En mi sueño, me zarandeaban como si fuera un muñeco de trapo. Alguien enorme me tenía sujeto del hombro, y su voz como lejana me advertía furioso de las consecuencias que mis actos iban a tener.
Al poco, esa voz lejana y ronca se fue transformando y percibía la voz de un niño que me advertía; aunque de una manera más perseverante y repetitiva, la voz me resultaba agradable y familiar. Lo que tienen los sueños… pensé.
Mi hija no dejaba de zarandearme mientras yo sonreía idiota al sueño que iba dejando atrás. “Papá, levanta, que ha nevado”
Por fin, cuando mi subconsciente novela terminó, me di cuenta de la realidad de aquellos zarandeos y de la voz de mi hija, ya cercana a la desesperación, reclamando atención y no dejándose asustar por mi estado.
“Ha nevado, Papá”. Qué bien, pensé, otro día de atasco... Me dejé llevar cansino con mi mano derecha cogida a su zurda, al mirador del salón.
El espectáculo, como siempre que nieva en una ciudad tan seca como mi Madrid, pegaba mi nariz a la ventana y me hacía poner la misma cara que mi hija, la misma que ponía siempre cuando la nieve mojaba Madrid.
“Es genial, ¿verdad? Lo es.
Nos quedamos un rato mirando caer copos, comentando su tamaño, y la fuerza con la que caían. Comentábamos con aire de eruditos, si terminaría por cuajar, y nos tendríamos que quedar en casa aislados durante días, o tendríamos que ir al cole y al trabajo.
Tras un rato mirando la nieve en silencio, miré a mi hija. Miraba con la conciencia blanca, sin manchas, como caía la nieve. Su mente se relajaba ante la grandeza del momento. No sé si fue el frío, la nieve, o esa mirada, pero resbaló por mi espalda un escalofrío que, ahora, con la nieve convertida en historia y agua, todavía siento.
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lunes, 21 de diciembre de 2009
Escalofrío
miércoles, 18 de febrero de 2009
Paseando por París

(G. Caillebotte. Techos Nevados)
Sólo conocía París en verano. Y además coincidió que eran veranos de un calor insoportable. Los parisinos y los turistas metíamos los pies en las fuentes que aliviaban nuestros agobiantes paseos. Y, claro, París era la ciudad de la luz. Una luz que entraba por los cielos limitados que se creaban en los patios interiores, o por las claraboyas de algún paso interior. Todo era luz.
Pero siempre me sorprende leer que en París llueve, y mucho; que los días de luz son pocos, y que la condición normal en sus paseos es ir acompañado de un paraguas, o de una gabardina, si no quieres llegar calado y helado. Que las tonalidades de gris son muchas, y los matices oscuros, también.
Tras mi ascenso, uno de mis primeros viajes, además de un recorrido por Barcelona, Valencia, fue a París. Me prometieron, ante mi analfabetismo idiomático, un intérprete para poder sobrevivir a la reunión con uno de nuestros socios.
Llegué a París, al hotel, cerca de los campos Elíseos, la tarde previa a la reunión. Quería dar un paseo; lo que más me gusta de una ciudad es la posibilidad de andarla; de recoger en mi memoria los instantes, los olores, que me produce una ciudad al andar por sus caminos.
Quería un paseo por Montmatre, para visitar a Amelìe Poulen, y descubrir si las flechas que pudieran estar pintadas, me llevaban a ella.
Mi caminar era lento; no iba a un lugar concreto ni a una cita. París era ruido de coches, de cruces imposibles, de puentes de un río que en mi ciudad sólo se sueña. Parar en uno de los puentes, y descubrir como los barcos pasan por debajo, y los barcos de turistas, que siempre hay turistas, saludan; y tú les saludas. Parar en las esquinas y descubrir los bares, los cafés que miran a los paseantes, como yo.
El paseo frío y con colores grises, me transportó a una ciudad con otros matices. Recordaba el blanco y negro de las películas francesas que nos seducían. París era, tal y como recordaba, la ciudad que nunca te deja indiferente. Que saca los recuerdos olvidados, incluso si es tu primera visita a la ciudad.
Y el paseo también me trajo hambre; recordaba las calles estrechas llenas de restaurantes, de bistrot, de Dönner Kebap, cerca de Sant Germain. Allí, a pesar de ser miércoles laborable, se sentía el calor humano, y el olor a vino tinto. Los restaurantes españoles te tentaban con omelette españolas, y con paella.
Me atreví a entrar en un bistro pequeño, con puerta verde, con picaporte, como si entrara en una casa, y una pequeña ventana con los cristales oscuros que apenas dejaban ver lo que había en el interior.
El lugar, con pocos clientes, tenía pequeñas mesas redondas, con velas, y con música desconocida de fondo.
Quería cenar, dinner, le dije a la camarera. Sonrió; era evidente que yo era español; ni inglés, ni francés, y mezclando mal los tres idiomas. Sí, acompáñeme, me dijo en un español afrancesado, tan sensual como siempre uno imagina que te hablará una francesa.
Me ofreció una mesa, en un rincón, que me permitía ver la barra, y la puerta, al fondo. La carta en francés… tendrá que ser una omelette seguro. Pardon, le dije… no entiendo, le dije despacio, como si la velocidad de mi español transformara mi idioma en universal.
¿Qué quiere? Me devolvió con su español especial; lo que quieras y vino.
Me volvió a sonreir y se alejó.
Me encantan esos bares en los que, aun estando solos, puedes sentirte bien, acompañado de un espíritu en paz; y sonreirte.
No tardó en volver con un vaso de vino, y un vino que me descorchó delante de mi, dejándolo en la mesa para que yo me sirviera. Merci, le dije… se nota que me estoy soltando, me sonreí.
No recuerdo el vino, pero sé que me dio el toque de magia, esa magia definitiva que se produce cuando estás en el sitio indicado, en el momento justo; aunque no tuviera compañía. De repente, al añadir dos copas más a mi estómago vacío, todo era posible.
Pensé en mi amor perdido, en mis momentos duros, y sin embargo, en ese momento, me encontraba en paz conmigo.
Me trajo un bistec, con patatas… Todo era perfecto.
Al salir del restaurante, en el que la magia del vino, del bistec y de un par de quesos que me ayudaron a terminar con mi hambre, el frío que ya no esperaba me abofeteó la cara. El frío era impresionante, y el aire amenazaba con silbidos tras las esquinas.
Cogí aire y me propuse andar con paso firme en dirección a mi hotel. La ciudad, de repente, se encontraba vacía. Quizá la magia del bistro me alargó la noche y me trajo al París oscuro y nocturno de una ciudad que trabaja al día siguiente.
Mientras cruzaba un puente helador, el viento paró. De repente la ciudad calló por un momento… y empezó a nevar.
Me paré asimilando el milagro de vivir un momento que podía ser único para mí. La ciudad de la luz, con la iluminación de la nieve. Miré al final del río sin fin, y vi la nevada como caía sin prisa pero con ganas. No sé el tiempo que permanecí en ese estado de trance; quizá hasta que mis pies reclamaron movimiento para no morir.
Llegué blanco al Hotel. El empleado de recepción estaba asomado a la ventana que daba a la calle, sin pestañear.
Buenas noches, buenas noches señor. Impresionante nevada, ¿verdad?. Es cierto, le dije; y continué: Una vez, alguien me contó que había estado en París nevado, y que había sido un momento único. Y lo es. Ahora lo sé.
Recordé las palabras de aquel amor, cuando me relataba con emoción cómo vivió su nevada, su primera nevada en París.
Al subir a la habitación revisé si todavía conservaba su teléfono móvil; le envié un mensaje:
“Estoy en París, y nieva… y me acordé de ti”.
En la madrugada, recibí un mensaje:
“Ya tenemos más en común, París, la nieve, y un amor que nunca olvidaremos”
París amaneció nevado.
Yo amanecí sabiendo que París me había enamorado.
sábado, 7 de febrero de 2009
La sombra

(Salvador Dalí- Leda Atómica)
Su sombra se reflejaba en la cama. Estaba la ventana a su espalda, y la luz
que entraba con descaro, alargaba su sombra, de manera que se agitaba,
negra, junto a mí.
Mientras su sombra dormía a mi lado, sus ojos me recorrían con la mirada
de quien necesita saborear, de nuevo, un dulce postre, del que aún le queda
un buen pedazo que comer.
Acaricie su sombra y susurrando le pregunté, ¿No quieres tumbarte a mi
lado, y que tu sombra deje de mirarme?
Me gusta mirar tu cuerpo desnudo de ropas y de sábanas, me dijo; me gusta
imaginarme cómo me voy a acercar a tu cuerpo, cómo pasará mi mano sobre
tus caderas por vez primera, de nuevo. Quiero recorrer con mi imaginación
lo que voy a hacer, para que mi recorrido por tu cuerpo lo pueda hacer
con los ojos cerrados.
Tonto… aprende con la experiencia. No imagines si puedes vivirlo. No
quiero una sombra en mi vida; no quiero vivir como si estuviera en la
cueva de Platón, y vivir mi vida con las sombras que pasan por delante de
mi.
Durante un instante se quedó en silencio; por fin se giró y cerró las cortinas de la habitación, dejándome sin su sombra en la cama.
Se acercó al borde de la cama, y mientras se arrodillaba me cogió los
pies; los empezó a besar, subiendo poco a poco, y recorriendo mi cuerpo
de pies a cabeza.
Mientras me besaba, susurró…tienes razón, he pasado mi vida imaginando;
ha llegado la hora de que mi vida sea real, y no una sombra de mí. Voy a empezar a descubrir el dolor y el placer sin que mi imaginación sustituya mi ser.
martes, 3 de febrero de 2009
Paseo

(Gustave Caillebotte)
La vida estaba llena de color esa mañana.
Vivía en una constante jornada gris, y,
aunque el amanecer resultaba lluvioso,
él sólo veía color.
Se cambió de ropa; del azul casi negro,
al rojo casi fuego.
Se sonrió en el espejo, y aunque ese momento
siempre era en el que la realidad
se convertía en reflejo,
decidió que la tristeza se quedaría en un
lado del espejo;
en el otro la vida de color arcoiris.
Se asomó al mundo.
Era París.
Y pensó que en París siempre
podría vivir con los colores de la vida.
lunes, 12 de enero de 2009
Nieva

(fotografía de una anterior nevada,prestada por un amigo, en mi rincón de mi Retiro)
Cuando miras algo durante largo tiempo, terminas por mirar sin ver.
El cielo nevaba, y los cristales me salvaban de poner mis dedos en la nieve virgen que se iba depositando despacio, sin prisas, en el tejado.
Al levantarme y ver que era nieve y no agua lo que aparecía en la imagen del viernes, me apresuré a lanzarme al mirador del salón. Preparé el escenario… música relajante de Satie, el café recién caliente, y mi sillón. Este canal que iniciaba su emisión, no lo veía desde hacía casi cuatro años, y no quería perderme ni el más pequeño detalle.
Cómo niño absorto en la cabalgata de los reyes, mis ojos buscaban ilusionados los copos más grandes, y los seguían hasta que formaban un punto más en la sábana blanca que se posaba con calma y sosiego. El tiempo se había detenido; en las calles que asoman desde mi casa, no se movía nada. Creo que todos los que se asomaban a las ventanas, hacían lo mismo que yo. Se sentaban frente a la ventana, y veían el canal de naturaleza que yo veía en ese momento. De vez en cuando, abría la ventana y dejaba entrar el aire helado y el sonido del silencio que produce la nieve al caer. Ese silencio increíble que se oye siempre cuando nieva.
Al rato, y tras dos tazas de café, mi mirada se alejó de cada instante de copo, y empezó a alejarse. Los tejados blancos al fondo, mi mente callada, disfrutando del silencio de los pensamientos. Me encontraba, de vez en cuando, con el reflejo de mi mirada perdida en el cristal que me miraba.
Pero, cuando más quiero dejar de pensar, más se empeña mi cabeza en llevarme a reflejos pasados; a pasadas nevadas, que tenían diferentes recuerdos.
Me recordó tu pérdida, tu olvido. Me retuvieron aquellos tejados tu imagen, y dejé de ver nevar por un instante; quizá aquella nevada en la que, tus manos grandes y calientes, apretaban las mías, y tu mirada me hacía pensar que la nieve solo podría traerme momentos inolvidable junto a ti.
Al volver en mi, la nieve empezó a volverse fuerte, intensa. Me levanté despacio; me pondría otro café, y recordaría porqué la nieve ahora viene sin ti.
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