Hacia ya tiempo que me vestía a oscuras. Percibía si estaba engordando en función del agujero del cinturón que me sujeta el pantalón. No necesitaba peinarme, y, cuando la barba se volvía impracticable y tendía a rascarme compulsivamente, pasaba por el barbero del barrio para que me la atusara.
Llevaba un tiempo notando reproches en mi mirada; reproches del que un día fue y ya no es; ni seguramente volverá a ser jamás. Demasiado tiempo. Quizá la mirada de reproche sabía que tendría que seguir fijándose, hasta que yo tuviera el valor de devolverle el reflejo.
De refilón la intuía; no era seguro que se diera cuenta, pero un temblor en mi ojo derecho, indicaba que también me investigaba.
Hundido en los pensamientos de lo que debía hacer, más que en lo que quería, me fui refugiando en mis silencios y perfeccionando el estilo de vestirme sin mirarme, de hablar sin decir nada. De creer que lo que hacía era lo que quería.
Pero siempre tenía aquella mirada que pretendía olvidar.
Coincidió, el momento en el que me di cuenta que no me reconocía ni siquiera en las fotos de los seres que me acompañaban, cuando apareció una mirada ajena a mí. Me miró a los ojos, miró lo que decían, y descubrió que había algo más dentro, pero que no se atrevía a recordar.
Sus palabras, sin embargo, me trajeron reminiscencias de lo que fui, de lo que quise ser, y que ya no era. Su mirada entraba por mis oídos dormidos, hicieron eco y me trajeron ilusiones perdidas.
Y me miré al espejo; y lloré. Porque no era quien decía que era en realidad. Ni siquiera mi sombra reflejada en la cueva reflejaba lo que un día fui. Nadie me reconocía. Ni siquiera me reconocía yo.
Hoy, en un espejo desconocido, me intento reconocer. Me miro con frialdad devuelta con el frío del espejo. Ahora el exterior es quien era. Pero mi reflejo, el reflejo de mi mirada, dice que tengo mucho que recuperar. Esos ojos no se mirarán todavía con respeto; después de tanto tiempo, necesitan confiar en mí. Pero el camino para saber quien soy se inicia ahora.




