante unos minutos, descubrí que mis sentimientos hacia ella no se habían perdido. Que no fue ilusión. Que fue algo más intenso. Que no pasó por mi como quien me pide el billete del tren.
Suspiré hondo.
Al darme la vuelta, me encontré de frente con ella. Estaba a mis espaldas, esperando que me girara. Sus ojos nerviosos me miraron. Hola. Hola. Me encontré con tu mirada. Y yo con la tuya. No, yo ya no tengo esa mirada. Sí, la tienes. Porque no buscaba tu mirada y en tus pasadas, no dejé ni un instante de ver como brillaban
Durante unos instantes mantuvimos nuestras miradas enfrentadas.
¿Crees en los sueños que se hacen realidad? No. Creo en la realidad que se convierte en el sueño que se desea vivir.

lunes, 2 de marzo de 2009

Paseo con curvas


(Retablo de amor. Julio Romero de Torres)

Suelo acercarme a ella despacio, cuando se encuentra dormida en el mar de los sueños. Su dormir suena profundo, ausente de las preocupaciones que le asaltan al abrir los ojos.
Me cuesta no ver sus ojos profundos y llenos de inteligencia, y le acaricio con la yema de mis dedos los párpados aún cerrados.
La limitada visión de su cuerpo, visto en la pequeña perspectiva que alcanzan mis miopes ojos desde la almohada, me obliga a levantar la cabeza e instalarla en una de sus curvas desnuda.
Visito con mis manos, que se acompañan de mi mirar, el recorrido que siempre imagino cuando no estoy con ella, y que, ahora, a su lado, velando su sueño, recorro como un ciego que lee la obra maestra que tiene en sus manos y de la que no quiere perderse el más mínimo detalle.
Las curvas de sus caderas son el paso obligado a sus piernas, y estas desembocan en el laberinto de los pies, con las uñas de colores, que me dicen que debo de volver, despacio sobre la piel que deseo.
Manejar despacio mis dedos sobre su piel caliente es disfrutar de un viaje al desconocido mundo de su cuerpo. Nunca voy deprisa cuando viajo por ese sendero, siempre conocido, nunca descubierto en su totalidad. Me paro en el lunar que quiere sobresalir de su piel… le doy vueltas, como dudando si seguir mi paso o quedarme indagando en el por qué de su salida de tacto.
Subo despacio y descubro su otra cadera que baja irremediablemente en dirección al ombligo. Allí alojo mi cabeza mirando de nuevo su cuerpo lleno de curvas.
En los trayectos montañosos nunca me mareo,y mientras mis manos encienden con caricias su cuerpo, pienso en lo fabuloso que es perderme otra vez en este trayecto...

viernes, 27 de febrero de 2009

Desperté


(Hopper- room sea)

Me desperté con ganas de vomitar.
Estaba en la habitación, tumbado boca abajo, completamente exhausto de cerveza y humo. Llevaba varias horas bebiendo en un tugurio, que de momento parecía el sitio perfecto para iniciar una velada conmigo mismo, con pretensiones de brevedad, que dejó de ser provisional, al tercer cubata, y al segundo mojito.
Todavía con un poco de consciencia, me levante, apoyándome en el perchero de mi mano izquierda, para mantener la verticalidad, y tras unos largos y agónicos instantes, me atreví a dar un paso adelante.
Cogida la inercia que me llevaba a casa, me dejé llevar por mis pensamientos oscuros. La noche helada sólo ayudaba a darme bofetadas de realidad, pero no me aclaraba el futuro de mis pasos.
Mi camino, que sereno era de apenas unos minutos, se transformó en un vía crucis, que libraba gracias a que a esa hora de la madrugada, era el único transeúnte de la ciudad y podía sortear con amplios y tambaleantes pasos las más arriesgadas de las aceras.
No recuerdo el paso de la calle a la cama.
Pero en ella sólo veía dar vueltas a la lámpara barata de la tienda de chinos que compré para iluminar mi pobre imagen. En una de esas vueltas, decidí que los cubatas, los mojitos, y aquel brebaje que me sirvió de invitación de despedida, no era buena mezcla, y la tenía que dejar en el baño…
Mis restos los dejé a duras penas en la ducha, dónde me metí, al descubrir que la taza del vater no se quedaba quieta y al intentar vomitar, me daba collejas en la cabeza. Abrí el agua y, aunque helada, me devolvió a la realidad de mi lamentable estado… Salí mojado y así volví a caer en la cama…
Nunca más, pensé; nunca más puedo dejar que la vida tome las riendas de mi vida, y la sacie con la bebida.
No sé la hora que era cuando los rayos de luz se reflejaban en el espejo que me incordiaba, pero no pude evitar despertar y sentir que las sábanas estaban todavía empapadas de agua. Me sentía sucio y sólo. La soledad de quien bebe en soledad, quien duerme en soledad y quien respira en soledad, era insoportable. Me levanté. Las dos y media. En el instante de escucharme decir la hora, la puerta de la habitación se abría. Mi mujer se asomaba por el quicio de la puerta. Das asco, musitó. Cerró la puerta con la niña a su lado, y el sonido de sus palabras resonando en mi cabeza.
En un exceso de valentía, abrí las ventanas de la habitación, desmantelé la cama, y me metí en la ducha, esta vez reparadora.
Al salir al resto de la casa, mi mujer estaba preparando la comida, mientras la niña jugaba con sus muñecas. Hola… Hola helado fue su contestación. Qué tal el día en casa de tus padres, le pregunté. Has bebido y estás todavía borracho. Bueno, mentí, salí con unos amigos y la noche se lió. Ya.
El resto del día se convirtió en día de los perdones, en no volverá a pasar; lo siento, no volveré a hacerlo. Los reproches a la vida que debiera tener, a la que no tenía.
La noche amaneció pronto, y nos acostamos abrazados.
Ya entrada la madrugada, desperté aún a su lado. Mi despertar fue esta vez sereno y callado, miré la lámpara que hoy no quería moverse de su sitio ;me levanté a la ducha que, de nuevo, salpicó mi cuerpo con una helada lluvia que me devolvió,otra vez, mi lamentable estado; y pensé que nunca más, nunca, a nadie le dejaría que tomara las riendas de mi vida.
Vuelve a la cama, por dios, que no son horas, escuché desde la habitacion; sí musité…
volveré…

jueves, 19 de febrero de 2009

Golpe de efecto


(Vettriano. Study games)

Me acerqué a ella por la espalda, mientras trasteaba con la ensalada. Su conversación animada me mantenía oculto en mi silencio, y no localizaba mi posición en la casa.
Así que me deslicé por su espalda, y mientras cogía su cintura con las dos manos, le besaba tímidamente el hueco que surge entre su cuello y la oreja derecha.
Al contacto de mis manos y de mis labios se calló con un estremecimiento. Repetí la operación, para que mis actos le dijeran que mi cuerpo y mi mente quería estar en el quicio de su espalda.
Me separé con calma, mientras su silencio se manejó como pudo con la ensalada, y le sugerí poner música; música y un poco de vino.
Del vino me encargué yo mientras ella rebuscaba en el baúl musical una canción a tono con el momento; Ella las 24 canciones de Serrat, y yo un somontano, tinto, crianza.
Me susurró que la cena estaba lista, y que necesitaba un momento en el baño. Yo me asomé por la ventana, por la que entraba la oscuridad de una noche de febrero. El que fuera un barrio antiguo y alejado de Madrid garantizaba cierta tranquilidad en sus ruidos. Las ventanas cerradas, y apenas tres… o cuatro luces en el edificio de enfrente.
La vida transcurría en las otras ventanas de maneras diferentes a lo que ocurría en la nuestra. Dos ancianos, (venerables me da siempre por pensar) frente a la televisión, se iluminaban su rostros al ritmo de las imágenes que veían.
Los del, veamos, uno, dos, tres… los del cuarto, peleando en la mesa con los niños, con la conversación de amenazas y apagados de televisión si no se comían esas judías verdes.
Casi a la altura de nuestra ventana, se encontraba la silueta de una chica que, como yo, miraba con curiosidad lo que pasaba frente a ella. No me miraba a mí; supongo que mi posición ya la había analizado, y miraba por encima de mi modesta segunda planta. Su silueta se marcaba por la luz de la lámpara de pie que tenía justo a su espalda. No se veía su rostro, pero se notaba que miraba por encima, por la posición de la cabeza… Un rato me quedé mirando.
Recordaba la película de “La ventana indiscreta” y me imaginaba captando cada imagen como si fuera única, como si lo que captaban mis ojos no volvería a repetirse.
Traicionado con mis pensamientos, no me di cuenta de su presencia hasta que sus brazos me apresaron por la espalda. “¿Qué miras? Nada, la vida quieta.
La música de Serrat recordaba al Mediterráneo, mientras la besaba.
Quizá, pensaba, son estos momentos, los pequeños, con magia, los que se tienen que guardar en el corazón.
Podemos hacer algo más interesante que cenar, me sugirió; Mi voz salió sin que yo la controlara: No quiero la ensalada, le reproché… ¿No? Pero, si ya está hecha, si solo hay que comerla. No quiero la ensalada. No quiero la ensalada… No quiero la ensalada….
Mientras abría los ojos, al menos cuatro cabezas miraban cualquier movimiento que sospecharan fuera a ejecutar.
¿Qué ha pasado? Resbaló, me dijeron. ¿Resbalé? Los vecinos escucharon un estruendo enorme en su casa, y como tenía su vecino de enfrente llaves, entraron; le encontraron en la cocina, con una mancha de aceite en el suelo, y la ensalada esparcida por todo el suelo.
¿Y la chica que estaba en mi casa? Alucinaciones, seguro.
Volví a cerrar los ojos… Malditas ensaladas, malditas dietas, musité desconsolado mientras descubría que, de nuevo, mis mejores sueños son golpes de efecto de mi imaginación .

miércoles, 18 de febrero de 2009

Paseando por París



(G. Caillebotte. Techos Nevados)

Sólo conocía París en verano. Y además coincidió que eran veranos de un calor insoportable. Los parisinos y los turistas metíamos los pies en las fuentes que aliviaban nuestros agobiantes paseos. Y, claro, París era la ciudad de la luz. Una luz que entraba por los cielos limitados que se creaban en los patios interiores, o por las claraboyas de algún paso interior. Todo era luz.
Pero siempre me sorprende leer que en París llueve, y mucho; que los días de luz son pocos, y que la condición normal en sus paseos es ir acompañado de un paraguas, o de una gabardina, si no quieres llegar calado y helado. Que las tonalidades de gris son muchas, y los matices oscuros, también.
Tras mi ascenso, uno de mis primeros viajes, además de un recorrido por Barcelona, Valencia, fue a París. Me prometieron, ante mi analfabetismo idiomático, un intérprete para poder sobrevivir a la reunión con uno de nuestros socios.
Llegué a París, al hotel, cerca de los campos Elíseos, la tarde previa a la reunión. Quería dar un paseo; lo que más me gusta de una ciudad es la posibilidad de andarla; de recoger en mi memoria los instantes, los olores, que me produce una ciudad al andar por sus caminos.
Quería un paseo por Montmatre, para visitar a Amelìe Poulen, y descubrir si las flechas que pudieran estar pintadas, me llevaban a ella.
Mi caminar era lento; no iba a un lugar concreto ni a una cita. París era ruido de coches, de cruces imposibles, de puentes de un río que en mi ciudad sólo se sueña. Parar en uno de los puentes, y descubrir como los barcos pasan por debajo, y los barcos de turistas, que siempre hay turistas, saludan; y tú les saludas. Parar en las esquinas y descubrir los bares, los cafés que miran a los paseantes, como yo.
El paseo frío y con colores grises, me transportó a una ciudad con otros matices. Recordaba el blanco y negro de las películas francesas que nos seducían. París era, tal y como recordaba, la ciudad que nunca te deja indiferente. Que saca los recuerdos olvidados, incluso si es tu primera visita a la ciudad.
Y el paseo también me trajo hambre; recordaba las calles estrechas llenas de restaurantes, de bistrot, de Dönner Kebap, cerca de Sant Germain. Allí, a pesar de ser miércoles laborable, se sentía el calor humano, y el olor a vino tinto. Los restaurantes españoles te tentaban con omelette españolas, y con paella.
Me atreví a entrar en un bistro pequeño, con puerta verde, con picaporte, como si entrara en una casa, y una pequeña ventana con los cristales oscuros que apenas dejaban ver lo que había en el interior.
El lugar, con pocos clientes, tenía pequeñas mesas redondas, con velas, y con música desconocida de fondo.
Quería cenar, dinner, le dije a la camarera. Sonrió; era evidente que yo era español; ni inglés, ni francés, y mezclando mal los tres idiomas. Sí, acompáñeme, me dijo en un español afrancesado, tan sensual como siempre uno imagina que te hablará una francesa.
Me ofreció una mesa, en un rincón, que me permitía ver la barra, y la puerta, al fondo. La carta en francés… tendrá que ser una omelette seguro. Pardon, le dije… no entiendo, le dije despacio, como si la velocidad de mi español transformara mi idioma en universal.
¿Qué quiere? Me devolvió con su español especial; lo que quieras y vino.
Me volvió a sonreir y se alejó.
Me encantan esos bares en los que, aun estando solos, puedes sentirte bien, acompañado de un espíritu en paz; y sonreirte.
No tardó en volver con un vaso de vino, y un vino que me descorchó delante de mi, dejándolo en la mesa para que yo me sirviera. Merci, le dije… se nota que me estoy soltando, me sonreí.
No recuerdo el vino, pero sé que me dio el toque de magia, esa magia definitiva que se produce cuando estás en el sitio indicado, en el momento justo; aunque no tuviera compañía. De repente, al añadir dos copas más a mi estómago vacío, todo era posible.
Pensé en mi amor perdido, en mis momentos duros, y sin embargo, en ese momento, me encontraba en paz conmigo.
Me trajo un bistec, con patatas… Todo era perfecto.
Al salir del restaurante, en el que la magia del vino, del bistec y de un par de quesos que me ayudaron a terminar con mi hambre, el frío que ya no esperaba me abofeteó la cara. El frío era impresionante, y el aire amenazaba con silbidos tras las esquinas.
Cogí aire y me propuse andar con paso firme en dirección a mi hotel. La ciudad, de repente, se encontraba vacía. Quizá la magia del bistro me alargó la noche y me trajo al París oscuro y nocturno de una ciudad que trabaja al día siguiente.
Mientras cruzaba un puente helador, el viento paró. De repente la ciudad calló por un momento… y empezó a nevar.
Me paré asimilando el milagro de vivir un momento que podía ser único para mí. La ciudad de la luz, con la iluminación de la nieve. Miré al final del río sin fin, y vi la nevada como caía sin prisa pero con ganas. No sé el tiempo que permanecí en ese estado de trance; quizá hasta que mis pies reclamaron movimiento para no morir.
Llegué blanco al Hotel. El empleado de recepción estaba asomado a la ventana que daba a la calle, sin pestañear.
Buenas noches, buenas noches señor. Impresionante nevada, ¿verdad?. Es cierto, le dije; y continué: Una vez, alguien me contó que había estado en París nevado, y que había sido un momento único. Y lo es. Ahora lo sé.
Recordé las palabras de aquel amor, cuando me relataba con emoción cómo vivió su nevada, su primera nevada en París.
Al subir a la habitación revisé si todavía conservaba su teléfono móvil; le envié un mensaje:
“Estoy en París, y nieva… y me acordé de ti”.
En la madrugada, recibí un mensaje:
“Ya tenemos más en común, París, la nieve, y un amor que nunca olvidaremos”
París amaneció nevado.
Yo amanecí sabiendo que París me había enamorado.

lunes, 16 de febrero de 2009

Nostalgia


(Monet)

Cuanto más tiempo permanezco lejos de ella, más siento nostalgia de mí.
Mi primer encuentro con ella, permanece en mi memoria como el instante en el que me di cuenta de que mi vida ya no iba a ser la misma. No sabes la trascendencia de los encuentros, ni de las palabras; más cuando salen del corazón. Aunque en el momento de vivir ese primer instante, ese primer encuentro, no lo reconocí.
Una vida la llevas en la rutina de lo que conoces; cuando aparece algo, o alguien que remueve tu forma de ver las cosas, y los colores de tu vida adquieren tonalidades distintas, dejas de verla igual. Y ya no hay vuelta atrás. Aunque lo quieras; aunque te digas que las cosas deberían estar como siempre.
Los cobardes no nos damos cuenta de la trascendencia de nuestras actitudes, aún cuando sabes que nuestras no acciones, a la larga, dañan más de lo que arreglan. Los daños colaterales de los sentimientos siempre son mayores cuando se ocultan. Porque crecen en el interior de uno mismo, hasta que la explosión no deja huella de los que has amado y querido.
Mi vida ya no puede ser la misma. Ya antes de conocerla; mi vida transcurría entre la soledad de mi vida, y la perfección de la vida dada a los demás. Nunca hubo mentiras hasta que los sentimientos trajeron contradicciones a mi corazón; a mi alma.
Ahora que dejé dormir mi vida, que mis sentimientos morían en la tormenta interior, vuelve a removerme la sonrisa de su mirar.
Ahora que mi tiempo transcurría en el silencio de mis escritos, aparece el mirar de sus palabras.
El encuentro con mi vida, y el reencuentro con las ganas de vivir se contradicen con mi oscura cobardía, con mi miedo a la felicidad.
No pretendo saber qué pasará en mi vida mañana; no vivo pensando que la vida no tiene sentido; todos los días encuentro un sentido a mi vida, por que si paro, dejará de tenerlo.
Cuando más tiempo permanezco lejos de ella, más siento nostalgia de mí.

domingo, 8 de febrero de 2009

¿Odio madrugar?



Salvador Dalí (El gran masturbador)


(Supongo que no es lectura para todas las edades... es mi segunda incursión en estos relatos... con un poco de pudor lo pongo...)


Sabía que estaba en el baño. Recien levantada, con pocas ganas de nada, salvo de volver a la cama a dormir. Se acostó tarde, muy tarde, yo la sentí, aunque mis ojos no podían abrirse cuando ella se metió en la cama, con los pies fríos. Llevaba su pijama gordo que no compensaba con su calor el frío de la casa. Se tapó con el nórdico, y rápidamente se durmió. Y yo no recuerdo más hasta la hora de su despertador. Tenía reunión a primera hora y quería ir con tiempo.. por variar me dijo.
Quizá fue eso, quizá que me levanté juguetón; quizá por que sí, por que el baño, con la niebla que el agua caliente produce... no sé... oí el agua recien abierta de la ducha y salté de la cama.
Oía como corría la puerta de la mampara cuando entró y la cerró.
Entré; Ella de espaldas a la puerta, con el ruido del agua sobre la bañera, ni se enteró.
Hola... hola, porqué te levantas tan temprano, preguntó.
Me despertaste y yo no puedo dormir.
Es que... me callé... qué... Es que me apetece ver como te duchas...
Estás tonto, te has levantado con la tontería pue... se calló cuando me vió cómo entraba en la ducha con ella... te enjabonas o te enjabono... no esperaba respuesta. Miró y vió mi predisposición a no dejarla ir...
Sabes que me tengo que ir... claro... cuando quieras....
Cogí la esponja y la empapé de gel. me miraba esperando cualquier movimiento para reprocharme que no debía estar ahí.
La miré a los ojos.. me gusta esa boca semiabierta le dije... y la besé. las lenguas se encontrarón con facilidad... mientras mi mano libre la cogía por la cintura para que notara que estaba preparado... la mano ocupada con la esponja empezó a enjabonar su culo... que estaba duro de la excitación...sus manos respondieron a mis besos, acariciandome...
la espuma y el vaho empezaban a aglomerarse entre nosotros... le di la vuelta. Mis manos en su espalda... enjabonaba mientras me movía para avisarla que estaba preparado. Las manos se acoplaron en sus pechos, para llenarlos de jabón...sus cuerpo entero estaba pidiendo guerra, y no podía dejarlos así. me puse de rodillas, poniendola de cara a mi de nuevo...
Saboreo su piel y su sabor intenso, apagado un poco por el agua y el jabón.
Eres un cabrón...
Sí... ¿paró...?
¿Paro el despertador? Mi madre, con la voz tan característica, me lleno de realidad. Llevas un buen rato hablando entre sueños; no deberías cenar tanto, que luego tienes pesadillas.
Todavía agitado, le di la razón a mi madre...

sábado, 7 de febrero de 2009

La sombra


(Salvador Dalí- Leda Atómica)

Su sombra se reflejaba en la cama. Estaba la ventana a su espalda, y la luz
que entraba con descaro, alargaba su sombra, de manera que se agitaba,
negra, junto a mí.
Mientras su sombra dormía a mi lado, sus ojos me recorrían con la mirada
de quien necesita saborear, de nuevo, un dulce postre, del que aún le queda
un buen pedazo que comer.
Acaricie su sombra y susurrando le pregunté, ¿No quieres tumbarte a mi
lado, y que tu sombra deje de mirarme?
Me gusta mirar tu cuerpo desnudo de ropas y de sábanas, me dijo; me gusta
imaginarme cómo me voy a acercar a tu cuerpo, cómo pasará mi mano sobre
tus caderas por vez primera, de nuevo. Quiero recorrer con mi imaginación
lo que voy a hacer, para que mi recorrido por tu cuerpo lo pueda hacer
con los ojos cerrados.
Tonto… aprende con la experiencia. No imagines si puedes vivirlo. No
quiero una sombra en mi vida; no quiero vivir como si estuviera en la
cueva de Platón, y vivir mi vida con las sombras que pasan por delante de
mi.
Durante un instante se quedó en silencio; por fin se giró y cerró las cortinas de la habitación, dejándome sin su sombra en la cama.
Se acercó al borde de la cama, y mientras se arrodillaba me cogió los
pies; los empezó a besar, subiendo poco a poco, y recorriendo mi cuerpo
de pies a cabeza.
Mientras me besaba, susurró…tienes razón, he pasado mi vida imaginando;
ha llegado la hora de que mi vida sea real, y no una sombra de mí. Voy a empezar a descubrir el dolor y el placer sin que mi imaginación sustituya mi ser.

martes, 3 de febrero de 2009

Paseo


(Gustave Caillebotte)

La vida estaba llena de color esa mañana.
Vivía en una constante jornada gris, y,
aunque el amanecer resultaba lluvioso,
él sólo veía color.
Se cambió de ropa; del azul casi negro,
al rojo casi fuego.
Se sonrió en el espejo, y aunque ese momento
siempre era en el que la realidad
se convertía en reflejo,
decidió que la tristeza se quedaría en un
lado del espejo;
en el otro la vida de color arcoiris.
Se asomó al mundo.
Era París.
Y pensó que en París siempre
podría vivir con los colores de la vida.

lunes, 2 de febrero de 2009

Durmiendo con él



(bodegón. Botero)

No me atrevía a abrir los ojos.
La noche acababa y la manta oscura que me ocultaba se iba levantando, dando claridad a todo lo que me rodeaba. No era algo que yo pudiera evitar, y sin embargo, mis ojos se aferraban a esa oscuridad. Percibía la luz que entraba por las rendijas de la persiana; parecía que me estaba tocando la frente con dulzura y calor, avisando que era ya la hora.
Notaba su presencia acurrucado encima de mí. Se aferraba a un sueño tranquilo, después de una noche que empezó por la mañana del día anterior.
Teníamos un día con su noche para estar juntos; nuestras vidas se solaparon durante el transcurso de un instante, y no queríamos que ese momento dejara un hueco por vivir.
Quiero estar siempre contigo, le dije. Aunque siempre tiene un final, que puede variar, y que depende de nosotros
Sabía que terminaría pronto nuestro para siempre. Él se quedaría lejos de mi vida, y mi vida volvía a ser un camino lleno de espinas sin él, aunque sé que habría aprovechado cada instante a su lado.
Me tengo que ir, susurré… No sé si volveremos a vernos. El silencio se espesó. Sólo puedo decirte que mi vida está más llena de sentido ahora.

Desde el otro lado de la puerta de la habitación del hotel me confirmaron el fin con una voz grave, como de ultratumba; “Las siete y media, señor”.
Abrí los ojos; Allí estaba tumbado sobre mí:
“Amor en tiempos de Cólera”, Gabriel García Márquez.
Cerré de nuevo los ojos; durante unas horas fue la mejor compañía que había podido tener. En realidad, pensé, estaremos ya siempre juntos, aunque una biblioteca de palabras nos separe.

viernes, 30 de enero de 2009

C.R.A.Z.Y.



Película canadiense que, casi por casualidad, encontré en una de las impagables salas que hay en Madrid que todavía te ponen las películas en versión original, y con películas independientes.

Olvidé el título y, hoy, me cuentan que se regalaba la semana pasada con un periódico.

Banda sonora de los años 70, 80 (Pink Floid, David Bowie)y una historia de familia y cambios.

Muy recomendable

jueves, 29 de enero de 2009

Canción Niebla




(Gustave Caillebotte)

CANCIÓN NIEBLA

De pronto le vuelve el sueño
del hombre que ya era otro.

Si va a buscarla en su coche,
del coche se baja otro.

La sombra de la escalera
sube con pasos de otro.

El timbre, la mano fría
y la sortija de otro.

Cuando ella le abre la puerta,
quien cierra la puerta es otro.

Nada tiene, sólo el sueño
del hombre que ya era otro.

LUIS GARCIA MONTERO

(Otro regalo. La poesía por un lado y el recordar al Pintor por otro).
(Gracias Mencia; gracias Alamut)

miércoles, 28 de enero de 2009

El ritmo de mis sueños


(Baby, bye bye- Jack vettriano)

El ritmo de la ciudad entraba en la habitación del hotel al compás de las luces de de neón. Las luces, incluso con las calles vacías, daban a la ciudad una vida que se sentía artificial. Sólo al abrir la ventana, descubrí que la ciudad, además de los colores de la noche, tenía ruidos, sonidos, música, que animaba a bajar y a perderse.
Me vestí con calma y bajé por las escaleras hasta la entrada del hotel. Me quedé en el quicio del escalón que daba acceso al vestíbulo del hotel, supongo que esperando a que pasara algo, o alguien, y cogerlo en marcha. Miré a un lado y otro de la calle; El gentío era más del que esperaba a esas horas de la noche. Decidí a meter el pie con cuidado y bajar el escalón. Ajusté el pie derecho en la calle, y, cogiendo aire, como quien se sumerge en una piscina, en su mitad, y no sabe la dirección que debe tomar, apoyé el otro pie; izquierda… Iré a la izquierda.
Me puse en el lado derecho de la calle; todo el mundo que llevaba mi dirección, iba por ese lado de la calle; así que seguí a mi grupo. Lo bares estaban llenos, y la gente se arremolinaba en la entrada, sacando en vasos de plástico la bebida. La puerta abierta de algún bar oscuro sacaba la música a la calle, y los más animados, se lanzaban a bailar lo primero que les venía a los pies.
Caminaba despacio, sin rumbo, intentando integrarme en la ciudad alegre y ser parte de esa alegría.
Helechos se llamaba el bar. Entre. Un hueco en la barra. ¡Un mojito! Le grité al camarero, que estaba preparando una tanda de seis y que no miraba al gentío para no tener que atender a las miradas que le interrogaban y le pedían. Mi grito fue en su dirección, con la esperanza de que lo procesara.
Un brazo femenino se me cruzó por la derecha y grito también ¡Otro mojito más!.
Ya lleva dos mojitos este brazo. Lo recorrí con mi mirada y llegué al rostro de ese brazo, que, para mi sorpresa, me miraba a mi.
No hubo primeras palabras de protocolo. No hubo hola, qué tal, cómo te llamas.
Los mojitos llegaron a mi lado, le acerqué a su mano el suyo. Su "gracias "fue un brindis contra mi mojito, "por que el mojito sea bueno" "eso" replique.
El sorbo confirmó el exceso de ron, y la falta de azúcar, pero no repliqué.
No conozco la ciudad para comparar si este mojito es el mejor o no. Yo conozco la ciudad; si quieres lo buscamos juntos, me dijo.
Al cabo de cinco o seis garitos, cada uno más oscuro y ruidoso que el anterior, ya no distinguía el mojito del agua, porque lo bebía a la misma velocidad. Nuestra conversación se transformó según aumentaba la borrachera, y al final resultaba muy divertida aunque no sabía lo que me decía.
Amanecí tumbado en la cama del hotel con un dolor de cabeza que no me permitía abrir los ojos. La habitación la notaba en calma, no sentía que hubiera nadie a mi alrededor.
Me lancé a la aventura de abrir mis ojos y según los iba abriendo, mi cabeza me empezó a atormentar con el recuerdo de la resaca…. Café supliqué… Llegué al teléfono y al interlocutor llamado recepción le pedí que me trajera kilos de café.
Con las primeras tazas empecé a recordar la noche. Recordé el brazo, y el rostro de la mujer que me acompañó y con la que compartí confidencias. Pero no era capaz de recordar como llegué de nuevo al hotel. Un temor se apoderó de mí y busqué la cartera, que estaba intacta, con el gasto descontado de los mojitos.
Pero mi noche la veía borrosa… no recordaba los detalles.
Cuando el café y la ducha fueron capaces de hacerme reaccionar, busqué el primer bar, y al camarero con la mirada baja. Al rato de salir a la calle, distinta a la de la noche, con bares cerrados todavía, y tiendas abiertas, pude encontrar el bar, y después de otros dos cafés, también al camarero, que entraba en ese momento a trabajar.

Hola. No sé si te suena mi cara, estuve anoche en este bar, en la barra, pidiéndote un mojito.
Todo el mundo pide mojitos aquí, pero cómo me voy a olvidar de ti.
La respuesta me sorprendió… ¿por qué dices eso? Te tomaste tantos que, al final tuve que coger tu cartera y cobrarte; mirar tu dirección y dejarte en el hotel. Menos mal que no está lejos de aquí.
No me lo podía creer. Le volvía preguntar para asegurarme de que lo que contaba era cierto…"Pero, si estuve con una mujer, la viste, ¿verdad?".
No. Estuviste solo. Te veía sonreír, hablar solo, decir que pagabas a medias… Como una cabra.
Había vuelto a pasar. Mis sueños se habían adueñado de nuevo de mí; se habían transformado en mujer, y me habían emborrachado, para no pensar.
¿Me puedes poner un mojito? ¿Ahora?... Sí, quiero ver de nuevo a la mujer de mis sueños

martes, 27 de enero de 2009

Libre te Quiero (Agustín Gª Calvo)



(poema interpretado por Amancio Prada)

LIBRE TE QUIERO

Libre te quiero
como arroyo que brinca
de peña en peña,
Pero no mía.

Grande te quiero
como monte preñado
de primavera,
Pero no mía.

Buena te quiero,
como pan que no sabe
su masa buena,
Pero no mía.

Alta te quiero,
como chopo que en el cielo
se despereza,
Pero no mía.

Blanca te quiero,
como flor de azahares
sobre la tierra,
Pero no mía.

Pero no mía
ni de Dios ni de nadie,
ni tuya siquiera

AGUSTÍN GARCIA CALVO

Hoy me han regalado este poema.
Me ha emocionado redescubrir este texto.
No sé lo libre que soy, pero sólo cuando
soy libre soy más quien quiero ser.

lunes, 26 de enero de 2009

Faros (reflexiones en voz baja)


(E. Hopper. The lighthouse two lights)

Pensaba en tu viaje. Viaje a faros de luz, que iluminan el camino; el sendero a recorrer.
Búsqueda de puntos claves que tú, marinero de tierra, conoces y que guía tu ruta a puerto seguro.
Viaje al interior de una España que en lo profundo no cambia de raices y de puntos de apoyo.
No sé si tu destino te obligará a emprender, de nuevo, caminos a aguas que no conoces. Donde llevarás las ganas de seguir siendo aventurero y seguro de tu labor. Que te obligará a distanciarte, miles de kilómetros, de lo que quieres tener a tu lado.
Te lo dirá el corazón, marinero de tierra y, espero, le harás caso.
Pero, estés dónde estés, marinero, sabes que tienes faros en la península. Que sólo mirar a través de la espesa niebla de la vida, y encontrar esa luz, te ayudará a seguir el camino marcado por tu propia voluntad, y que siempre está por pisar.
Me gustaría ser un pequeño faro para ti. Sé que mi luz no es potente, pero me gustaría pensar que te podría iluminar para que lleves el rumbo adecuado.
Y, aunque yo no esté, descuida, sé, como sé que mañana amanecerá, que no te faltarán faros que iluminen tu sendero. Por mucho que tardes en volver.
Si, finalmente, marinero, el corazón puede más y decides quedarte cerca, tú serás el faro para los que lo necesiten.

viernes, 23 de enero de 2009

Despedida


(Claude Monet- Regatas en Argenteuil)

Estaba de nuevo solo.
La humareda del bar y el murmullo incesante resultaba una especie de campana, una cortina, que me aislaba del resto. Mi mesa, con dos sillas por ocupar, pero con una vacante por instalarse.
Sabía que no iba a volver.
Quedamos a la hora en la que los niños todavía estaban en el colegio; salimos temprano para que el atasco no llegara antes que nosotros y nos citamos en un bar que hacia esquina con un parque, en ese momento casi vacío.
Café sólo con hielo, por favor. Serán dos.
El olor a café nos inundaba. Alguna persona diseminada en las mesas daba el ambiente adecuado al bar.
Nos miramos en silencio. Nuestras miradas siempre tenían silencios prolongados. Me gustaba quedarme con el recuerdo de sus gestos, del perfil de su barbilla.
Me voy, me dijo. Lo sé.
Parecía que estaba todo dicho, y todo por decir. Me da miedo preguntar por qué, por la respuesta. Y sin embargo, las preguntas eran muchas, aunque de algunas de ellas, ya tenía la respuesta.
Te echaré de menos; aunque espero que estemos en contacto. No sé, me dijo. Tengo que saber qué hacer con mi vida; quiero volar libre, sin ataduras, sabiendo que la vida tiene que sentirse con intensidad. Que cada momento en la vida sea como una ola que viene a ti y tienes que afrontarla, y avanzar.
El café ya estaba frío, y mi sonrisa triste se empezaba a contagiar de la melancolía de su despedida.
Si vuelvo te buscaré. Por favor. Claro.
Se levanto decidida, se acercó a mi, y mientras me acariciaba la barba con su mano, me beso con ternura. Se incorporó y se fue.
Nunca mira hacia atrás, ni en las despedidas, así que la seguí con la mirada, hasta que la esquina la convirtió, de nuevo, en recuerdo.
El bar empezó a llenarse de feligreses mientras yo mantenía mi mirada en el fondo del vaso de hielos que el tiempo había transformado en agua.
También la vida se compone de adioses, de despedidas; y estas, también, hay que vivirlas intensamente.

(Hasta cuando quieras…)

miércoles, 21 de enero de 2009

He cruzado océanos de tiempo


(Julio Romero de Torres. En la Ribera)

Mi padre era un pesimista con carne de socio. Nunca escuché palabras de ánimo, ni consejos que tuvieran siquiera una mínima luz.
“No estudies eso, que para lo que te va a servir; aprender inglés, menuda pérdida de tiempo; tú verás si te metes en esa compra, porque no esperarás que te ayude cuando salga mal.”
Claro, al final uno interioriza los pesimismos, se saca también plaza en la sociedad pesimista nacional, y deja de creer en los milagros y en los sueños.
Mis sueños siempre se han enfrentado a la realidad, sabiendo que iban a perder. Que la realidad eran palabras mayúsculas; Y las aseveraciones de mi padre, axiomas.
Así que, aquel día que quedé en la barra de un bar, con una mujer que conocía solo de conversaciones telefónicas y de una foto que me envió a través del correo telefónico, solo era un paso más a mi confirmación de la realidad.
Entró con pasó firme, decidida, alegre, inteligente y voraz de palabras. Me dejé llevar por su magia, y me creí decidido a pensar que esta era la excepción. Sus ojos me miraban con la inteligencia de su ser, y con la dulzura que sus manos se movían junto a las mías.
No soñaba con mujer, ni con un ser especial a mi lado, así que no pensaba que esto me estuviera sucediendo a mi; que pensé que, en realidad estaba yo usurpando el cuerpo de alguien, como en las películas; me he muerto en realidad, pero como los dioses se han equivocado, porque no me tocaba todavía, han trasladado mi mente al cuerpo de alguien que no está asociado al pesimismo.
Y me dejé llevar por el sueño de aquella mujer que se encontraba a mi lado. El tiempo que permaneciera con ella era el regalo que los dioses me otorgaban. Miedo me daba encontrarme con un espejo y descubrir quien era yo en realidad. Y la sorpresa era que era yo, y no otro, quien manejaba ese sueño.
Tampoco era difícil encontrar hueco a un sueño, cuya realidad tenía cuerpo de mujer.
Los días pasaban a su lado y el sueño se confirmaba; sus manos acariciándome la espalda, mientras besaba sus labios, no podían ser espejismo de un sueño.
A veces, mientras miraba como dormía, y descansaban los ojos que me habían hechizado, temía el sonido de un despertador que, seguro, miraba agazapado detrás de mi, y que en el momento de besarle lo párpados dormidos, atronaría para avisar que el sueño era sueño, y no realidad. Quizá la amaba tanto que no la podía condenar a que el sueño se convirtiera en pesadilla.
Pero todo principio tiene un final. La realidad me adelantó por la derecha. Percibí que iba a dar un volantazo y frené. Quizá antes de tiempo, pero frené. No podía seguir viviendo un sueño que la realidad iba a marchitar. Nos despedimos entre lágrimas y mi sueño, sin necesidad de despertador, se alejó, con un portazo en mi corazón. Y ya hace años de esto… sí. Aunque es curioso que siempre sueño con aquellos ojos, y con ese mirar. Con esos labios que me besaban, y me trasladaban al refugio de la calidez. Me despertaba alterado, sabiendo que ese sueño lo dejé pasar.

El café central es de los lugares de Madrid dónde nunca pasa el tiempo. Quizá las personas; quizá los camareros sean diferentes, pero siempre está ahí, esperando que sucedan cosas, o ninguna, pero el café se muestra siempre igual; es el escenario para que los encuentros, y los sueños que necesiten un marco, lo visiten.
No esperaba ni escenario, ni encuentro, ni nada. Madrid, con tres grados bajo cero estaba ahí fuera; y yo dentro pidiendo un café; con hielo por favor… Lo sé, pero no lo puedo evitar; mi café con hielo.
Miraba sin ver. La puerta se abría y se cerraba en una constante sucesión de personas que se asían al café antes de enfrentarse de nuevo al frío invierno. Entró un mujer con el pelo oscuro, que se quedó parada en la entrada, supongo que buscando mesa. Al andar hacia la barra, me dio por imaginar que ese paso ligero y resuelto yo lo había soñado.
Pero no conocía ninguna persona con el pelo casi negro. Los pasos de mi sueño llevaban el pelo corto y pelirrojo.
Volvía mirar a la puerta sin mirar. Pero no podía evitar sentir la mirada que me empezó a indagar desde la barra.
La chica del pelo casi negro se quitó las gafas de sol, y apareció la mirada de ojos pardos que aparecía en mis sueños.
No es real. No es posible que mis sueños dejen de ser sueños. Ya lo tuve una vez y le dejé bien claro que la realidad era lo primero.
Se acercó, está vez con titubeo. Me levanté y le miré a los ojos. Era ella, la del sueño.
Hola, hola, contesté. Cuando tiempo. Mucho tiempo.
Nos miramos a los ojos.
¿Sabes que has estado siempre en mis sueños? Le dije. Pero eras sólo un sueño que decidí que no podía ser real. Púes soy real, y estoy aquí.
Pués yo he He cruzado océanos de tiempo para encontrarte, me dijo ella.
El beso con sus ojos en los míos, me dijo que ella estaba, que había vuelto; que quizá nunca se había ido, salvo en mis sueños.
Pero los sueños no se pueden hacer realidad… o sí.

viernes, 16 de enero de 2009

Para tí

Intentaba beber de aquel río con las manos. Era una posición un tanto forzada. Ponía la mano derecha encima de la izquierda; juntaba las muñecas, cerraba los dedos y sumergía completamente las dos manos juntas para coger el poco agua que entraba en ese pequeño hueco que creaba con las manos. Iba muy despacio, pero siempre se caía la mayoría de agua. Apenas podía beber una pocas gotas. Al tener esta posición forzada con las manos, terminaba por abrir los dedos y el agua se escurría entre ellos, buscando con rapidez el suelo y el río para dejar de ser agua y convertirse de nuevo en río.

Daba la sensación de que el poco agua que recogía tenía la inercia de continuar siendo un río, y apenas subía las manos a la boca, su inercia me dejada sin agua que beber.

Me sentía impotente... no sabía que hacer para que una pequeña parte de ese río se convirtiera en agua y saciara mi sed.

Nada podría lograr que ese río parara; seguiría su camino, y yo sólo podía contemplarlo...
No había nada que hacer; quizá quitarme la ropa y entrar en el río. No podría ser nunca como agua, pero igual la corriente me ayudaría, metiendo también la cabeza, a saciar mi sed.

Sé que ella seguía su camino, que no pararía cuando la llamara... me quedé parado en la orilla. Sabía que nunca mis manos o mis palabras pararían su corriente. Nada saciaría su pérdida…

Para tí...

imaging


(Disculpad este atrevimiento. Hoy ha sido un día con hechos inesperados; y me han traido palabras y sonidos que creía olvidados. Repongo mi primer relato en este blog, que ha sido la primera piedra que movío estar aquí hoy.)

miércoles, 14 de enero de 2009

My Blueberry Nights



Hoy, por variar, una canción de Norah Jones, protagonista de esta película del director Wong Kar-Wai (director, entre otras películas, de "2046").
Ya han hablado Mencia, o Marnisagots sobre ella; poco a añadir.
Movie-Road de emociones, encuentros, besos, aprendizaje.
Quizá a ratos un poco lenta, pero capaz de hablar con las miradas, con las emociones de los gestos. Dolor y ausencia, pero con sonrisa de final de etapa, cuando, por fin, encuentras los labios que quieres reconocer.
Película que hay que visitar.

lunes, 12 de enero de 2009

Nieva


(fotografía de una anterior nevada,prestada por un amigo, en mi rincón de mi Retiro)

Cuando miras algo durante largo tiempo, terminas por mirar sin ver.
El cielo nevaba, y los cristales me salvaban de poner mis dedos en la nieve virgen que se iba depositando despacio, sin prisas, en el tejado.
Al levantarme y ver que era nieve y no agua lo que aparecía en la imagen del viernes, me apresuré a lanzarme al mirador del salón. Preparé el escenario… música relajante de Satie, el café recién caliente, y mi sillón. Este canal que iniciaba su emisión, no lo veía desde hacía casi cuatro años, y no quería perderme ni el más pequeño detalle.
Cómo niño absorto en la cabalgata de los reyes, mis ojos buscaban ilusionados los copos más grandes, y los seguían hasta que formaban un punto más en la sábana blanca que se posaba con calma y sosiego. El tiempo se había detenido; en las calles que asoman desde mi casa, no se movía nada. Creo que todos los que se asomaban a las ventanas, hacían lo mismo que yo. Se sentaban frente a la ventana, y veían el canal de naturaleza que yo veía en ese momento. De vez en cuando, abría la ventana y dejaba entrar el aire helado y el sonido del silencio que produce la nieve al caer. Ese silencio increíble que se oye siempre cuando nieva.
Al rato, y tras dos tazas de café, mi mirada se alejó de cada instante de copo, y empezó a alejarse. Los tejados blancos al fondo, mi mente callada, disfrutando del silencio de los pensamientos. Me encontraba, de vez en cuando, con el reflejo de mi mirada perdida en el cristal que me miraba.
Pero, cuando más quiero dejar de pensar, más se empeña mi cabeza en llevarme a reflejos pasados; a pasadas nevadas, que tenían diferentes recuerdos.
Me recordó tu pérdida, tu olvido. Me retuvieron aquellos tejados tu imagen, y dejé de ver nevar por un instante; quizá aquella nevada en la que, tus manos grandes y calientes, apretaban las mías, y tu mirada me hacía pensar que la nieve solo podría traerme momentos inolvidable junto a ti.
Al volver en mi, la nieve empezó a volverse fuerte, intensa. Me levanté despacio; me pondría otro café, y recordaría porqué la nieve ahora viene sin ti.