lunes, 21 de diciembre de 2009

Escalofrío


Joven en su ventana (Gustave Caillebotte)



En mi sueño, me zarandeaban como si fuera un muñeco de trapo. Alguien enorme me tenía sujeto del hombro, y su voz como lejana me advertía furioso de las consecuencias que mis actos iban a tener.
Al poco, esa voz lejana y ronca se fue transformando y percibía la voz de un niño que me advertía; aunque de una manera más perseverante y repetitiva, la voz me resultaba agradable y familiar. Lo que tienen los sueños… pensé.
Mi hija no dejaba de zarandearme mientras yo sonreía idiota al sueño que iba dejando atrás. “Papá, levanta, que ha nevado”
Por fin, cuando mi subconsciente novela terminó, me di cuenta de la realidad de aquellos zarandeos y de la voz de mi hija, ya cercana a la desesperación, reclamando atención y no dejándose asustar por mi estado.
“Ha nevado, Papá”. Qué bien, pensé, otro día de atasco... Me dejé llevar cansino con mi mano derecha cogida a su zurda, al mirador del salón.
El espectáculo, como siempre que nieva en una ciudad tan seca como mi Madrid, pegaba mi nariz a la ventana y me hacía poner la misma cara que mi hija, la misma que ponía siempre cuando la nieve mojaba Madrid.
“Es genial, ¿verdad? Lo es.
Nos quedamos un rato mirando caer copos, comentando su tamaño, y la fuerza con la que caían. Comentábamos con aire de eruditos, si terminaría por cuajar, y nos tendríamos que quedar en casa aislados durante días, o tendríamos que ir al cole y al trabajo.
Tras un rato mirando la nieve en silencio, miré a mi hija. Miraba con la conciencia blanca, sin manchas, como caía la nieve. Su mente se relajaba ante la grandeza del momento. No sé si fue el frío, la nieve, o esa mirada, pero resbaló por mi espalda un escalofrío que, ahora, con la nieve convertida en historia y agua, todavía siento.

7 comentarios:

Noray dijo...

¡Que preciosidad de texto! A veces es preciso sentir ese escalofrío para sentir que todavía nos emocionamos con esas pequeñas cosas.

La pintura de Caillebote es bellísima. No la conocía.


Feliz Navidad


Un abrazo

Tesa dijo...

La nieve, tan escasa siempre en la ciudad, resulta fascinante.
Hasta compensa la incomodidad de las aceras impracticables.

tag dijo...

La inocencia infantil siempre nos conmueve y nos hace sentir cosas con tanta fuerza que perduran en la memoria.

Muy bonito relato, y bonito cuadro.
Tampoco lo conocía.

Que pases unas Felices Fiestas.
Un abrazo

Marta dijo...

Miguel, mientras la inocencia de los niños tengan el poder de producirte escalofríos, es que nada esta perdido del todo.
mils de petonets, per tu

alicia dijo...

Qué bien senitr el calor... aunque sea con escalofrios.

Un abrazo

LU dijo...

Al calor de la chimenea (o sin ser tan poéticos, de la calefacción), y viendo esa nieve que cubre media España (aquí no llega), llegan las navidades, con sus luces, villancicos y deseos infantiles. Para que esa ilusión de los niños nos contagie a todos, brindo contigo, y te deseo unas muy felices fiestas y que 2010 se lleve los malos momentos y traiga un cargamento extra de bienestar.

BIQUIÑOS

Pepe del Montgó dijo...

La primera vez que vi nevar, en Salamanca, yo ya había perdido la inocencia pero recuerdo que me senté en la escalinata de Anaya y así estuve una hora, exactamente el tiempo de una clase de Zoología, mientras se cubría de blanco la catedral que tenía enfrente. Felicidades