
(Estación de Normandía, Monet)
El tren me mecía en su suave traqueteo. El destino, mi trabajo. Eran, no sé, las siete de la mañana quizá, y me dejaba vencer por la fuerza del cansancio y de ese movimiento constante que el tren lleva siempre. Mientras que estaba en el acurrucado espacio que me permitía el vagón semivacío de una mañana de agosto, me preguntaba porqué estaba despierto cuando lo que necesitaba era dormir, y dormía, sin poder evitar lo contrario, cuando mi mente tenía que reaccionar y espabilarse.
Con los ojos semiabiertos, con el libro de Kundera entre las manos, a punto de caerse de mis manos, el tren paró en la estación que se encontraba a medio camino entre mi casa y el trabajo.
Apenas salió nadie, porque no había nadie que pudiera salir… el señor mayor de la esquina derecha, que dormía como yo; las dos mujeres que compartían conversación de camino al trabajo, y yo.
Entró una pareja; quizá venían o iban de vacaciones. Llevaban dos maletas con ruedas, de esas de las que nunca recuerdo como se llaman. ehhh … trolley, eso; dos trolley de los que tienen el tamaño perfecto para poder subirlo al avión sin facturar.
Entraron en silencio y se sentaron en dos asientos laterales, que me permitía verlos claramente, aunque él me enseñaba la espalda. Él tenía un aspecto parecido al mío, o eso creo. Ella; ella era más alta, o eso me pareció al entrar. Ojos pequeños, manos grandes.
Miraban al frente. Y no se dijeron nada mientras llegábamos a la siguiente estación.
Yo volvía a encontrarme somnoliento y cerrando los ojos sin poder evitarlo.
Él le dijo: “No entiendo porqué me quieres”. “No te quiero. Nos acompañamos en este tramo de la vida… nos llevamos bien; nos divertimos en los juegos de cama. No necesito más” le contestó, lentamente, la chica.
Notaba como él le miraba fijamente a ella, mientras ella seguía mirando al frente casi con la mirada distraída.
“¿Qué no me quieres? Y, entonces, ¿Porqué vamos a este viaje juntos? Creía que había algo más entre nosotros… No me lo puedo creer…”
Escuchaba la conversación sin abrir los ojos; no podía mantenerlos abiertos, aunque mis oídos agudizaban su capacidad de escucha.
“No puedo quererte… no sé porqué. La amistad nos unió, nos mantiene cerca, nos ha hecho amantes, pero no puedo sentir lo que me pides que sienta por ti. No te quiero…quizá nunca te he querido”.
El revisor me zarandeó: “Esta es la última parada, señor; tiene usted que bajarse”.
Abrí los ojos asustados y llorosos… Allí no estaba esa pareja, aunque no necesitaba verlos para saber que no estuvieron sentados nunca en mi vagón.




