miércoles, 17 de febrero de 2010

Lee Marvin - Wandering Star



Fue considerada un fracaso de película, y la voz de Lee Marvin parecía la menos adecuada para un musical... Ahora no te puedes imaginar está canción sin su voz. Un clásico.
Esta estrella errante se la dedico a Alamut (Ana)
Miguel

jueves, 11 de febrero de 2010

Alfred Hitchock- Con la muerte en los talones



Fin de semana con mi hija; sábado tarde con un bol lleno de palomitas. Disfrutando de la ironía, del sentido del humor y de la tensión que crea este director en sus películas. No es de mis preferidas (cómo podría ser La ventana indiscreta), pero es ideal para descubrir la magia del cine para todos, sin tener que ver películas de hombres lobos románticos, o películas teenagers. El cine bien hecho.

viernes, 5 de febrero de 2010

My Blueberry Nights



Ya hablé de esta película... pero es que hoy debo de tener el día Norah Jones...

jueves, 4 de febrero de 2010

lunes, 1 de febrero de 2010


(Francis Bacon. Cabeza III)

¿No existe alguna sustancia que, al tomarla, aplaque el dolor?
No el físico.
No el que se produce después de correr sin sentido, a oscuras,
por la senda que conduce a ninguna parte, y que deja sin aliento.
No al dolor que viene por apretar los dientes con fuerza,
como si quisiera crear polvo de marfil al hacerlos chirriar.
No al dolor de una patada inoportuna en una pared que no debiera estar ahí, o sí.
Me refiero al dolor que causan los mensajes internos.
El que causa una mente obsesionada con la vacuidad de los sentimientos.
El que causa la soledad, el vacío, el desaliento, la desaparición del yo,
el gris del corazón.

La amistad me calma los dolores, sin necesidad de tomar nada que se pueda tragar junto con un poco de agua.
El amor de los que siento cerca, mitiga los escalofríos.
Y sin embargo, sé que cuando llega la noche, los fantasmas de mis dolores reaparecen. Me atrapan, me atan a la cama y, como un niño que tiene miedo a las sombras de la noche, me meto bajo las sábanas, y cierro los ojos con fuerza, para que desaparezcan… y sin embargo, están dentro de mí.
El estómago se cierra y me impide tragar, la respiración se hace corta y rápida.
El dolor me obliga a gritar en el silencio de la noche.
No hay paz, hasta que pueda doblegar esos miedos desde el mismo centro de mi alma.

(Gracias, a los que estáis. Vuestro ánimo, ayuda a mitigar el dolor; vuestro cariño se siente cerca, aún en la distancia y en la aparente frialdad del ordenador)

jueves, 28 de enero de 2010

Avanzando


Estoy en un viaje al interior de mi corazón.
Al interior de las cosas que quiero, y reconocerme de una vez por todas.
El reflejo de mi ser en el espejo no es el reflejo que quiero ver, y sentir.
No pretendo que las cosas en mi vida sean perfectas, ni que mis deseos y amores sean del agrado de los que quiero.
El viaje me lleva en caída libre hasta el fondo. Pero, a pesar de mis sentimientos negativos, de que el reflejo del espejo sólo tenga matices grises, sé que me levantaré. Que pasearé de nuevo sintiéndome orgulloso de quien soy y de cómo soy.
Que podré seguir adelante.
Ahora, las fuerzas me fallan. Me tiemblan las piernas cuando pienso en lo que me queda. Ahora está en mi mente el miedo; la sensación de que quizá me equivoqué y que no tendría que haber dado los pasos que me han llevado a estar dónde estoy.
Y sin embargo, sé que si no lo hubiera hecho, me habría arrepentido el resto de mi vida. Tenía que intentar salir de una vida que no me llevaba a reconocerme. Y a sentir que amar y amarse puede ser maravilloso.
Ahora me reconoceré con dolor. Incluso me meteré en una concha y maldeciré mi vida. Estoy seguro.
Pero, a pesar de encontrarme ahora como un zapato impar, viejo y solo, sé que encontraré mi lugar, mi sitio. Encontraré el momento en el que, al mirarme al espejo seré el que quise ser siempre.
Lo mejor de este proceso... el amor de la gente que me quiere, y que siento cerca. Cada uno a su manera.

lunes, 25 de enero de 2010

Una promesa es una promesa

(He prometido varias cosas este principio de año... una de mis promesas es intentar leer más, y escribir más. Este relato de mi viaje de fin de semana, al calor de unas cervezas está escrito a vuela pluma; Espero que os... entretenga)


(Una de mis fotos)

Una promesa es una promesa…
Sábado, veintitres. Cogí el coche ya a las once y pico de la mañana, por culpa del sueño acumulado.
Otra noche sin dormir. Ni siquiera el lexatín hace algo, salvo las primeras horas; las dos o tres primeras horas. Después, quizá la luz, que persisto en tener encendida la iluminación tenue de la mesilla; quizá los miedos que se mantienen atentos a cualquier duda en el sueño, para convertirlo en pesadilla.
Las pesadillas son tan reales, que me espabilan inmediatamente.
No puedo evitarlo; tengo miedo. Un miedo profundo y aterrador. Y no lo puedo controlar. Así que, cuando la pesadilla me despierta, la más de las veces enciendo la tele, me levanto con la garganta seca, y los ojos humedecidos. Miro el teléfono, como si a las tres de la mañana alguien pudiera acordarse de mi y llamarme.
Y, sin embargo, no me puedo levantar a la hora acordada con mi conciencia. Sólo puedo dar vueltas a mis miedos, llenarme de angustia y ahogarlo con el ruido de la televisión. Y al final, me levanto tarde.
Creo que me da más miedo el inicio del viaje que el viaje en si mismo. Una vez que estoy en marcha, a cien kilómetros de Madrid, iría a cualquier parte. Y parece que el coche se mantiene vivo, a pesar del maltrato; a pesar de su vejez, de que su ruido no me deja escuchar la música que uso para no dejarme pensar.
Para no ponerme a llorar ya en el kilómetro setenta de la Nacional dos, empiezo a soñar despierto.
Si hubiese hecho, si fuese de esta manera, habría hecho, habría dicho… Y entonces ella, él, los demás descubrirían quien soy, lo magnífica persona que soy… al menos en esos sueños.
Y sigo soñando… si me tocara la lotería, bueno, no tengo sueños alrededor de las cantidades que me tocarían, pero sí lo bueno y generoso que sería con ese dinero.
Bueno, kilómetro 140. He pasado un mal rato, pero lo he superado con cierta dignidad. Ahora, ya con fuerzas renovadas, pongo Radio nacional para escuchar la importancia de la harina para hacer pan… Fundamental.

Llego con la reserva pidiéndome a gritos que rellene de gasoil el depósito, que coincide que el hecho en una estación de servicio de Calatayud.
No quiero entrar en Calatayud. La última vez que estuve allí me fui sin pagar un café que no me llegaron a servir; así que me quedo en una gasolinera que está en las puertas de la ciudad. Un minuto para preguntar al “gasolinero” cuanto me queda de trayecto.
Mientras salgo, monto el espectáculo que sólo yo sé hacer: arrancar el coche mientras me pongo el cinturón y voy dándole un mordisco a la manzana que saco de la chistera con forma de bolsa de Mercadona.
Mis pensamientos se mantienen alterados entre la angustia, el miedo, y el vértigo.
Ese sitio le gustaría, pienso; llevo la mano derecha al asiento del acompañante, que está vacío. No quiero mirar al móvil. Lo apago. No quiero saber que no recibo llamadas.
Va a ser uno de mis primeros propósitos del año. Desengancharme del móvil… Palabra.
El desvío en Cariñena me anuncia que todavía quedan 42 kilómetros para mi primer destino… qué carretera más mala, por Dios; y con niebla… mierda, todavía, cuando llego, no veré lo que voy buscando.
A diez kilómetros de mi destino, me encuentro con ese tipo de sitios que uno estudia en la biografía de un pintor famoso, pero que nunca va porqué, ¿Quién quiere ir a Fuendetodos? Y más aún: ¿Cómo fue posible que llegará a Madrid, naciendo allí? ¿Y cómo fue posible que llegara a ser el genio que pinto, entre otras cosas “el perro semihundido”.


(Francisco de Goya. Perro semihundido)

De todas formas paro en mitad del pueblo y de la niebla.
Sólo silencio. Un coche tuneado (¿allí?) aparece entre la niebla.
No, no es el sitio dónde me apetece estar; son casi las tres y quiero parar en mi destino con calma…
Después de un rato, por fin, el destino: Belchite.

Un pueblo feo de entrada (perdón… lo que me parecía); de momento no llama la atención. Pero esconde su secreto el final de la recta.

Los restos del Belchite de antes de 1937. El Belchite que se destruyó y que nació en el mismo momento. Una ciudad que se quedó en silencio tras el asedio que se inició el día veinticuatro de agosto de ese año y que terminó los primeros días de septiembre.
No os voy a contar la historia, que ya la sabeis. Entro, solo en la calle principal de lo que fue y es ahora restos. Estoy solo; viene bien la hora y el día para la visita. Nadie a mi alrededor lo que acrecienta la sensación de desolación. La calle principal desemboca en una plaza. Es la nada con una fuente esteril en el medio. Continúo hasta la iglesia. Foto al cartel de la puerta inútil:


(Una de mis fotos)

el interior está lleno de sonidos; sonidos que se producen por el aire que entra por sus agotadas paredes. Es increible que el ruido de aquellos días traiga tanto silencio.
Ahora sigo mi camino entre mis propias lágrimas, producidas por la historia, por la ciudad o, quien sabe, si por la propia lástima que me produzco. Recuerdo, mientras sigo el paseo por Belchite, del triste protagonista de “entre copas”, sólo que sin amigos, sin su paladar, y sin amor.
Vuelvo al coche; mi hermano me interrumpe según enciendo el teléfono, con cosas terrenales. No me apetece la conversación, pero reconozco que alivia pensar que alguien me ha llamado, a pesar de todo.
Pregunto, tras ver el plano, a un hombre, simpático, pero seco. Voy a mi siguiente parada: yacimientos íberos que ya son más romanos que íberos. Mi siguiente cometido en esta vida.
Azaila… restos íberos, que tienen planta romana, pero que impresionan. Me venden la entrada con la cara de sorpresa de ver a alguien a esas deshoras, solo, intentando no parecer que lo está.
La noche me cae de repente. Yo, en medio de un lugar que casi nadie conoce, intentando sonreir con aire de “mirar que independiente soy, que mierda de independiente soy que estoy solo aquí ¿Y a quien importa? Supongo que a mi.
Mando un mensaje… sé que no habrá respuesta.
Ya en el Hotel, veo un rato una peli de Billy Wilder, y salgo con una sonrisa enorme a la calle.
Ahora, mientras escribo, apuro mi tercera Voll-damm…
El bar tiene suficiente ruido como para permitirme no escuchar que estoy pensando, a pesar de saberlo.
Lo prometido, deuda… intento vivir solo, y soportarlo.