miércoles, 9 de septiembre de 2009

Hace 14 años



(Salvador Dalí)

Desde hace ya algún tiempo, este día es distinto al resto. La fecha marca un momento en mi memoria histórica que intento olvidar, pero que no olvido, porque no quiero, porque no puedo.
Recuerdo que su enfermedad rompió con la racha de alegrías y bienvenidas familiares; una operación banal descubrió una metástasis que se había infiltrado a través de sus órganos, y que, tras años de lucha, un 9 de septiembre de hace 14 años, pudo con su vida.
Antes de su muerte, y con la llegada de la enfermedad, ya se había transformado la familia; las visitas a los hospitales, a los curanderos; la búsqueda de milagros con alimentos casi desconocidos, con personas que creían que con su mente podría salvar su vida.
Pero era inútil. El avance de la enfermedad era lento y seguro; nos estaba afectando a todos en la familia. Menos a mi hermana. Su fuerza y su tenacidad, llevaba sus seis meses de esperanza a cuatro años de voluntad inquebrantable de seguir adelante, de ver crecer a sus hijos.
Todos tenemos el privilegio de poder mantener vivo el recuerdo de las personas que queremos, y los que sobrevivimos, a mantener vivas las ganas de seguir adelante con la vida, aún sabiendo que ya no estamos completos. Porque ya nada es igual, aunque intentemos pensar que nada cambia en realidad

miércoles, 29 de julio de 2009

Universo



(Matisse. Dance)

Intuía su cuerpo desnudo con las yemas de mis dedos.
Recorría con lentitud su perfil, intentando crear
una imagen en mi mente sólo con los movimientos
que mis dedos describían sobre su cuerpo.
Notaba cómo su cuerpo se estremecía;
cómo despertaba de un sueño agitado
por la calurosa noche de un Madrid de julio.
Nuestra respiración se acompasaba,
manteniendo una conversación que iba
al son de mis dedos en su piel.
Mis labios besaban su cuello con suavidad,
casi sin tocar su piel;
apenas un susurro debajo de su oreja.
En ese momento sabía que no existía otro universo;
el universo que formaban nuestros dos cuerpos.

martes, 28 de julio de 2009

Paseando


(John Singer Sargent, Hombre leyendo)

Paseaba mi mirada por la estantería de casa, sin decidirme por ninguno de los libros que se encontraban siempre dispuestos a ser adoptados por unos días, quizá semanas.
Mi pequeña despensa de libros estaba colocada de manera caótica; se entremezclaban los ya leídos, con los olvidados; los incuestionables, con los sólo mordisqueados en sus primeras hojas; los releídos y los que esperan en el banquillo de la estantería, pacientes, y esperanzados, sabiendo que en un momento de mi vida, me acompañarán en el metro, en la mesilla de la cama, y yo iré consumiendo a sorbos sus palabras.
Por alguna razón que desconozco, o no, mis libros se mantienen en cada estantería, colocados de mayor a menor, de izquierda a derecha, y, por lo general, por editoriales.
No obstante, siempre me encuentro con la estantería rebelde, que suele ser la de los libros recientemente comprados, alquilados, prestados, que dejo en una estantería concreta. Son los nuevos fichajes y creen que serán los primeros en salir de su estado inmóvil.
Pero leo sin solución de pensamientos; sin saber qué libro empezaré cuando termine el que está en mis manos. Mal síntoma si ya pienso en el libro que leeré cuando el elegido está siendo sustituido antes incluso de terminarlo.
Mis ojos se mueven de arriba abajo en la sucesión de libros; giro la cabeza para leer sus nombres; aunque con algunos, viejos amigos de facultad, no necesito hacerlo; sólo la pasta y el color me dice de quien se trata.
Siempre falta alguno, dejado a un amigo que olvida lo sagrado que es que se devuelvan los libros. Los discos y la novia no se prestan. Pero los libros, que uno piensa que ya no hacen otra cosa salvo ocupar espacio, pasado un tiempo sin ellos, sabes que necesitas tenerlo en el hueco, en ese hueco que has dejado, con su nombre escrito en el espacio.
Quizá debiera poner una marca, con una esquela; “Aquí vivió El señor Conrad, y su Corazón de las tinieblas; editorial Alianza, edición 1987. Fuimos felices mientras estuvimos juntos; estará siempre vivo en mi memoria.”
No encuentro el título que me sugiera su lectura; algunos muy pedantes; otros sabes que deberías leerlos, pero no, ese día, no.
Por fin paro. Aquí está; ni muy grueso ni muy ligero; 314 páginas; cómodo de llevar en el metro.
Mi amante de paseos. Mi guardián de soledades; mi crecimiento mental. Mi nuevo amigo para lo bueno y para lo malo.
Me siento en el sofá con el libro en mis manos. Miro de nuevo la portada; quizá tenga alguna relación con su interior, o no, pero me quedo un rato memorizando su nombre, su autor; sexta edición de 2.001 y traducido del alemán por…
Miro por la ventana, como recogiendo luz en mis ojos, cojo aire, y leo:
“Capítulo primero”.

miércoles, 22 de julio de 2009

Viaje de vuelta


(claustro del Monasterio. Fotografía sacada de MCU)


Viajé durante toda la noche. Noche de verano que ayudaba a mantener las ventanillas bajadas para que el aire caliente mantuviera despiertas mis ganas de conducir. Música de Ravel, repetitiva hasta el agotamiento, que yo reproducía sin dar aliento a mi cabeza.
Una parada, en medio de la nada, para repostar carburante y agua; en un brindis que sólo con el coche, me atreví a pronunciar en alto, mientras la dependienta de la enrejada estación de servicio me miraba pensando, quizá, qué gente más rara viaja por las noches.
Paseo a la luz de la gasolinera para estirar piernas y escuchar el sonido de la calma de la mancha.
Era un viaje extraño, que inicié sin meta, por puro azar; porque mis pensamientos fluían y no quería que pararan. Por costumbre, me precipité a la nacional cinco, vacía cuando iniciaba el viaje. Mi coche, lleno de recuerdos y de kilómetros compartidos, en silencio, o con algarabía, me acompañaba. Aunque con achaques, tampoco él quería perderse el espectáculo de un viaje solitario.
En un punto, sin pensar, giré y me encaminé a una carretera secundaria, de doble sentido, aunque igualmente vacía de acompañantes, de coches. Sólo los dos y Ravel. Iba despacio, correr sin rumbo fijo me parecía que no me llevaba a ninguna parte. La tenue luz que se aparecía tras los riscos, me anunciaba que no quedaba mucho para iluminar el camino con el amanecer. Paré, al amparo de la luz sin fuerzas, en el arcén de la carretera. Quité la llave, callé los timbales finales de la sinfonía, y me bajé del coche a mear.
Las ranas del arroyo cercano, que intuían la luz del amanecer, ya croaban con un ritmo que parecía que habían ensayado a la espera de nuestro encuentro nocturno.
Mientras meaba, miré al cielo.
Ese negro, que tornaba azul, el ritmo del campo, me dejó un momento de paz interior que reconocí como íntimo. La sensación de estar en el momento adecuado; en el sitio dónde quería estar.
Luces de coche al fondo, rompieron ese momento mágico. Pasó raudo, quizá sabiendo que, aunque temprano, para el conductor de aquel automóvil, ya iba tarde.
Emprendí la marcha; ya conocía el lugar, el sitio dónde me llevaban mis pensamientos que creía sin destino. La carretera de la Vera era la senda; llena de curvas que recorría en silencio. La falta de prisas me permitía ver el estado de las vacas, la curvatura de los troncos de los árboles, castaños quizá, que el tiempo y el aire libre les convertía en orgullosos acompañantes del camino.
En un pueblo, quizá Aldeanueva, quizá no, paré en un bar que tocaba a maitines, y me bebí dos cafés con leche, y un antiguo donut, que sabía a añejo. A los dos kilómetros, el café y el donuts decidieron quedarse en la comarca, y yo les enterré cerca de una gasolinera, al salir del pueblo; de Aldeanueva; o quizá no.
El sol empezaba a crecer en tamaño, y la luz, ya intensa, traía los olores de la mañana. La Vera se desperezaba, y yo con ella.
Al llegar a Jaraiz, decidí que Ravel iba a tener su momento de paz; necesitaba algo más relajado… quizá las cuatro estaciones. Sí, venga, un poco de primavera para este verano que quiere dejar de serlo. Mientras cambiaba la cinta, escuché el crotorear de las cigüeñas, y lo increíble que me resultaba despertar en esas ciudades donde las cigüeñas eran las protagonistas de los amaneceres.
Mi destino estaba cerca. Tanto que el olor de los eucaliptos empezaba a entrar sin control por mis sentidos. Giré a la derecha, las sombras de los castaños y de los eucaliptos dejaban frescor y sensaciones de llegar al destino.
El Monasterio de Yuste. Rodeado de naturaleza, de paz. Dejé el coche aparcado junto a un enorme eucalipto que nos prometió sombra.
La ligera brisa dotaba de sinfonía de hojas en movimiento a todo el lugar.
Me senté en una piedra que parecía colocada al efecto. Respiré hondo. Todo estaba en perfecta armonía.

He vuelto, susurré.

jueves, 14 de mayo de 2009

El espejo

" La venús del espejo- Velázquez"


En la entrada anterior, titulada "El reflejo", un/a lector/a me dejó este escrito, que quiero compartir, si "desde el tercer volcán" me lo permite.
Gracias.


"Iba de paso, cuando me detuve a disfrutar de estas líneas.
Entretenida, salté de una entrada a otra, leyéndoos a todos y sorprendida del nuevo mundo que se abría ante mi; pero sobre todo agradecida por el rato que vuestros textos me estaban haciendo pasar.

Fue entonces cuando ví algo que captó mi atención.

Creí haberme equivocado por la amplia y compleja dimensión que tenía delante, pero me detuve a observar... y entonces dí con el responsable de tan inquietante misterio.

Le ví moverse justo enfrente.

Había pasado por mi lado unas cuantas veces, pero siempre intercambiábamos una mirada rápida y esquiva, de reojo. Iba y venia, desaparecía y se transformaba, por ello las veces que nos cruzábamos acababa dudando de si era quien yo creía ver…

No se porque razón pero entonces, justo en ese instante en que me detenía a pensar en todo ello, se detuvo aquí mismo, giró la cabeza y se acercó lentamente con la mirada fija en el suelo y actitud derrotada;
cuando llegó a mi altura se quitó la mascara que en ese momento llevaba puesta y parecía pesarle horrores y se lavó la cara, al principio con desgana y después con esmero.

Ese mismo día, en ese preciso instante, levantó la vista y pude ver sus ojos mirando de frente por vez primera. Allí estaban y allí se cruzaron con los míos.

Mirándonos el uno al otro nos vimos y por primera vez recordé quien era. Pese a todo, le reconocí.

Pude enlazar palabras y mirada, en un conjunto profundo y sincero,
quizá por ser ello el espejo de un alma. Y es que esta vez su mirada era limpia, directa y lo más sorprendente: confiada.

Lloraba delante de mí, perdido, desconcertado, vacío.
Parecia sentirse tan desprotegida como una rosa sin espinas...

Y entre lágrimas me preguntaba quien era hoy y quien sería mañana,

y yo en silencio reflejaba a quien por primera vez tenía delante.

Suerte."
Autor: Desde el tercer volcán


lunes, 4 de mayo de 2009

El reflejo



Hacia ya tiempo que me vestía a oscuras. Percibía si estaba engordando en función del agujero del cinturón que me sujeta el pantalón. No necesitaba peinarme, y, cuando la barba se volvía impracticable y tendía a rascarme compulsivamente, pasaba por el barbero del barrio para que me la atusara.
Llevaba un tiempo notando reproches en mi mirada; reproches del que un día fue y ya no es; ni seguramente volverá a ser jamás. Demasiado tiempo. Quizá la mirada de reproche sabía que tendría que seguir fijándose, hasta que yo tuviera el valor de devolverle el reflejo.
De refilón la intuía; no era seguro que se diera cuenta, pero un temblor en mi ojo derecho, indicaba que también me investigaba.
Hundido en los pensamientos de lo que debía hacer, más que en lo que quería, me fui refugiando en mis silencios y perfeccionando el estilo de vestirme sin mirarme, de hablar sin decir nada. De creer que lo que hacía era lo que quería.
Pero siempre tenía aquella mirada que pretendía olvidar.
Coincidió, el momento en el que me di cuenta que no me reconocía ni siquiera en las fotos de los seres que me acompañaban, cuando apareció una mirada ajena a mí. Me miró a los ojos, miró lo que decían, y descubrió que había algo más dentro, pero que no se atrevía a recordar.
Sus palabras, sin embargo, me trajeron reminiscencias de lo que fui, de lo que quise ser, y que ya no era. Su mirada entraba por mis oídos dormidos, hicieron eco y me trajeron ilusiones perdidas.
Y me miré al espejo; y lloré. Porque no era quien decía que era en realidad. Ni siquiera mi sombra reflejada en la cueva reflejaba lo que un día fui. Nadie me reconocía. Ni siquiera me reconocía yo.
Hoy, en un espejo desconocido, me intento reconocer. Me miro con frialdad devuelta con el frío del espejo. Ahora el exterior es quien era. Pero mi reflejo, el reflejo de mi mirada, dice que tengo mucho que recuperar. Esos ojos no se mirarán todavía con respeto; después de tanto tiempo, necesitan confiar en mí. Pero el camino para saber quien soy se inicia ahora.

martes, 24 de marzo de 2009

Cerrado



Creo que no puedo seguir...
No de momento...
Hoy he visto un video; la verdad: ese video leía mis pensamientos, que decía con palabras en una canción lo que mi corazón comunicaba a mi razón...
Pero no era para mí.
¿Qué tal mi despedida con un verso de Neruda? Ya lo conoceis, ya lo tengo en una entrada (18 de febrero de 2008)
Antes de irme, porque necesito tiempo para recomponerme, para decirme lo que siento, necesito que sepáis que ha sido un placer; y que sin el blog, no habría crecido, no habría reencontrado; tampoco me habría reencontrado. Y que los blogs que tengo enlazados, merecen la pena ser leidos, no os los perdais.
Os dejo con Neruda.
Mil besos, de corazón...


"POEMA 20
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Escribir, por ejemplo: "La noche esta estrellada,

y tiritan, azules, los astros, a lo lejos".
El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería.
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo."

Pablo Neruda
Veinte poemas de amor
y una canción desesperada"