martes, 18 de noviembre de 2008

Mal día


(Van Gogh. La siesta)

Nuestra vida es un infierno. Así no podemos seguir.
Mascullaba mientras el taxi avanzaba con una lentitud increíble en el atasco.
Llevaba ya, a ver, hora y veinte minutos. Un infierno. Perdía el tren avión seguro. Pero la discusión me llevó a salir a las tantas. Y en el metro no podía llegar; la única posibilidad de llegar al aeropuerto era en taxi. Pero claro, no era mi día. El taxista se adentró en la maravillosa telaraña que rodea a la ciudad en hora punta.
Y si perdía el avión, perdía la oportunidad de llegar a tiempo a la reunión.
Si es que mi vida es un infierno. Así no puedo seguir.
La reunión, si salía como tenía planeado, me llevaría a garantizar un contrato con una empresa fundamental para quien trabajaba. Y un ingreso extra para mí.
Por fin… Terminal 2… igual tengo suerte. Cómo no tengo que facturar; igual me da tiempo…Señorita, el avión a Palma, por favor… Salió. No, Usted no me entiende. Le entiendo, salió.
Ahora si que mi vida es un infierno. No puedo seguir.
Menudo fracaso. Ella me echó de casa, no cojo el avión… mi reunión… mi jefe. Mi trabajo.
Las cinco de la tarde, en el aeropuerto, sin avión.
Perdone, señor, me dijo… (Cómo odio que me llamen señor, tengo 40 años, joder… mal llevados, pero solo 40 años. Señor era mi padre) ¿iba a coger el avión de Palma de Mallorca? Sí. Era el que iba a coger hasta que se fue sin despedirse de mí.
Es que ha tenido que volver por una avería; y van a cambiar de avión. Quizá pueda volver a intentar.
Mi cara ya no era un poema, era el rostro de quien había vuelto a encontrar sentido a su vida. Gracias, señorita; de nada, Señor (Dios, ¿por qué Señor?).
Ya en el avión, sentado con un zumo de naranja asqueroso en la mano, y con un señor sudoroso a mi lado, me preguntaba porqué la vida tenía estos giros.
Mi vida va a cambiar. Este viaje me cambiará. No podía seguir así.
Cuando llegué a Palma, cogí otro taxi. La reunión empezaba en 20 minutos. El tiempo justo. La señorita Paloma, por favor, le dije a la secretaria. Un momento, Señor.
Ella salió con decisión de su despacho y me tendió la mano con fuerza. El Señor García, supongo, llámeme Enrique. Pasé dentro. La reunión parece que se reducía a dos personas. Ella y yo. Qué buena perspectiva.
Señor García, perdón, Enrique. Su sonrisa me decía que esa reunión iba a ir muy bien…
Señor García, señor García, escuchaba de fondo… ¡Oiga!, ¡despierte! La potente voz de la señora de la limpieza me despertó de la siesta que cometía en la mesa del despacho del director.
¡Dios, las ocho de la tarde! Me ha dicho el director, decía, que no hace falta que vuelva mañana cuando se despierte de la siesta. Que mejor se la duerme en su casa; para siempre.
Mi casa. Mi pareja me había mandado con mi madre, al saber que le había mentido estos años, con mi vida y con su vida.
Salí a la calle, el aire frío de noviembre me despejó…
Qué infierno de vida.

Otra mujer (Woody Allen)



Se dice, y estoy de acuerdo, que Pedro Almodovar ha retratado la sensibilidad de la mujer como pocos directores. En sus películas se intuye todo lo que otros apenas esbozamos en nuestra mente.
Pero, si tuviera que elegir un director que ha llegado a la perfección en el conocimiento de los diferentes matices que transmiten las mujeres, este es Woody Allen. Ya habeis visto diferentes entradas con películas de él, en este blog. Esta es una de las películas que tengo entre las mejores que he visto, y la recuerdo con especial emoción.
Os dejo un pequeño trazo de la película. Además, en su banda sonora descubrí la música interpretada por George Winston.
No espereis en "Otra mujer" al Woody Allen de sus primeras comedias; es el Woody Allen que aparece para demostrar que es algo más que un comico genial; demuestra lo buen director que es.
Que la disfruteis.
(Estoy cogiendo un poco de aire con mi relatos... volveré, supongo).

domingo, 16 de noviembre de 2008

Historias de Filadelfia


Muy divertida. Esta escena inicial es de las que tengo marcadas en la memoria.
Los diálogos no tienen desperdicio.
Imaging

sábado, 15 de noviembre de 2008

El Apartamento (Billiy Wilder)



No sé si es por la prodigiosa capacidad que tiene de que nos podamos identificar con los protagonistas de sus películas; o por la maravillosa manera que tiene de conjugar los momentos divertidos, con los amargos y tristes. Pero me parece uno de los directores más completos de los que he disfrutado.
Esta escena es, sencillamente, magnífica.
Imaging

jueves, 13 de noviembre de 2008

Caricias


(Julio Romero de Torres. Retablo del amor)

Las caricias del primer momento, tímidas y apenas rozando su piel con las yemas de los dedos, produjo en ella un pequeño respingo, que no consiguió otro efecto que el de reclamarme más caricias.
Acariciaba su espalda con extrema suavidad; descubría, al paso lento de mis dedos por su piel, lunares, pequeñas cosquillas en la base se su espalda. Sus brazos se abrazaban a la almohada, con la cabeza apoyada y los ojos cerrados. Sus curvas se pronunciaban con esa postura, que parecía incómoda, tan arqueada la espalda.
Sus gemidos apagados al paso de mis descubrimientos, me decían que era exactamente por ahí por dónde tenía que pasar. A ratos, acompañaba un beso a las caricias.
Sus glúteos tenían la piel de melocotón a mi paso; sus piernas se abrían cuando mis manos acariciaban sus muslos.
La sensibilidad de su piel me hablaba y me indicaba por dónde seguir.
No sé el tiempo que pasó… no me cansaban las caricias; los pasos por su cuerpo, siempre eran diferentes. Poco a poco iba adentrándome en sus secretos. Poco a poco mis dedos se humedecían con su piel y con sus labios.
La lengua sustituyó a los dedos; estos se fueron a descubrir sus más íntimas formas mientras seguían los masajes.
El deseo se transmitía en los movimientos, en los gestos.
Hace tiempo que se marchó. Su olor todavía se sentía en las sábanas, y el recuerdo de aquella noche, en la memoria de mis ojos.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

El paseo


(Hopper)

El ruido que las dos personas que estaban detrás de mí en el autobús, me impedía centrarme en la lectura. Me tenía que haber traído los cascos. ¿No sabes lo que le pasó a Ernesto el otro día?... Cuchicheo… ¡Qué me dices! ¡De verdad, cómo está todo!
Espero que se bajen pronto. Y sólo son las siete de la mañana. Y seguro que podrían hablar de esa manera durante horas.
Como era de temer, me acompañaron hasta mi parada, con la suerte de que ellas continuaban. La luz tímidamente atravesaba las calles, y se iluminaba el mundo a mí alrededor. Cómo hago siempre que bajo del autobús, miro a los lados, como si tuviera que decidir por dónde ir, y después, emprendo mi camino.
Ya lo llevo haciendo varios días. Me bajo en el paseo de Recoletos, y recorro las calles, que empiezan a cobrar vida, después de unas pocas horas de cierta calma. Aunque en esta ciudad nunca se duerme lo suficiente. Recorría el Paseo de Recoletos, hasta llegar a la Plaza de Colón, y desde aquí, subía por la calle Goya.
Siempre me sorprendo de lo lento y tranquilo que parece todo a estas horas. Quizá el ruido de una cafetería, cuando la puerta se abre a tu paso, y se oyen las voces de los trabajadores tomándose el carajillo… O la puerta de seguridad de alguna tienda, que se queda a medio abrir, para que pasen sus trabajadores por el hueco que queda abierto.
Podría mirar, en esos momentos en las que las tiendas se encuentran vacías, si en realidad, hay vida en el interior. Asomarme por los escaparates, y, quien sabe, si encontrarme con la fiesta de los silencios, con los maniquíes juntando sus miradas inertes. Pero prefiero imaginarlo a pensar que fuera verdad.
Voy despacio… la calle, que se describe como una recta cuesta, me impide lanzarme a la carrera. Tampoco lo piden las horas por las que paseo la ciudad.
Al cruzar Velázquez, descubro abierto un bar, que en estos tiempos está de moda; es un bar de café, con un montón de mesas rodeando su fachada, que, como los cafés franceses, los clientes miran a la calle. Así, los clientes ven pasar la ciudad, y los viandantes, ven lucirse a los clientes.
A pesar de que, a esas horas, debería estar vacío, descubro con mirada de curiosidad, que tiene un cliente. Y me paro para mirar con detenimiento, casi con descaro. No suelo hacerlo, pero me sorprendió ver vida en ese café, a esas horas, sentado con cierta calma, a un cliente.
Mujer, cómo yo de edad… o más joven… no sé; no soy bueno para eso; quizá por que me da igual; parece que escribe. No sé porqué, mis pies me metieron en el café, dejándome plantado en la barra, cerca de su mesa. ¿Qué quiere? Un café, con leche, ¿Algo más? Ehhh… me quedé mirando a la barra, por si el donut podría ser de esta semana… No, gracias, sólo el café.
La miraba con descaro, casi sin pestañear. Estaba escribiendo despacio, como pensando la siguiente palabra. Tenía fecha; una carta. Mi afición a escribir cartas no era muy habitual verla en otras personas. Y ahí estaba. Escribiendo carta con pluma.
Perdona, si te interrumpo, interrumpí… Al acercarme, carta con letra azul, con pluma barata pero de trazo fina… Sé que es un atrevimiento, pero he entrado por casualidad, y me sorprende encontrar alguien escribiendo una carta, sin ordenador, y con pluma; como yo. Y no he podido evitar interrumpirla y conocerla.
Tenía los ojos enormes, verdes; el pelo de rubio teñido, con un color intenso, mezclado con la piel morena, dando contraste de colores que, en ese momento, me parecía ideal. Me miraba muy seria, con sus enormes ojos clavados en los míos. Yo utilizaba como defensa la mejor de mis sonrisas.
De verdad, discúlpeme; ha sido un impulso impropio, pero es raro encontrar ya a alguien que le guste disfrutar de la sensación de un paseo con la pluma por un espacio en blanco, y regalarlo después a quien escribes.

Según lo decía, me sentaba, sin quitar mi mirada de la suya, para no darle la oportunidad de mandarme a paseo; me sentaba a cámara lenta, por si ella hacía ademán de que sobraba, no estar demasiado sentado.
Escribo a mi hermana, le confesé. Vive cerca, pero tenemos la sensación de vernos poco, y que el teléfono no nos transmite nada más que las malas noticias. Por eso, hace ya unos años, que la mejor manera de comunicarnos es por carta.
Y tú… A una amiga, me dijo en voz baja. Hemos decidido que tenemos que utilizar todas las vías de comunicación para estar cerca la una de la otra.
Estuvimos hablando unos minutos más, de nuestra afición compartida…
Oye, le sugerí, te podría escribir una carta; el inicio de una historia contada con cartas. No sé; no te conozco de nada. En realidad tendría que estar cabreada porque no me has dejado terminar la carta. Silencio… déjame tu dirección. Ya veremos.
Gracias, adiós; adiós; ha sido un placer, le dije. No hubo respuesta.

Al cruzar Velázquez, descubro abierto un bar, que en estos tiempos está de moda; es un bar de café… A pesar de que, a esas horas, debería estar vacío, descubro con mirada de curiosidad, que tiene un cliente. Y me paro para mirar con detenimiento, casi con descaro. No suelo hacerlo, pero me sorprendió ver vida en ese café, a esas horas, sentado con cierta calma, a un cliente… pero no me pareció que tuviera que interrumpirle, y, además, seguro que me ignoraba.
Continué caminando mientras pasaba la vida; como empezaba a transformarse la ciudad, mientras pensaba que mi imaginación vivía situaciones mucho más interesantes que lo que pasaba en mi vida real.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Los ojos


(Diego Rivera. Retrato de mujer)


Los ojos pardos parecían iluminarse en la noche cerrada de la habitación sin luces; miraban fijamente en la dirección de los míos, como si estos estuvieran abiertos también a una luz que brotaba de dentro.
Sus manos se dirigieron a mi cuerpo desnudo, sin temer al desencuentro. Me cogió de la cintura y me atrajo a esos ojos. Escuchaba su respirar agitado, o quizá era el mío; no sé.
Se mezclaron las respiraciones; su aliento entraba en mí, y los míos los lanzaba, intentando que descubrieran todo su ser. Los ojos se cerraron mientras las dos bocas se abrían con desesperación. Las lenguas recorrían cada extremo de las comisuras de la boca. Tras largo rato de exploración, las bocas se separaron, ansiosas por volver, pero cogiendo fuerza para el siguiente arrebato. Los ojos se abrieron. Las miradas se desearon. Las manos circulaban libres por el cuerpo ajeno, destripando las cosquillas y erizando el bello.
La sensación de que el tiempo se había detenido, de que su cuerpo era mío, y el mío de los dos, solo acrecentaba mis ansias de ir más despacio, para aprender a leer su cuerpo a oscuras.
Al rato, tras más sondeos, más descubrimientos del cuerpo ajeno, su cuerpo se mezcló con el mío, los ojos se cerraron mientras el labio inferior se mordía de pasión.
Tras la larga lucha, mi mano se perdió en su pelo. Sus ojos mirando al cielo oscuro de la noche de esa habitación. Los míos a su opaco cuerpo.
Silencio. Oscuridad.
El tiempo ha pasado… pero no la luz de esos ojos pardos en la retina de mi memoria.